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Archive for 31 mayo 2009

Yo sí votaré

  El próximo 7 de junio hay elecciones al Parlamento Europeo y son algo más que un mero plebiscito sobre la gestión de Zapatero, aunque éste sea un enfoque ciertamente válido. Y porque considero que es más que eso, no soy de los que aborrecen o desprecian la Unión Europea, no comparto esa extendida visión negativa de ella. Puede que sea un monstruo burocrático, que conecte mal con los ciudadanos corrientes o que parezca un mundo oscuro y distante… Sin embargo, creo que la Unión nos ha reportado muchos beneficios y que lo va a seguir haciendo de una u otra manera.

  En el futuro próximo, las prioridades deberían centrarse no sólo en la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, sino en, a partir de ahí, iniciar una etapa de estabilidad y desarrollo, de menos sobresaltos y cambios. En ese proceso, ni los Estados han de perder su identidad nacional ni Europa está llamada a crecer eterna e indefinidamente. No sé cómo es posible que Turquía sea candidata a la adhesión. No se han de repetir experiencias como la de la llamada Constitución para Europa. Que la Unión se vuelque en su fuerza económica y en la normalidad institucional y que deje de lado veleidades propias de la corrección política. Sólo así funcionará como es debido.

  Hay leyendas variadas y tópicas. En relación con el sistema institucional europeo, se ha llegado a sostener que carece de legitimidad democrática y que constituye una suerte de dictadura tecnócrata e inaccesible para el común de los mortales. Esta opinión es disparatada. En primer lugar, porque existe el Parlamento Europeo, cuyos miembros son elegidos por los nacionales de los Estados miembros mediante sufragio universal, libre, secreto y directo. Un Parlamento competente en materias de deliberación, de control, de participación en el procedimiento legislativo…

  Pero es que, en segundo lugar, a lo mejor hay quien piensa que los componentes del Consejo de la Unión Europea crecen allí, en Bruselas, en el Justus Lipsius, cual plantas bien regadas. Pues bien, son integrantes de los Gobiernos de los Estados miembros, y dichos Gobiernos han sido constituidos democráticamente. Si se quiere aquí la legitimidad es derivada, pero la hay.

  Es curioso comprobar que son los que piden abstenerse en las próximas elecciones los que más desconfían del carácter democrático de la Unión, cuando justamente se les está dando la oportunidad de participar y expresar sus preferencias.

  En fin, una de las pocas cosas atinadas que está diciendo López Aguilar en esta campaña electoral es que hay que explicar más Europa y que ésta va a continuar su camino con o sin nuestro voto, porque ya es algo imparable, no va a dar marcha atrás; y además es algo que nos hace más fuertes, que nos proporciona mayor seguridad, sobre todo a esta pobre y desdichada España. Así que es bastante conveniente seguir apoyando el proceso europeo, condenando los dislates y desviaciones, las posiciones extremas, pero dentro de una aceptación general. No querría verme en una Europa homogénea e hipertrofiada tanto en instituciones como en tamaño, pero sí en una Europa respetada en el mundo y más poderosa económicamente hablando.

  El próximo 7 de junio yo sí votaré en las elecciones al Parlamento Europeo.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Dejando al margen las consideraciones jurídicas que hice en mi anterior escrito –cuya conclusión era que la legislación actual sobre el aborto era preferible a cualquier cambio que supusiera avance o retroceso–, la verdad es que el Gobierno socialista no se está tomando este asunto con la debida seriedad y, nuevamente, es bien obvio que Zapatero utiliza este debate, por demás delicado, para distraer la atención de otros problemas más graves y mellar el ánimo y las fuerzas de una considerable porción de la población española.

  En consonancia con las restantes leyes espectáculo impulsadas por el Presidente, leyes sectarias, nunca acordadas y de baja calidad, su pretendida reforma del aborto atiende más a la forma que al fondo. Así pues, lo que interesa ante todo es el hoy inmediato, es suministrar dosis de demagogia, es facilitar que los representantes socialistas puedan afirmar alegremente, justo en campaña electoral, que van a sacar a la mujer del Código Penal, que el aborto es un derecho (¡cómo va a ser un derecho el pasar por semejante trance!) y disparates similares.

  Zapatero, el campeón del diálogo, jamás ha conseguido llegar a pactos relevantes con la oposición y sus medidas siempre están concebidas como un trágala para aquellos que no le han votado o que no respaldan su ideario progresista. Y Zapatero, un supuesto estadista, no es más que un miope politicastro al que sólo le obsesiona la próxima elección, de ahí su predisposición por los mítines, infame espectáculo.

  Aparte de confundir las leyes con armas arrojadizas o fuegos artificiales, Zapatero aprovecha el alboroto en torno a la reforma y camufla su patética gestión y el desastre de la economía nacional. Le conviene más que se hable de la ignorancia de Mi Hembra que de las cifras del paro o la Deuda pública. Aun así, el PP empieza a ser cansino en su estrategia de calificar todo lo que no tenga que ver con la economía como “cortinas de humo”. Esta reforma, de acuerdo, lo es; pero el humo de Zapatero no es un humo blanco e inocuo, es un humo envenenado. Hay que combatirlo sin remilgos.

  Envenenado, sí, porque desde que Zapatero se proclamó profeta de la ética indolora toda su política ha estado encaminada a crear una sociedad de asnos irresponsables y personas dependientes de los regalos del Estado, en forma de “derechos sociales” o subvenciones. El nuevo mensaje que abandera el Gobierno es el de la irresponsabilidad. Los socialistas hablan de libertad para abortar, pero ¿dónde quedó la responsabilidad? No existen los embarazos no deseados. Quien mantiene relaciones sexuales sin preservativo debería saber a lo que se expone, de modo que de no deseados tienen poco los embarazos. Como mínimo hay culpa consciente o incluso dolo eventual, en términos de Derecho Penal. Quien disfruta sin precaución tal vez debería asumir las consecuencias de sus actos. Pero para Zapatero y los suyos es mejor que el Estado lo arregle todo con su magia benefactora. Aquí no ha pasado nada.

  El resultado es a una sociedad más endeble frente al poder de un Estado providencial. Zapatero, con su aborto libre, no sólo va a alterar una situación jurídica más o menos estable y aceptada, sino que va a seguir diciéndole a la sociedad que solamente tiene derechos y ningún deber.

Fdo. El Espantapájaros.

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  El Gobierno va a enviar un proyecto de ley a las Cortes para implantar el aborto libre hasta la semana catorce del embarazo. Contra esta ley, la Iglesia y sus fieles se han manifestado, han protestado legítimamente, pues consideran que existe vida desde el momento mismo de la concepción y que ésta es sagrada. Empero, por mucho respeto que sienta por las convicciones religiosas católicas, no creo que sea posible ni deseable prohibir entera y tajantemente el aborto. Me propongo hacer aquí algunas reflexiones sobre este tema, no desde el punto de vista religioso, sino desde otros.

  En primer lugar, en el ámbito del Derecho, el aborto libre se topa con el obstáculo –en principio imponente– del artículo 15 de la Constitución. Al haber sido incorrectamente interpretado mediante los artículos 29 y 30 del Código Civil (el nacimiento determina la personalidad y sólo se reputará nacido el feto que nazca bajo ciertas exigencias, por lo que el concebido no nacido no es persona y no tiene derecho a la vida), se trata de una invocación muy noble y humanitaria pero carente de eficacia jurídica.

  El Tribunal Constitucional, ante un recurso de inconstitucionalidad presentado por Alianza Popular cuando se despenalizó el aborto, declaró que el nasciturus, vida humana dependiente, es un bien jurídico, digno, por tanto, de protección; pero no poseedor de derechos subjetivos (STC 53/1985, de 11 de abril). Lo que hizo el Alto Tribunal fue asumir que podía producirse un conflicto de intereses entre la madre y el concebido no nacido y que, en atención a eso, había que buscar un equilibrio.

  Es lo que intenta la actual regulación, contenida en la Ley Orgánica 9/1985, de 5 de julio, de Reforma del Artículo 417 bis del Código Penal. El aborto es un delito despenalizado en tres supuestos: aborto terapéutico, en caso de grave riesgo para la salud física o psíquica de la madre; aborto ético, en caso de haber sido violada la madre; y aborto eugenésico, cuando se presuma que el niño nacerá con graves taras físicas o psíquicas. En la práctica, la indicación por riesgo psíquico es un coladero sin fondo. De ahí las críticas a esta ley. Pero, en verdad, la ley no es el problema. Lo que falla son los medios y la voluntad para se cumpla, aparte de que su desarrollo reglamentario, a través del Real Decreto 2409/1986, de 21 de noviembre, es bastante más progresista.

  No está muy claro si el aborto libre casa de modo adecuado con el conflicto de intereses del que habla el TC, porque se da un excesivo, casi absoluto poder a la madre. Hay un límite temporal, pero ese límite (catorce semanas o tres meses) no es otro que el empleado para diferenciar entre abortos de alto riesgo y de bajo riesgo, así que se establece por el bien de la madre, no por respetar el equilibrio.

  La regulación legal que tenemos ahora mismo es razonablemente buena. Ni se puede retroceder respecto a lo que permite ni se debería avanzar tal y como lo quiere hacer el Gobierno socialista, que está actuando por puro oportunismo político y lanzando un mensaje muy irresponsable a la sociedad, como procuraré demostrar la semana que viene.

Fdo. El Espantapájaros

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  Con su habitual buen juicio, Samuel apuntaba en un comentario a un artículo mío que "no estoy muy seguro de desear a ningún político", en referencia a mi último panegírico dedicado a Nicolas Sarkozy. Sin duda, el escepticismo siempre debe estar presente en cualquier aproximación al poder político. Idealizar a los políticos es un error que conduce a la peligrosa creencia de que tienen soluciones mágicas para todos los problemas.

  Así, ningún político posee la piedra filosofal que convierta el metal en oro y saque de la crisis económica a su país. Como ya señalé, han primado la improvisación y el atender a las circunstancias del día a día. La planificación ha llegado después. Pero, aunque no exista un político infalible, es preferible que el Gobierno lo ocupe un estadista con altura de miras y con la inteligencia para nombrar a un equipo competente. En España, por el contrario, un iluminado hace de las suyas, y desde esa perspectiva alguien como Sarkozy parece un gigante.

  En este momento, lo único que se le ocurre al Gobierno es despilfarrar de lo lindo y lanzar mensajes que, en vez de infundir ánimos, producen desasosiego, pues sus previsiones siempre se ven incumplidas o desbordadas. En ciertos aspectos, el gasto público puede aliviar la crisis a corto plazo, pero si no se empieza a pensar a largo plazo las cosas irán a peor. España cuenta con la mayor cifra de parados de toda Europa. Aún no ha terminado de aumentar el número de parados. Incluso si la economía volviera a crecer en 2010 o 2011, los cuatro o cinco millones de parados no serían inmediatamente absorbidos por el mercado y tan abultada masa de desempleados es una bomba de relojería. Y ello al margen de otras especialidades españolas que hacen que todo sea mucho más desesperanzador.

  Por lo tanto, la estrategia de Zapatero, una estrategia demagógica, exclusivamente partidista, electoralista, centrada en huir hacia delante y aguantar como sea, disparando con pólvora del rey y repartiendo caldo fiscal, está abocada al fracaso. José María Aznar ha escrito un nuevo libro (España puede salir de la crisis, Planeta, 2009) en el que seguro que se describen un puñado de buenas ideas. No estaría mal que el Gobierno las aprovechase en un ejercicio de humildad y confianza en la experiencia de los mejores. Ya que con tanta insistencia solicitan los socialistas que Rajoy "arrime el hombro", un primer gesto de "política con mayúsculas", como dice la ama de casa del PSOE, podría consistir en pedir consejo a Aznar, quien al fin y al cabo tuvo que lidiar con una importante crisis al comienzo de su primer mandato.

  También es valioso el ejemplo de Margaret Thatcher, ahora de actualidad al cumplirse el treinta aniversario de su subida al poder. En un artículo para El Economista, Lorenzo B. de Quirós recordaba la "disciplina monetaria y presupuestaria" de la Dama de Hierro y explicaba que la "estrategia macroeconómica de Thatcher se centró en proporcionar un entorno de estabilidad –inflación baja y presupuesto equilibrado–, mientras la microeconómica –reformas fiscales y laborales, eliminación de los controles de precios, de salarios y de capitales, privatizaciones, liberalización de los mercados— se orientó a crear un ambiente favorable para promover el crecimiento y la generación de empleo". Algo opuesto a la deriva reguladora en general y a la prodigalidad del Gobierno español en particular.

  Bien, puede que no haya políticos que sean del todo deseables, pero desde luego los hay mejores que otros. De ellos hay que aprender.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Cuando el martes pasado, atravesando la Plaza de Gregorio Marañón, contemplaba las farolas engalanadas con las banderas española y francesa, no sentí reparos ni desprecio, sino confianza, puesto que quien ahora representa a Francia es un hombre excepcional, muy distinto del nefasto Chirac, y, en palabras de Bono, un político "nada convencional". El pueblo francés hizo una buena elección y merece ser aplaudido por ello. Y si su Presidente es amigable con España, será bien recibido, con independencia de las diferencias habidas en el pasado.

  La visita de Estado de Nicolas Sarkozy ha sido todo un éxito, un resplandor en la oscuridad que nos asfixia. Si hay algo en lo que ha acertado Zapatero es en cultivar su amistad con el imparable Sarko (aunque tenga que ser el tonto de la pareja). Bajo su mando, Francia está colaborando más que nunca en la lucha contra los terroristas nacionalistas vascos, ya no hay complacencia con los asesinos.

  Además, todos pudimos disfrutar del duelo entre Carla Bruni y la princesa Letizia, de cuyo resultado se puede decir que, si bien triunfó Bruni, quedó alto el pabellón español, según el análisis de Octopusmagnificens.

  Sarkozy pronunció un magnífico en el discurso en un rebosante Congreso de los Diputados. Un discurso vibrante, rotundo, completo, de compromiso con España, y que no tuvo ni que leer a pesar de su extensión y profundidad. "Francia, patria de los derechos humanos, perdería su honor si fuese un santuario para los terroristas. Francia quiere combatir a los asesinos", proclamó. Los diputados y senadores debieron de quedar asombrados ante el despliegue del Presidente, ante su expresividad y su garra.

  Hace tiempo que sigo la trayectoria de Sarkozy, al menos desde 2005. Y desde entonces le he profesado una gran admiración. Muchos se han sentido decepcionados porque no está llevando a cabo en su totalidad su ambicioso programa de reformas, pero, como decía Cánovas, la "política es el arte de aplicar en cada época de la historia aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible", y Sarkozy está dejando su impronta y consiguiendo que Francia despegue, sobre todo internacionalmente, aunque sea a costa de un excesivo personalismo y una labor hiperactiva.

  Sarkozy es también un gran actor. Él sabe utilizar los gestos, controlar los tiempos, soltar las declaraciones más chocantes… Esa tendencia, a veces casi populista, le ha traicionado en alguna ocasión. Pero fue capaz de promover la apertura e incluir en su Gobierno a políticos prestigiosos que estaban fuera de su órbita ideológica. Y en tiempos de crisis, hay que saber ser flexible, pragmático, adaptarse al contexto y luchar con lo que se tiene a mano. No supone renunciar a los principios, pero sí huir del dogmatismo.

  Zapatero jamás comprenderá ni podrá emular a su amigo estadista. No parece posible que Salgado sea una economista de primera, o que Chaves sea la solución al problema de la financiación autonómica. El Gobierno carece de la competencia y solvencia requeridas para afrontar con éxito la crisis y sus consecuencias. Zapatero sólo piensa en términos de partido. Debería dimitir. No es admisible que camufle sus limitaciones en un manido discurso ideológico al tiempo que derrocha el dinero de todos. "Lo que les propongo es: menos discursos, menos declaraciones de principios y más decisiones", dijo Sarkozy, y sería un buen comienzo para España.

Fdo. El Espantapájaros.

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