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Archive for 25 julio 2009

  Esta semana he participado en un curso de verano de la UCM titulado La medición de la calidad de las instituciones. Un nuevo reto en economía y dirigido por Victoriano Martín Martín, hombre sabio donde los haya. Existe amplio consenso entre los economistas en lo siguiente: la estrecha relación entre instituciones de calidad y crecimiento económico. Las primeras suponen una reducción de los costes de transacción y, lo que es más relevante, determinan los incentivos, que contienen el interés de los individuos. Por ejemplo, merced al respeto de los derechos de propiedad se produce una mejora de la productividad de los factores y en la confianza de los agentes económicos.

  De entrada, no hay que confundir institución con organización, y se dan varios tipos de instituciones. Una institución formal sería el Estado, necesario para que se cumplan las reglas de juego. Una institución informal, en cambio, sería el clientelismo político, que es un ejemplo de mala institución y que se basa en ciertos valores perversos.

  Respecto a la medición de la calidad, los instrumentos elegidos son distintos indicadores, tanto objetivos (basados en datos publicados) como subjetivos (basados en percepciones), como el Informe de Competitividad del World Economic Forum o el Índice de libertad económica en las Comunidades Autónomas, elaborado por Francisco Cabrillo. Hay que cuestionar, en todo caso, la bondad de los indicadores. Así, con el índice de libertad económica, que recoge muy distintas variables, es verdad que puede establecerse una relación entre libertad económica y mayor crecimiento del PIB. Pero aunque esa relación exista y posiblemente sea directa, con los datos en la mano, según el profesor Cabrillo, era mejor seguir estudiando y trabajando.

  En una ponencia que ponía el énfasis en la calidad de las instituciones españolas y en las reformas que debieran ser acometidas, se planteó el problema de las administraciones solapadas y de los grupos de presión locales que impedirían llevar a cabo cualquier cambio que supusiera una merma de su poder. Justamente ese día se había publicado en El Mundo un artículo de Francisco Sosa Wagner que denunciaba esto mismo. Expondré el argumento del Catedrático de Derecho Administrativo. En la hipótesis de que el Gobierno central decidiera abrir nuevas centrales nucleares para reducir la dependencia energética de España, es probable que las Comunidades Autónomas se opusieran a la instalación en su territorio escudándose en una maraña de competencias, buscando el favor de los grupos de presión. Además, añadía Sosa Wagner, el principio de prevalencia previsto en el artículo 149.3 de la Constitución, en defensa del interés general, es actualmente inaplicable y el Tribunal Constitucional no podría hacerlo valer.

  El marco institucional, como he dicho, puede favorecer el crecimiento económico o torpedearlo (casos de corrupción). Todo tiene mucho que ver con la seguridad jurídica, con la necesidad de unas normas claras, no arbitrarias, más o menos estables, un elemento fundamental del que carecen en los países pobres.

  ¿Qué factores influyen en la calidad de las instituciones? Ciertos estudios empíricos confirman una hipótesis de partida que es políticamente incorrecta en algún aspecto que después comentaré. La calidad de las instituciones dependería de la renta per cápita, de la división étnica (que merma la calidad), del origen legal (superioridad del sistema del Common Law), de la religión y de la confianza social. El matiz es que en esos trabajos se demuestra que dichos factores influyen más o menos según el nivel de renta de los países estudiados.

  Hay tres factores relevantes que no me resisto a dejar pasar. En primer lugar, parece ser que el origen colonial inglés y francés de algunos países implica instituciones de mayor calidad que las que se dan en países colonizados por otras potencias. En segundo término, no está claro el papel de la dimensión de los recursos del Estado. De un lado, los índices de libertad económica, como el de la Heritage Foundation, asocian mayores impuestos con menor calidad institucional. De otro, se considera por la teoría que la existencia de un pacto fiscal entre ciudadanos y Estado hace que los primeros sean más exigentes y que el segundo tenga que rendir cuentas. Por último, algunos trabajos sostienen que la ayuda al desarrollo empeora la calidad institucional, puesto que va a parar a malas manos que perpetúan un Estado corrupto y opresor.

  Les recomiendo que presten atención al tema. Desde luego, en España hay mucho que hacer para mejorar la calidad de las instituciones y ser más productivos, y estamos perdiendo oportunidades valiosas.

Fdo. El Espantapájaros.

NOTA: Me marcho de vacaciones a la playa, a desconectar. Les leeré en agosto y, ahora, les deseo un feliz descanso.

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El antimodelo

  Mucho se está hablando del nuevo modelo de financiación autonómica que ha dado a conocer el Gobierno socialista. Francamente, me resisto a llamar modelo a lo perpetrado por Zapatero. Como mucho, se puede hablar de chapuza o de acuerdo entre el Gobierno y ERC. Desde un principio, esta cuestión estuvo mal planteada y no se ha llevado a cabo con responsabilidad y transparencia. Sólo ahora, cuando toca a su fin, se descubre el grotesco pastel cocinado.

  El supuesto y malparido modelo no es sino una consecuencia de la bilateralidad que impone el Estatuto de Cataluña entre el Estado y esa región y de la necesidad de estabilidad parlamentaria de Zapatero, a quien no le importa sacrificar el interés general con tal de conservar el poder. Por otro lado, que el Tribunal Constitucional, después de tres años, aún no haya fallado acerca de los recursos de inconstitucionalidad presentados contra esos papeluchos, es una vergüenza, un desprestigio para el Alto Tribunal, pues están produciendo efectos muy perjudiciales. A mí me importa bien poco la legitimidad democrática del Estatuto. ¡Eso se da por supuesto! ¿O es que piensa la Vicepresidenta que también lo podría haber aprobado ERC a solas? Lo que interesa es si se ajusta o no a la Constitución

  En otras palabras, Zapatero, experto en negociar con los pantalones bajados, se ha limitado a dar la espalda a otras regiones (caso sangrante el de Madrid, verdadera locomotora económica de España) para que un minúsculo partido de camisas negras, con ex terroristas entre sus miembros, le diese el visto bueno y ganase su "pulso al Estado". Es verdaderamente preocupante que el presidente del Gobierno se deje chantajear así.

  Cataluña, como tal, no aporta nada al IRPF. Son los ciudadanos de allí los que contribuyen a las arcas del Estado con su trabajo. No nos dejemos engañar por los nacionalistas: los territorios no tienen derechos. Por tanto, que lo digan bien claro, que proclamen que quienes paguen más impuestos, más servicios públicos recibirán. De no ser, claro, por el hecho de que supongo que el dinero irá a Carod, para que siga dedicándose a despilfarrarlo abriendo chiringuitos por el mundo.

  Seguro que alguno piensa que odio a Cataluña. Es falso, sólo critico a sus malos políticos, más parecidos a mafiosos que otra cosa, y en eso sí que tienen responsabilidad los ciudadanos que eligieron a semejante panda. Aun así, ir contra Montilla o contra Carod no es odiar a Cataluña. Y, a mi juicio, a diferencia de los decepcionantes líderes del PP, ahora no hace falta que proclame mi amor por la gran Cataluña.

  Aún más aberrante no es ya que se carguen el principio de solidaridad o que vayan a disparar el déficit público, sino que Zapatero se jacte de haber cerrado el Estado autonómico. En verdad, lo único que ha hecho ha sido malograrlo, condenarlo, traspasar los ya de por sí amplios límites de la Constitución y conseguir que, en un futuro, o se vaya hacia un Estado federal asimétrico o que el Estado retome las competencias que nunca debió transferir y ponga orden. El Estado autonómico de Zapatero es sólo la ilusión de un bobo solemne.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Estocolmo se llama a sí misma la capital de Escandinavia. Razones no le faltan a la hora de reclamar el título: es la ciudad más grande de la zona, la más centrada y la capital del país nórdico más de mayor tamaño. No creo que los daneses estén de acuerdo…

  Si tuviera que elegir una peculiaridad de Estocolmo, sería la de que la ciudad está construida sobre catorce islas y que en ella se unen el Mar Báltico y el Lago Mälaren, de enormes proporciones, separados, eso sí, por esclusas. Es por ello que a esta ciudad se la conoce como la Viena del Norte. En invierno el lago se congela y se puede caminar sobre su superficie; en verano sirve para proporcionar frescor y bienestar a la ciudad. Abunda el verde, la armonía con la naturaleza.

  Cuestionaba en el anterior escrito la desmedida pasión ecologista sueca. Sin duda, es muy palpable en Estocolmo. Hay carriles para bicicletas por doquier, con lo que es recomendable andarse con cuidado en según qué zonas si no quieres ser atropellado. Los autobuses funcionan con etanol y persiste el tranvía. No se ve apenas basura por calle ni tampoco muchas papeleras. Será que los ciudadanos se llevan la basura a casa con tal de reciclarla debidamente, ¡porque no hay tres, sino cuatro contenedores distintos!

  Estocolmo no es una ciudad descomunal, que intimide, como sí lo hacen Londres o París. Aquí las viviendas son coloridas, uniformes y bajas, con tejados muy agudos, y no se aprecia un excesivo afán de grandeza. Los pináculos de hierro de las iglesias recortan el cielo de la ciudad, libre de rascacielos. Al igual que en Berlín, la zona de oficinas consiste en una depresión arquitectónica típica de los años sesenta más socialistas.

  Uno de los edificios más impresionantes y conocidos es el Ayuntamiento, lugar en que se celebra la cena de los Nobel. De estilo romántico e inaugurado en 1923, su interior refleja muchas de las tradiciones suecas y hace referencias a la Historia y a la ciudad. En el exterior destaca su torre, coronada por el escudo de tres coronas, símbolo de Suecia. El Ayuntamiento se halla al borde del lago. Su patio interior, rodeado por hermosas galerías con arcos, está abierto al público.

  En realidad, mi viaje a Estocolmo tenía por objeto asistir a una boda en el Ayuntamiento. Hay dos versiones de boda civil: la corta dura 30 segundos; la larga, tres minutos. Por tanto, no me aburrí. Aunque no estuve en el bar de hielo de Absolut Vodka, visité varios bebederos y, dado que los impuestos sobre el alcohol son altos, puedo afirmar que los suecos no son unos agarrados y tacaños. Al fin y al cabo, ellos han sido tradicionalmente generosos con su Estado.

  El museo con mayor número de visitas de la ciudad es el Museo Vasa. El Vasa fue un gigantesco galeón, el más grande su época, que se hundió el día de su viaje inaugural, el 10 de agosto de 1628. Parte de la culpa recayó en que soportaba un peso abusivo al llevar más cañones de la cuenta. En los años sesenta fue reflotado y está expuesto, casi íntegro y bien conservado, en el museo del mismo nombre. Los mástiles rompen el techo y se ven desde fuera. Lo mejor es el castillo de popa, dotado de galerías de tiro, y las baterías de cañones con las troneras decoradas. Pero el museo no se reduce a dar cabida al Vasa, sino que también ofrece maquetas, explicaciones de la vida en aquella época, recreaciones, etcétera.

  Con todo, la zona de la ciudad que más intensamente disfruté fue Gamla Stan, el casco antiguo. Las calles son estrechas e irregulares, y el pavimento está empedrado. Si no fuese por las numerosas tiendas y anticuarios, daría la impresión de ser una villa medieval. La magnífica estatua de San Jorge y el dragón aguarda al visitante en un borde de la isla. San Jorge, la espada en alto, está a punto de dar muerte al dragón, ya atrapado bajo los cascos del caballo del guerrero. Esta misma poderosa escena puede admirarse, en escultura de madera, en la catedral.

  El Palacio Real se encuentra justamente en Gamla Stan. Es utilizado por la familia real como oficina, si bien no es su residencia. De la vigilancia se ocupa la Guardia Real, cuyo uniforme azul y blanco, con casco metálico con pincho, me pareció de los más elegantes en este tipo de unidades. Asistí al cambio de guardia y fue una ceremonia digna de tal nombre. Un fantástico espectáculo militar, aunque, una vez más, algunos turistas frívolos se sonreían al no comprender las acciones de los guardias.

  Disfrutando de un paseo en barco alrededor de Estocolmo y sintiendo un viento fresco, fui testigo de su esplendor y de su riqueza. Quería compartir con ustedes una parte de mi viaje. Con estas pinceladas es suficiente.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Hace casi cuatro décadas se publicó un libro, titulado Suecia, infierno y paraíso, ensayo de Enrico Altavilla en el cual la cuestión central estribaba en que si bien Suecia era un país avanzado, una de las sociedades más prósperas en su momento gracias al Estado de Bienestar, quizá todo eso desembocaba en una cierta tristeza, en un vacío espiritual e, inevitablemente, en la degradación moral (que el autor viene a identificar con la libertad sexual). De ahí lo de infierno y paraíso. Al margen de que el libro es el típico producto grotesco de su época, creo que Suecia ha sabido enterrar su infierno pero también cuestionar lo que de paraíso tiene la asistencia pública de la cuna a la tumba.

  Suecia es una monarquía parlamentaria, un país estable y tranquilo. Paraíso de los socialdemócratas, de la intervención en la economía y de los impuestos elevados y omnipresentes, gobierna desde 2006 el centro liberal encabezado por Fredrik Reinfeldt. Allí se exige un alto grado de honestidad y capacidad a los políticos, y algunos ministros de este Primer Ministro han tenido que dimitir por escándalos que en España se considerarían menores o pasajeros. En cualquier caso, el modelo sueco de Estado de Bienestar no parece que vaya a desaparecer próximamente, pues la crisis puede tener el efecto de sacrificar la libertad económica en aras de una dudosa seguridad aún no definida.

  La otra nota característica de Suecia es su gran afición por el medio ambiente. La vena ecológica es absolutamente disparatada, obsesiva. Por supuesto que tienen mucho bueno que conservar y cuidar, grandes paisajes y espacios naturales, pero, como es habitual, el radicalismo de los grupos de presión ecologistas llega a amenazar el progreso y la calidad de vida de los ciudadanos. En la capital, Estocolmo, no se han podido construir autopistas alrededor de la ciudad, muy necesarias, por culpa de la oposición de los ecologistas. Y parece como si en el Ayuntamiento sólo se discutiera acerca de la instalación de carriles para las bicicletas y otros proyectos verdes.

  La sociedad sueca se encuentra fuertemente influida por lo anglosajón. Así, el inglés es hablado por todo el mundo a la perfección, se come y se cena pronto y el país no entró en el euro, por lo que se mantiene la corona, jugada que no le ha salido tan bien a Suecia como a Inglaterra. Por otra parte, las personas son bastante serias y rehuyen el contacto físico y los comentarios banales, pero el ambiente es relajado y alegre. Estoy harto de que en España se confunda la reticencia a la efusividad, a los toqueteos, al hablar por hablar, con una supuesta falta de sentimientos y de amabilidad personal. Siempre oigo decir: "Qué gente tan fría es la del norte, seguro que les influye el clima". La verdad es que son gente noble y amiga de sus amigos sin necesidad de teatros. Aquí sobra ya el excesivo compadreo.

  No hablaré de novelas negras ni de vampiros: la Suecia oscura y misteriosa no la he conocido… Bien al contrario, he estado en la Suecia del sol de medianoche, con su permanente luminosidad.

  He querido ofrecerles estos modestos apuntes porque pienso que los países escandinavos son unos grandes desconocidos para nosotros. Ello quizá se explique por la lejanía, por la Historia, porque Suecia ha permanecido neutral desde 1814… A partir de esta introducción escribiré, la semana que viene, sobre mi experiencia en Estocolmo.

Fdo. El Espantapájaros.

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