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Archive for 31 octubre 2009

El tonel de Rajoy

  La crisis desatada en Caja Madrid y la corrupción, junto con otras mil disputas internas, estaban sacudiendo los cimientos del Partido Popular, y Mariano Rajoy, su líder, había tenido que soportar mil agravios de hombres como Gallardón. A pesar de ello, resistía todo envite y no acababa de dar el puñetazo en la mesa que muchos reclamaban. Era un señor paciente y tranquilo que incluso confraternizaba más con quienes con más ahínco deseaban aprovecharse y librarse de él…

  Fue a la hora del crepúsculo, en Halloween, cuando se encontraron Rajoy y Gallardón en casa del primero. El alcalde saludó con gran efusividad a Rajoy, abrazándole y besándole en la boca. Se notaba que estaba bebido: le delataba el olor a alcohol y su excesiva alegría. Iba el alcalde disfrazado de vampiro, pues aquella noche tenía planeado recorrer la ciudad e ir de puerta en puerta pidiendo dinero a los madrileños. Si no se sometían, tendrían que soportar sus empalagosos discursos acerca de la solidaridad, la justicia social y la necesidad de las obras públicas. El disfraz de vampiro era, por tanto, el más adecuado.

  Un Rajoy relajado y satisfecho se sentó en su sillón de orejas preferido y Gallardón hizo lo propio. Frente a frente, se sonrieron. La tensión de los días anteriores parecía haberse disipado. Al fin y al cabo, el objeto de esa cita era limar asperezas entre ambos. Gallardón desplegó sus encantos e hizo algunas preguntas de cortesía a su anfitrión. Por efecto del vino se le habían subido los colores a la cara, lo que no casaba muy bien con la palidez de un vampiro.

  Gallardón hablaba atropelladamente, con la lengua estropajosa, y ya estaba aburriendo a Rajoy, que decidió, por una vez, tomar la iniciativa.

  –Fumemos un puro –invitó Rajoy–. Como ves, mi esposa y mis hijos no están en casa y no les molestaremos; han salido a celebrar la fiesta. Ojalá tiren huevos contra La Moncloa.

  Gallardón rió de buena gana. Le entró hipo.

  –Que sea éste el puro de la paz –proclamó, grandilocuente–. No más peleas ni rencillas, Mariano… –Aquí tuvo que hacer una pausa hasta calmar sus hipidos–. El viaje al centro debe completarse y, con nuestros esfuerzos unidos, lo conseguiremos. El PP puede ganar las elecciones siguiendo las recetas de Arriola y mis guiños a la izquierda. Eso sí –añadió–, lo que está haciendo Aguirre con Caja Madrid es de vómito.

  Una sombra cruzó el rostro de Rajoy.

  –Pensaba que eso lo había dicho Cobo, no tú.

  –Con el paso del tiempo, y después de que me haya servido bien, he aprendido a hablar a través de Cobo y éste a aceptarlo. ¡Todo por su amo! –explicó Gallardón.

  Ambos saborearon durante unos minutos el puro y una copa de coñac, mientras el espeso humo se expandía por el salón, decorado con gusto y clasicismo. Al calor del fuego de la chimenea, aquel lugar era acogedor y hogareño. Ya había anochecido y de las calles les llegaba el griterío de los chiquillos que salían a pasarlo en grande.

  –Mariano, ya sabes el afecto que te profeso –volvió a la carga Gallardón con voz engolada–, y creo sinceramente que tanto tiempo al frente del partido, soportando los problemas que has soportado, con dos elecciones perdidas a cuestas, te ha pasado factura. No me digas que no te gustaría regresar a tu plaza de registrador en Santa Pola y olvidarte de la tropa del PP. Pasarías más tiempo con tu familia, te echarías más siestas… Lo que necesitamos es un líder natural, no alguien sin, ejem, carisma y empuje… ¿Me entiendes?

  –No sé –repuso Mariano, sin mirar directamente a los ojos enrojecidos de Gallardón–. No estoy seguro de qué hacer, pero tengo alguna idea…

  –¿De veras? ¿Podrías compartirla conmigo?

  El líder del PP esbozó una sonrisa.

  –Muy pronto. Pero antes quiero que bajemos a mi bodega, para que cates un gran reserva que me han regalado. Tú eres de buena familia, Alberto, y conozco tu gusto por los buenos caldos. Así podrás salir más animado a cumplir tu misión recaudatoria de esta noche.

 –Estoy de acuerdo. Aún puedo demorarme un rato más aquí. Pero ten cuidado con esos obsequios… Ya sabes lo que pasa.—Gallardón guiñó un ojo torpemente–. Aun así, no seas demasiado duro con los pijos y mediocres de Camps y su pandilla. Son parte de la marca electoral del PP.

  El anfitrión se limitó a sonreír con condescendencia.

  Descendieron a la bodega de la casa, una cripta amplia y húmeda con bastas paredes repletas de botellas.

  –No sabía que tuvieses una bodega tan grande –comentó Gallardón, tomando en sus manos una botella. Se estremeció bajo su siniestra capa negra–. ¡Vaya, qué interesante!

  Rajoy hizo un gesto con la mano que invitaba a que la probase. Las luces de la bodega titilaron. Gallardón no esperó más y pronto estaba bebiendo del cuello de la botella, con hilillos de vino resbalándole por la barbilla.

  –¡Soberbio! –exclamó, ya agotado el contenido de la botella, y palmeó la espalda del gallego con cariño–. No obstante, quiero suponer que me guardas una sorpresa aún mayor.

  –Desde luego, mi querido amigo, desde luego. Avancemos un poco más.

  Así, bajaron unas escaleras que daban a una zona de la bodega que necesitaba de una reforma: la iluminación era mala y las paredes casi se caían a pedazos. Gallardón se paró ante un enorme tonel sobre el que había una copa rebosante de un vino de intenso color rojo. De nuevo, Rajoy se lo ofreció.

  –Bebe, por favor.

  Gallardón alzó la copa, ebrio de alcohol y felicidad, y los ojos le brillaron con malicia.

  –Brindo –dijo— por los cadáveres políticos que vamos a dejar a nuestro paso, amigo Mariano. Empezando por todos esos liberales de pacotilla… ¡La Moncloa será nuestra gracias al centrismo!

  –Y yo, por que llegues a lo más alto.

  Tras la degustación, Gallardón reparó en un escudo heráldico que colgaba de la pared. Un hombre barbado y de oro recostado en una butaca, sobre fondo azur, descansaba como si se tratase de un dios antiguo y polvoriento.

  –¿Orígenes nobles tú? –se extrañó Gallardón–. ¿Cuál es tu lema?

  –Santo Job sólo hubo uno en la Historia.

  Con aire pensativo, Gallardón cogió una botella al azar y la vació de un trago, mientras Rajoy le señalaba el final de un pasillo oscuro y lleno de telarañas y escombros donde las paredes se estrechaban hasta desembocar en una suerte de nicho excavado en la roca.

  –Al final está el gran reserva prometido. Es un magnífico amontillado que te resultará delicioso.

  Gallardón se frotó las manos.

  –Allá voy.

  Rajoy le siguió lentamente hasta que el alcalde tropezó con el final del nicho, punto en el que trató de descubrir dónde estaba el tonel mediante una linterna de bolsillo. Rajoy aprovechó ese momento de confusión para encadenarle a unas argollas de hierro instaladas en la pared.

  Gallardón se volvió, sorprendido, pero sólo emitió un balbuceo. Al momento siguiente, Rajoy comenzó a tapiar el estrecho nicho con Gallardón dentro, empleando ladrillos, cemento y paleta extraídos de un recoveco. Cuando ya casi había levantado la mitad de la pared, el alcalde, menos embriagado, intentó quitarse las cadenas: su alegría se había esfumado y su rostro desgastado por los excesos traslucía temor.

  –¿Qué estás haciendo, amigo mío? ¿Dónde está el amontillado? Esto será una broma, ¿no?

  Impasible, Rajoy continuó apilando ladrillos y aplicando cemento.

  –¿Acaso es hoy el Día de los Inocentes? –dijo finalmente–. Parece que no.

  –¿Por qué haces esto? –Gallardón rompió a llorar–. ¡Yo merezco otro trato!

  –¿Recuerdas el Caso Naseiro? ¿Cuando en 1996 intentaste convertirte en presidente de un Gobierno de salvación nacional en detrimento de Aznar? ¿Cuando te sentías a gusto siendo un verso libre dentro del partido? ¿Cuando justo antes de las elecciones de 2008 me amargaste la vida con tu ambición de ser diputado? ¿Cuando tuve que viajar a Copenhague y sufrir el chasco de Madrid 2016? ¿Cuando, mas recientemente, hube de soportar tus maniobras en Caja de Madrid y que me dejases en ridículo? Además, eres un coñazo de tío. Fíjate lo que es la vida que, acerca de todo ello, vas a poder reflexionar mientras buscas el amontillado.

  Los gritos de Gallardón inundaron la bodega, pero nadie más que Rajoy los escuchaba. Silbando, completó la pared y, a continuación, construyó otras dos más. Gallardón había quedado emparedado. Ya no gritaba ni se quejaba.

 De repente, de las profundidades del nicho surgió una carcajada escalofriante. A Rajoy se le erizaron los pelos de su barba canosa.

  –¡Ja, ja, ja! Vamos, Mariano, basta de tonterías. No puedes librarte de mí así. No puedes prescindir de mis contactos con PRISA ni de mi fuerza electoral. Me necesitas para llegar a La Moncloa.

  –No me tentarán más tus cantos de sirena –replicó el otro, y encendió un puro. Suspiró de cansancio–. Tus traiciones y delirios de grandeza terminan aquí y ahora.

  –¡Por el amor de Dios, Mariano!

  –¡Sí, Alberto, por el amor de Dios!

  Pero éste ya no respondió más. Al otro lado del triple muro de ladrillo tan sólo se oían extraños murmullos. Rajoy sacudió el polvo de su bata, dio una calada al puro y se alejó por los pasillos de la bodega, preguntándose de dónde provendría ese insistente tintineo que taladraba su cabeza…

  Eran las ocho de la mañana del 31 de octubre de 2016. Hacía frío. Rajoy apagó el despertador, bufando. A sus sesenta y un años, tenía que ir al Registro de la Propiedad a enseñar el oficio a sus nuevos subordinados y arreglar unos asuntos. ¡Qué aburrimiento! Al levantarse de la cama, cayó al suelo el libro que había estado leyendo hasta que le entró sueño: Cómo lo hice. Mi primera legislatura como Presidente socialista, de Alberto Ruiz-Gallardón.

  –¡Santo Job, si hubiese tenido este sueño antes! –dijo Rajoy, molesto.

  Y se rascó la barba con gran disgusto antes de dirigirse al cuarto de baño.

Que Edgar Allan Poe me perdone y que Rajoy me escuche. Feliz noche de Halloween.

Fdo. El Espantapájaros.

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 Hay personas que no saben perder, personas que quieren siempre pan y perro. Dentro del Gobierno de sinvergüenzas que padece España abundan los ejemplos. Elena Salgado, Vicepresidenta económica, es uno. Estuvo nefasta en el debate de totalidad sobre la Ley de Presupuestos Generales del Estado: tanto por el infumable contenido de los mismos como por la forma en que los defendió. Mucho presumieron los progresistas de esta dama de hierro de palo, con dos licenciaturas, ancha experiencia, afán de prohibir, represora, enemiga de las hamburguesas…, y al final resulta que la temible señora es una oradora polvorón, incapaz de apartar la vista de sus papeles, y que balbucea y tiembla cuando los de la oposición se ríen de ella, única reacción honesta ante su discurso.

  Lógicamente, Rajoy, esta vez brillante, agudo, la trató como lo que es: una marioneta de Zapatero, un florero progresista. Y no lo hizo porque fuera mujer, pues su actitud fue la misma que con Solbes en el pasado. Lo hizo porque Salgado, al margen de aportar los técnicos del Ministerio de Economía y Hacienda, no pinta nada en la elaboración de los PGE, cuyos autores intelectuales hay que buscarlos en La Moncloa, en Zapatero y su infame oficina económica. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que Salgado equivale a Rodrigo Rato durante las dos legislaturas de Aznar? Hasta el muermo de Solbes tenía más protagonismo y margen de opinión. Por consiguiente, es completamente normal que el líder de la oposición prefiriese dirigirse a Zapatero antes que a Salgado, que no es más que un parapeto.

  No hay machismo que achacar a Rajoy, y las reacciones airadas de eximios progresistas, empezando por la de la derrotada, son excusas de la peor especie. Ya que no se ganó el debate, al menos crean sospecha sobre el adversario. Pero como la acusación es más que peregrina y resobada, al final la mayoría la ve como una manera de no hablar de la pésima actuación de Salgado. Que se aguante la señora y que aprenda a debatir.

  En cualquier caso, los PGE son malos y alejados de la realidad, nada nuevo bajo el sol de Zapatero. Más gasto, más sopa boba y subida de impuestos. Y cómo no, Salgado se descolgó con los típicos argumentos socialistas, aduciendo que lo público es superior a lo privado. Si es así, que empiece por donar su no escaso patrimonio a las arcas del Estado, que hay mucha necesidad de ingresos.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Ayer tuvo lugar en Madrid una exitosa manifestación en contra del aborto, o quiero pensar que en contra del aborto libre y gratuito que propugnan los socialistas. El caso es que no creo que Zapatero, siempre con el diálogo en la boca, vaya a prestarse a dialogar con quienes no están de acuerdo con sus convicciones. El diálogo a lo Zapatero tiene que ver más con la imposición de una ideología y de la ética indolora progresista, que no por ser laxa deja de ser una moral como otra cualquiera.

  Ya he escrito más veces sobre el aborto y mi opinión es meridianamente clara. Hay que ceñirse al contenido de la STC 53/1985, de 11 abril, que declara que el nasciturus es un bien jurídico digno de protección, incluso penal. En este sentido, puede plantearse un conflicto de intereses entre la madre y el concebido no nacido cuya resolución ha de ajustarse a un cierto equilibrio. Este equilibrio, velis nolis, se alcanza merced al actual sistema de indicaciones, una regulación que habría de ser conservada no sólo por su general aceptación, sino porque no existía una demanda social de reforma del aborto en España. Lo que propone el Gobierno, en cambio, supera todos los límites.

  El Consejo de Estado, en su Dictamen de 17 de septiembre de 2009, no respalda por completo la reforma del Gobierno y realiza no pocas advertencias y críticas. Incide sobre lo señalado más arriba, niega que el aborto pueda ser considerado un derecho y recuerda que el TC, en la misma sentencia citada, sostuvo que "el derecho de objeción de conciencia existe y puede ser ejercido con independencia de que se haya dictado o no tal regulación", si bien ésta "puede revestir singular interés". Ni que decir tiene que el deseo del Gobierno socialista es que no se permita dicha objeción de conciencia de los médicos.

Con razón, Rafael Palomino, Catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado, ha pedido en su espacio, Estado y religión, que el Gobierno "no olvide que la STC 53/1985 existe, no es una pesadilla después de una mala digestión en la cena". Y, por añadidura, que tenga en cuenta lo dictaminado por el Consejo del Estado, que no vincula pero sí posee una fuerza moral.

  Desde un comienzo, esta reforma ha sido una treta más del Gobierno en su empeño por dividir a los españoles y castigar a la mayoría católica. Siendo malas las intenciones, al menos podría haber hecho mejor la reforma y justificarla de un modo presentable. Pero no es así. En primer lugar, entiendo que el artículo 417 bis del Código Penal desaparecerá, porque, si no, estaríamos ante un supuesto derecho, el aborto, que es a la vez un delito despenalizado en algunos supuestos. ¿Está aclarado ese punto? En segundo lugar, De la Vega ha asegurado que ellos sólo buscan otorgar seguridad jurídica a las mujeres que abortan. ¿Acaso antes no la había? En ausencia de legislación al respecto, bien dicho estaría. Pero, habiéndola, la seguridad jurídica de la mujer era plena: si abortaba dentro de los tres supuestos, no había delito; si lo hacía fuera de los mismos o en fraude de ley, lo había. Y si era engañada por los médicos, siempre podía acogerse a los vicios y defectos de la voluntad. Seguridad jurídica no puede identificarse con impunidad.

  Basta ya de sensiblerías, de comportamientos pusilánimes y de falta de coraje. Tengo que decir algo con toda crudeza: en los tiempos que corren, si alguien hace el amor sin protección y la mujer se queda embarazada y no entra en ninguno de los supuestos, que se aguante o que al menos no obligue a que los demás paguen sus errores. Para los progresistas, el embrión no es más que un coágulo que ni siquiera es un ser humano. Un aborto sería algo así como una operación estética especialmente comprometida y dolorosa. Y si es válido este razonamiento, no hay por qué pagar la cirugía estética de los demás. Estoy cansado de una sociedad que no es capaz de responder por sus propios actos.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Los domingos suelo acordarme de Mariano Rajoy, hasta soy capaz de identificarme con él. ¿Por qué? Sin duda, Rajoy es un hombre de domingos. Estoy seguro de que es su día favorito, el que mejor recoge sus esencias: leer tranquilamente el periódico, en compañía de su familia, mientras goza del vermut y se repantinga en la butaca. Y por la tarde, siesta. Aun así, el domingo es también un día fronterizo, el que divide la paz y la calma de la tempestad y el furor de los días de diario. En verdad, Rajoy siempre parece situarse en el filo de la navaja, entre el todo y la nada.

 Mañana, además, es 12 de octubre, Día de la Hispanidad, con lo que ya ha transcurrido un año de aquella inolvidable cita de Mariano haciendo mención al "coñazo del desfile". Pero también es justo recordar que, en 2007, nos regaló un vídeo en que animaba a los españoles a sentirse orgullosos y a mostrar sin recato la enseña nacional. A mi modo de ver, estas dos anécdotas reflejan las dos caras de un hombre con el que he tenido mis más y mis menos (le apoyé en las elecciones generales, pero el año pasado le califiqué de "gabardina con barba" y "hombre patético"). De un lado, Rajoy es un político de sobrada experiencia, con sentido de Estado y realmente moderado y educado. Por ello creo que sería un buen Presidente. De otro, gusta demasiado de sentarse a fumar puros, de disfrutar de los placeres mundanos, de la inactividad periódica y de cierta indecisión a la hora de tratar los asuntos que más afectan al partido que preside. Por ello es un mal candidato.

  Empero, ha llovido mucho desde marzo de 2008 y el gallego ha sobrevivido a brutales crisis internas, a las encuestas, a dos elecciones autonómicas y a las elecciones europeas. El PP está por delante del PSOE en intención de voto. Zapatero no tiene ningún crédito y le escasean los apoyos parlamentarios. Si a finales de 2008 parecía improbable que Rajoy estuviese en su sano juicio cuando afirmaba que al final conquistaría La Moncloa, hoy no lo es tanto, aunque más bien por la crudeza de la crisis económica y la pésima gestión del Gobierno que por los méritos de la oposición.

  Las razones de la falta de empuje del PP hay que buscarlas en lo tedioso de su discurso económico, en su incapacidad para presentar una alternativa real al proyecto de ingeniería social de Zapatero y en los casos de corrupción. Por lo que se refiere a este último punto, no es posible determinar su alcance y hay que respetar la presunción de inocencia, esperar a la decisión de los tribunales; pero los indicios están ahí y, lo que es más grave, las sospechas empiezan a generalizarse porque el PP no está reaccionando como es debido.

  La manera en que se está defendiendo el PP ha rozado lo grotesco. Vale denunciar el doble rasero de la Fiscalía y recordar las vergüenzas del PSOE, pero no salir por televisión, entre aperitivo y aperitivo, a anunciar que el Gobierno espía al principal partido de la oposición, como hizo Dolores de Cospedal, y después quedarse tan ancha. Igualmente, el poder de Génova sobre sus hombres en Valencia es bastante enclenque, como pone de relieve el vacile supremo de Ricardo Costa. No se ha de admitir bajo ningún concepto la burla de un pijo de playa.

  Rajoy debería dar un puñetazo en la mesa y, acto seguido, convocar una rueda de prensa masiva en la que hiciese las pertinentes declaraciones pero permitiendo, a la vez, preguntas de los periodistas, cualquier pregunta. Eso demostraría su transparencia y su voluntad de aclarar las cosas. La costumbre que ha instalado entre nuestros políticos de no responder a la prensa es de lo más perniciosa, reveladora, por lo demás, de la baja calidad de la democracia española.

  Le pido a Rajoy que actúe y que salve al PP, que limpie su partido y que ponga fin a tanta tontería. Incluso si tiene que enfrentarse al pegajoso y ridículo Camps. Incluso si tiene que organizar un congreso extraordinario. Incluso si tiene que trabajar en domingo.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Madrid no celebrará los Juegos Olímpicos de 2016. A decir verdad, nunca he sido un entusiasta de las candidaturas de Madrid a tal efecto, si bien, en los últimos tiempos, había llegado a dos conclusiones: que una vez que se demuestra lo equivocado de una inversión superada la mitad de su recorrido, es lícito continuar hasta el final por comprobar si es rentable; y, en segundo término, que mi única razón para desear los Juegos Olímpicos era que Madrid se equiparase con Barcelona en ese aspecto.

  No hay duda de que la candidatura de Madrid era la mejor y más sólida, con una excelente presentación. No era, en cambio, elegible. Río de Janeiro tenía que ser designada como ciudad olímpica al precio que fuese, en atención a una especie de sentimiento de compensación histórica del COI hacia los países del sur. Madrid, además, se ha visto perjudicada sobremanera por la regla no escrita (no menos poderosa que una escrita) de la rotación de continentes. En este punto, hay que dejar claro, por cierto, que el continente al que han ido a parar los Juegos Olímpicos es América, no Sudamérica, como vienen repitiendo, abundando en el error, los brasileños, los del COI y los medios de comunicación. Sudamérica no es un continente. Que no sigan dando la tabarra con esa falsedad.

  Por otra parte, Gallardón ha sido nuevamente derrotado. Como hombre ambicioso que es, poco importa que creyese o no a Jacques Rogge: se trataba de embarcar Madrid en una aventura de dudoso desenlace y que él capitanearía con bastante placer y provecho, que para eso ha estado de viajes por aquí y allá y se ha codeado con grandes líderes y mandatarios. El apoyo popular es la excusa perfecta para tanto dispendio. Ahora, nadie le va a reprochar esta segunda intentona (la de Madrid 2012 tenía mucho más sentido), toda vez que Madrid ha quedado en un digno segundo puesto, ha transmitido una buena imagen, había que intentarlo, etcétera. Creo que la derrota de Gallardón es más dulce que amarga.

  Con todo, los madrileños quizá deberíamos empezar a considerar que, de buen gestor y hombre cabal, Gallardón está pasando a ser un pródigo con el dinero público, empeñado en realizar sus ambiciones desmedidas y obras que ya carecen de explicación (salvo que se acepte como tal el dar satisfacción a una pandilla de arquitectos locos y urbanistas despistados), como la que se pretende llevar a cabo en la Plaza Mayor. "Urge saber a cuánto asciende el sueño megalómano de este sátrapa consumado", clama Jesús Cacho desde El Confidencial en relación con la candidatura de Madrid, e informa de que en 2003 "cuando el faraón llegó a la alcaldía, la deuda de Madrid era inferior a la de Barcelona. Ahora mismo es 12 veces mayor". Lo cual es alarmante.

  Gallardón va a seguir el mismo camino que Zapatero ante unas arcas municipales exhaustas: apretar las tuercas al contribuyente. Va a subir el IBI y, por si fuera poco, vuelve la tasa municipal de basuras, resucitada con trazas de impuesto –se va a calcular de acuerdo con el valor catastral–, lo que promete mermar aún más el bolsillo de los madrileños. La basura huele mal, pero el afán recaudatorio de los políticos socialistas es superior a toda sensibilidad. Ya lo sentenció Vespasiano: "Pecunia non olet".

Fdo. El Espantapájaros.

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