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Archive for 30 abril 2006

El Ejército (I)

  Desde antaño, he tenido cierta fijación y admiración por lo castrense. Será porque varios de mis familiares son militares, será porque desde pequeño lo idolatré, el Ejército del Reino de España siempre me ha atraído y seducido. Creo que a mucha gente le ocurre lo mismo. Es esa uniformidad, esas banderas y pendones al viento, ese armamento, esos carros de combate pesados y blindados, esos generales saludando, bastón de mando en mano. Es la mía una visión muy romántica del ejército, sí, pero igual de válida que la de quienes tienen una deforme, llena de prejuicios y odios injustificados, como si nuestras Fuerzas Armadas fuesen las mismas que hace treinta años. Después de todo, los soldados son gente como nosotros, que se supone velan por nuestros intereses y por mantener la soberanía de nuestro país frente amenazas externas o internas.
 
  España es un país de honda tradición militar. En esta tierra de caudillos y héroes, de espadones y pronunciamientos, se ha acabado desarrollando una normal desconfianza hacia todo lo que vaya de verde y esté armado. Esto es así porque, aunque cueste aceptarlo, nos siguen dando miedo, mucho miedo. Porque hubo un desfasado golpe militar hace veinticinco años que si fracasó no fue no por obra de los ciudadanos o sus representantes, sino por el Rey, el jefe del Estado. Además, avenidas, calles y plazas están tomadas por ellos: Espartero, Narváez, O’ Donnell, Prim, Serrano, Martínez Campos, Weyler, Primo de Rivera, Franco, etcétera (me he referido sólo a hombres de armas del siglo XIX y principios del XX). Por un lado los rechazamos, pero, por otro, tenemos un especial gusto en tenerlos en los altares, y no son pocos los que se emocionan en las paradas militares ante el despliegue de fuerzas y poderío.
 
  En una sociedad como ésta, en la que lo militar está subordinado a lo civil, deberíamos aprender a convivir con ellos de forma más saludable y natural, sin recelos o recordatorios que no vienen al caso. Qué triste es considerar que viviríamos mejor sin ejércitos, y qué iluso. No sólo sirven para la guerra, sino también para edulcoradas misiones humanitarias, para auxiliar a la población en casos de emergencia y, por qué no, para aplastar a grupos terroristas en países no gobernados por pusilánimes y maricones.
 
Fdo. El Espantapájaros.

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  Ayer llovió en Madrid. Así pues, ayer se inundó parte del Metro de Madrid. Es, sencillamente, desesperante, y esta ciudad, Madrid, es una metrópoli puramente tercermundista, le pese a quien le pese. Conozco bien los suburbanos de otras ciudades europeas, y son basura (destaca el de Roma), pero el de Madrid tiene ciertas características mediterráneas que lo hacen insoportable, a saber: que huele mal, que no hay seguridad, que se estropea fácilmente y que, por si alguien no lo sabe, la mayoría de cámaras de seguridad no funcionan. Por lo tanto, este Metro que se supone vuela y que nos lleva a todas partes, no es más que un servicio penoso y masificado, que debiera evitar todo ciudadano con un mínimo de decencia. Además, las injustificadas huelgas de los conductores, con sus consecuencias, tendrían que servir para que se diera la espalda a esas cuevas ignotas.
 
  Si hablo de la EMT, la cosa es peor, si cabe. Los autobuses son sucios, chirriantes, de asientos mal organizados y suelen ir con retraso, o al menos los que yo utilizo. No son de extrañar estos rasgos cochambrosos, pues tuve ocasión de descubrir que en un pasquín republicano (su contenido incitaba a la risa) que me enseñaron, aparecía como organización firmante de la cómica publicidad una tal Plataforma Sindical de la EMT. ¡Caso resuelto! Lo republicano en España va siempre asociado al caos, a lo pobretón y a lo guarro. Es algo inherente, sí, pero no por ello la EMT deja de merecer su destrucción. En mi caso, por esas esperas de media hora, porque dicen que Gallardón quiere castigar la revuelta contra los parquímetros haciendo que pasen menos vehículos, y, de hecho, se van por otros caminos muchas veces, ignorándonos. ¿Qué clase de alcalde y de servicios públicos tenemos?
 
  Ciudadanos, nuestros gobernantes, visto lo visto, no tienen autoridad moral ninguna para promocionar sus miserables servicios públicos en detrimento del transporte privado, y muchos menos para que nos coaccionen con impuestos y demás medios. Si pueden ir andando, no vayan en metro o en autobús. Si tienen coche, tengan valor y úsenlo, envíen efluvios contaminantes al aire que lleguen hasta las nobles narices de los cargos públicos, que ya les digo van siempre en coche oficial o en helicóptero. Declaro la guerra al servicio público. Tiene que hundirse.
 
Fdo. El Espantapájaros. 

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  Con motivo de mi aniversario, he concedido una entrevista al espacio de un incombustible e impúdico camarada de La Resistencia. Para quienes tengan a bien leerla, aquí les dejo el correspondiente enlace: http://spaces.msn.com/adriager/.
 
Fdo. El Espantapájaros.

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Mañana, dieciocho

  Mañana, día 17 de abril de 2006, es mi decimoctavo aniversario. Mayoría de edad, vaya. Oscura noticia, puede, ante la que no he tomado una postura clara. Vamos, que ni me agrada ni me deja de agradar. Como era de esperar, no es para mí memo motivo de alegría infantil el saber que podré tener acceso a lugares antaño restringidos y licencia para comprar bebidas alcohólicas. Por no hablar del votar democráticamente en las democráticas elecciones de nuestro democrático país (qué bonita la democracia). Esos son burdos detalles que sólo celebran los necios y los pobres de espíritu. No me siento especialmente ilusionado; más bien tomo este paso adelante y sin retorno como un idóneo momento para mirar atrás y hacer balance, en pro de afrontar el ineludible futuro.
 
  Y nosotros que fuimos tan felices, y que pensábamos (los que nacimos en 1988) que este día tardaría en llegar lo suyo, vemos, con espanto o esperanza, que, al final, y al igual que todo, llega. Si recorro mi vida hasta hoy, puedo afirmar que me ha ido bastante bien. Sí, fui un tirano escolar que, derrocado y desterrado al olvido, tuvo que emerger de sus cenizas tiempo después. Por otra parte, siempre he ido un tanto a contracorriente (mientras la corriente no me interesase) y he abrazado la cultura, el mundo del conocimiento, como medio y fin. Puesto que uno llega a estas edades, y para que mi historia personal no se pierda (soy un ególatra confeso), escribo mis memorias, las cuales espero dar a conocer algún día. Si tuviese que elegir el mejor y el peor punto de esta existencia, no podría. Eso es algo difícil de entresacar de la gran maraña que es una vida.
 
  Mis deseos a corto plazo son aprobar la selectividad (la última barrera) y entrar en la universidad (es la idílica rima). Aunque si el maestro Arcadi Espada dice que la suya (Pompeu Fabra) está sumida en la miseria moral, y es una de las mejores, cómo lo estarán las demás. A largo plazo, mi mayor deseo sería el de publicar un libro, preferentemente una novela. En cualquier caso, celebraré el fasto con apacible calma y buenas intenciones. Y les aseguro que seré el primero en felicitarme. Que no quepa la menor duda.
 
Fdo. El Espantapájaros.

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Otro trasto inútil

  Confieso que jamás me compraría un reproductor de  empetrés. Y mucho menos "un emepetrés", como ya suele decir la mayoría del público hispánico, en una nueva muestra de esa absurda manía de acortar el mensaje todo lo posible, de banalizarlo mediante abreviaturas y frases tipo. Pero digo que yo nunca obtendría un reproductor de estos tan de moda, y lo afirmo, porque me parece un invento nefasto, terrible. Un invento maldito, en definitiva. Sin embargo, debe ser que no hay muchos que sigan mi santo ejemplo, ya que, mismamente, mi bienamado primo, de apenas diez años (recién cumplidos), se ha hecho con uno, y ya hace un reprobatorio uso y abuso de él. Es, junto con el móvil y la cámara digital, un aparato del que me mantengo alejado lo más posible. Como ya ocurrió con mis críticas al servicio de mensajería instantánea archiconocido gracias al cual me leen, seré vilipendiado por esto. Pero me importa tanto como ese chisme de mierda.
 
  En varias razones me baso para rechazarlo. La primera es que ridiculiza la música, la comprime y la convierte en meras pipas electrónicas que poder degustar en cualquier momento, sin orden ni decoro. Pasa lo mismo que con la fea costumbre de leer en lugares públicos. Actividades que, usualmente, elevan el espíritu del hombre y lo recrean, no pueden ser llevadas a cabo en medio de tanta vulgaridad, sino con recogimiento y tranquilidad, en casa, o en espacios al uso, como lo pueden ser las bibliotecas o los eventos de concierto. La segunda razón es que distrae lo suyo, te emboba, por lo cual te impide estar atento a los mil peligros que hay en la calle. Una tercera razón es que, seguramente, esté obstaculizando el mercado de los discos compactos. Y yo tengo muchos discos compactos; es decir, me interesa que no acaben en el cajón de los vinilos.
 
  Estas tres razones me bastan para alejar de mí el deseo de tener uno de esos cachivaches deshonrosos y mínimos. Además, gracias a los auriculares, hace daño al oído, al estar éste sometido a un sonido constante y directo. La sordera del auricular, dicen. Pues esa es otra razón de peso, oigan, que hay que tener las orejas abiertas en esta vida y no llevarlas taponadas por un chorreo de música. Les iba a invitar a que tirasen por el retrete el artilugio execrable, pero sé que es demasiado caro y valioso. Pues ya dejará de serlo. Como todo.
 
Fdo. El Espantapájaros.

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4

  Sí, hoy se rompe la temporalidad fija que rige este espacio para dar cabida a algo distinto, y, eso sí, sin que sirva de precedente. Hace ya meses (y meses) que un (espero) asiduo visitante de este espacio me proponía, en el suyo, exponer cuatro manías o peculiaridades, en el mío, que me caracterizasen. Con mi  frenética vida escolar, me olvidé de ello, claro, con lo que ya no sé si eran cuatro o cinco las dichosas manías; pero me decanto por cuatro, que al fin y al cabo estamos a día cuatro del cuarto mes del año. Y no haré cadena, que estará ya pasado. En todo caso, allá van:
 
  I. : Cuando me dispongo a leer durante un buen rato (dos o tres horas), antes de tomar el libro me lavo las manos, en muestra de respeto y decoro frente a tan elevado elemento de mi existencia.
 
II. : Periódicamente, diversas obras de arte (arquitectura, pintura o escultura) o diversos maestros del arte me obsesionan, y me veo obligado a indagar y a, dentro de lo posible, exprimir todo el jugo a la obra o al artista en cuestión. Últimamente me atrae la Real Casa de Correos, en la Puerta del Sol; hoy sede de la idiotizada Comunidad de Madrid, y ayer, Dirección General de Seguridad, y anteayer, Ministerio de la Gobernación (que es lo que debería ser hoy, y llamarse así, para meter en vereda a tanta autonomía consentida).
 
III. : El único embutido que puedo comer es el jamón (y tampoco mucho). El chorizo, el salchichón, la morcilla y demás porquerías extraídas del cerdo me resultan, por lo menos, vomitivas.
 
IV. : Si voy al cine, siempre compro palomitas, que han de ser del más grande de los tamaños ofrecidos. Por otra parte, no empiezo a devorarlas hasta que empieza la película.
 
  Y con esto, cumplo con mis palabras (más vale tarde que nunca) y hago una cosa nueva por aquí.
 
Fdo. El Espantapájaros.

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A Cánovas

  A Antonio Cánovas del Castillo (1828- 1897), por ser el más grande hombre de Estado español de todos los tiempos. En palabras del escritor y periodista Francisco Cañamaque, Cánovas era " orador, político, literato, tres veces académico, poeta, historiador, jurisconsulto, diplomático, americanista, periodista, geógrafo, artillero, monstruo, conservador liberal, liberal conservador y malagueño". Fue el principal artífice de la Restauración borbónica de 1874, a partir de la cual España vivió una muy buena etapa de progreso, asentada en la figura del maravilloso rey Alfonso XII, en la Constitución de 1876 (la más duradera de nuestra Historia) y en la alternancia entre los dos partidos dinásticos: el conservador de Cánovas y el liberal de Sagasta. Estabilidad y concordia. Resulta evidente que con el Desastre de 1898, el sistema canovista empezó a hacer aguas.
 
  Pasaba yo por la Plaza de Oriente, cuando caminando un poco más, con intención, topé con la Plaza de la Marina Española, donde se encuentra el Palacio del Senado y, frente a él, el Monumento a Cánovas del Castillo. Qué gran personaje, pensé, allí señero y plácido, tocado su nombre por la Fama y presente la Historia. Y qué diferente de los miserables politicastros de hoy en día, quienes, contando con todo tipo de facilidades y de tiempo, no son capaces ni de hablar correctamente, ni de dar un buen discurso, ni de escribir un libro medianamente decente. Comparar a Cánovas con Zapatero o con Rajoy (aunque éste sea un digno orador, el mejor de la legislatura) es comparar a un genial estadista con dos insectos despreciables. Además, no tengo reparo en decir que el fraude electoral que se daba en la Restauración, junto con el rechazo de Cánovas al sufragio universal, fue todo un acierto para la época.
 
  Mi admirado político murió en San Sebastián, mientras disfrutaba de unas merecidas vacaciones. Un anarquista italiano que no merece escriba su nombre, disparó contra Cánovas a traición, cuando éste leía un periódico sentado en un banco. En todo caso, antes de expirar, don Antonio pudo tomar conciencia de su obra y su legado, que si bien se vio malogrado y olvidado, hoy lo enaltezco yo e inclino mi cabeza con respeto ante su estatua de bronce, vigilante de los destinos de España.
 
Fdo. El Espantapájaros.

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