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Archive for 29 enero 2006

  Los capítulos del general Blue suponen el punto culminante de la saga del Ejército de la Cinta Roja. El general Red fuma puros mientras es retratado a lo generalísimo, el ayudante Negro se retira para no hacer pequeño a su comandante y el nombrado general combate a Goku y compañía por tierra, mar y aire. Nada más verle, sabes que el tipo promete. Con un uniforme de SA nazi y con la rosa, el metrosexual general Blue ejecuta a sus hombres por la más mínima falta, como hurgarse en la nariz. Encima tiene una base propia, un submarino y un escuadrón aéreo dirigido por un oficial gordo y con gafas. Qué momento el de los soldados viciosos persiguiendo a Bulma, tiroteándola para luego intentar violarla. Goku la salvó una vez más, y bajo el mar, buscando una de las bolas, tendrán graves problemas en la vieja caverna pirata.
 
  Es allí, en esa cueva laberíntica y plagada de trampas, donde el general Blue se desboca. Tras perder a todos sus incapaces soldados, muertos en una trampa, se empeñará en hacerlo todo él solo. Memorable es su encuentro con Bulma, cuando la chica se siente fuertemente atraída por el rubio guerrero y éste la rechaza entre asustado y asqueado, demostrando así su condición de mariquita. Además de las artes marciales y del fusil que saca de una cápsula, el general Blue posee un gran poder psíquico capaz de paralizar a cualquiera. Pero ni esto ni su inteligencia servirán de mucho: aplastado por las rocas en la caverna; estrellado en su caza contra una montaña; y, como guinda, mandado a volar por los aires por la insólita e incombustible Arale, en cuyo surrealista pueblo había ido a parar. Nuestro hombre del día no tiene suerte.
 
  Sin abandonar sus deseos de derrotar a Goku, pero en conserva por un tiempo, al general le espera un duro regreso al Cuartel General del Ejército de la Cinta Roja. Ni siquiera tiene un buen recibimiento: el general Red, harto de los fracasos de sus oficiales, ha contratado a un mercenario de renombre: Tao Pai Pai. Para probar su poder, plantea un duelo entre el mercenario de la hórrida coleta y el general Blue, a quien tenía en mucha estima. Por desgracia, Blue muere, atravesado su cuello por la lengua de Tao Pai Pai, que se revela como un mortífero personaje.
 
Fdo. El Espantapájaros.
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Érase una vez la URSS

  Ardo en deseos de obtener, y de leer, obviamente, Érase una vez la URSS, libro que narra el periplo del periodista francés Dominique Lapierre, junto a un amigo y sus respectivas esposas, por la Unión Soviética de 1956, gracias a un permiso especial de los dirigentes de ésta. Algo impensable por aquella época. Y es que siempre he sentido una gran atracción por la URSS; y no por la ideología comunista, sino por el KGB, las bombas nucleares, las paradas militares, el Kremlin, el teléfono rojo, las estatuas de Lenin o de Stalin; en fin, por toda esa imaginería de la Guerra Fría, esa parafernalia ya desfasada de los años sesenta; todos esos bellacos comunistas con estrellas rojas en sus gorras que hacían de malos en novelas, películas, series y cómics. Rusia, gran país, al derrumbarse la Unión Soviética, se convirtió en una cosa hueca, estéril, sin destino ni objetivo.
 
  Así como Rusia no es nada sin el régimen de la URSS, España no sería nada sin la monarquía. A nuestro país todavía le da decencia y lustre esa vieja institución ilógica y anacrónica. Sin ella, en una república, seríamos carnaza de nuestros aviesos políticos, sin nadie que estuviese por encima de la opinión, de la doxa, despreciada por Platón como forma de gobernar un Estado. Ya no habría a qué agarrarse ante el espanto de la política, ante su continua idiotez, pues ellos, los políticos, coparían el poder del todo, más vergonzosamente incluso que ahora, cuando, por ejemplo, la división de poderes no es más que teoría. No usen argumentos triviales como el del supuesto gasto desmesurado de la monarquía, ya que mantener a un presidente de la república con su consecuente séquito costaría parecido. Además, los españoles somos así de orgullosos: ya podemos estar en la peor de las situaciones, pero el rey ha de seguir viviendo como si nada.
 
  En tanto les recomiendo leer Tintín en el país de los soviets, de Hergé, una devastadora crítica al comunismo soviético, les pido que reflexionen sobre el poder de los símbolos, que es el poder que se encuentra en la monarquía. Con ella, a ojos del mundo todavía podemos parecer respetables y dignos de confianza y alabo. En cambio, Francia obtiene su prestigio de la república, que supo ganársela y pulirla. Es cuestión de Historia. También lean, disfruten, del Manifiesto de los persas, con su mítico comienzo: " Señor: era costumbre de los antiguos persas…".
 
Fdo. El Espantapájaros.

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  Como es de esperar en un niño tan bobo, Goku viene a estrellarse cerca de un pueblucho del norte, y una niña pelirroja le salva de la congelación, arrastrándolo cuan fardo a su casa. Ignora que el general Red ha dado órdenes a su hombre fuerte en la zona: que encuentre al chico y le arrebate las bolas. Poco después, la niña informa de que el Ejército de la Cinta Roja ha secuestrado al alcalde del pueblo (ya ven qué problema) para chantajear a la gente y obligarla a participar en la búsqueda de una de las Bolas de Dragón. Son Goku decide mediar en el conflicto, y se encamina a la Torre de Acero, una fea construcción de ladrillo erizada de ametralladoras donde tiene base el general White, que se pasa allí el día, a lo capataz de gulag siberiano, tomando café con whisky y enfundado en un jersey que envidiaría Evo Morales, y cuya estrategia es esperar a que el pesado chico muera en el ascenso por la torre.
 
  Subiendo, piso a piso, Goku se enfrentará, por orden, a un grupo de soldados ineptos, al brutal sargento Metálico, que se quedará sin pilas, y al sargento Púrpura, un ninja de medio pelo que cuenta con la inestimable ayuda de sus hermanos gemelos, y que tras una hilarante pelea, liberará al Androide #8, la primera creación conocida del pérfido doctor Gero, aunque aquí no se nombra al arrugado científico. El robot, miedoso y culto, un moderno monstruo de Frankestein, acaba ayudando a Goku a liberar al alcalde, que no es otro que un viejo calvo y senil. No sin antes caer en la burda trampa de White y congelar y destrozar a Buyon, el monstruo rosado, alcanzarán la cima de la torre. Allí les espera, todavía incrédulo y con un tupé ridículo, el general de esta región nevada e ignota. La emprende a tiros con Goku, pero nada; le golpea, pero nada. Superando sus dudas existenciales, el Androide #8 envió de un tortazo al oficial a hacer puñetas.
 
  Es hora de que caiga la Torre de Acero y de devolver al alcalde al agradecido pueblo. Después de algunos problemas más, Goku, con bola nueva y nube mágica recompuesta, regresa a la ciudad de Bulma, pues su radar está roto. En este momento de transición, el general Red, aconsejado por el ayudante Negro, prueba suerte con una ladrona a sueldo, pero ésta fracasa en una penosa actuación en el parque de atracciones. Con Bulma y Krilin a su lado, Goku prosigue con el viaje por la bola de cuatro estrellas. Una amenaza, rosa en mano, les espera…
 
Fdo. El Espantapájaros.

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  Es tiempo de hacer una extensa y placentera revisión sobre una de mis organizaciones de villanos preferidas: el Ejército de la Cinta Roja. Ni Piccolo, ni Freezer, ni Célula; estos individuos fueron los mejores malvados de Dragon Ball: el desalmado y pintoresco ejército de mercenarios que se enfrentó contra un jovenzuelo Goku en su búsqueda de las Bolas de Dragón. El maestro Akira Toriyama convirtió la saga del Ejército de la Cinta Roja (episodios del 30 al 68 de la serie original) en la probablemente más humorística, entretenida y original etapa de su inmortal serie. Los oficiales de dicho ejército eran conocidos por distintos colores, siendo su comandante supremo el cruel general Red, un tipo enano, rico y ambicioso, siempre aconsejado por el fiel ayudante Negro, que, además de ser muy alto y negro, tenía unos labios que ni los de Mick Jagger.
 
  Cierto día, el general Red dio la orden de buscar las dichosas esferas, y a ello se pusieron sus hombres. Un errante, un viajero, el coronel Silver, el oficial más cool  y guaperas, luciendo un pañuelo rojo al cuello, se las vio con el emperador Pilaf por la posesión de una de las bolas. Grandioso el momento en que, sonando toda una suerte de marcha militar, los soldados del Ejército de la Cinta Roja, de uniformes pardos y bien armados, secundados por carros de combate, tomaban un pueblo (el del padre de Chichi) bajo las órdenes del pelirrojo coronel, quien, más tarde, destrozaría la esférica nave de Pilaf en una batalla aérea. En esto, Goku metió la cabeza, pues buscaba la bola de cuatro estrellas, la de su abuelo. De hecho, encontró la bola que, tras la lucha, se afanaban en buscar los soldados de Silver. Éste se quitó su largo abrigo, crujió los puños y, fácilmente, fue puesto fuera de combate por el chico.
 
  El coronel Silver había subestimado a Goku, sí, pero logró borrar del mapa, con su bazuka, la nube mágica, con lo que el niño mono tuvo que coger prestado uno de los cazas del campamento allí montado, y, atendido por un robot servil, viajó hacia el norte. Mientras, en el Cuartel General del Ejército de la Cinta Roja, el general Red montaba en cólera por las noticias de Silver, que no perdió la flema. Fue arrestado y ejecutado (aunque esto nunca se vio). En la próxima entrega, las veleidades ocurridas en la Torre de Acero y uno de los primeros lilas en una serie: el general Blue.
 
Fdo. El Espantapájaros.

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