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Archive for 30 mayo 2010

  Era tiempo de cambiar. Ya han transcurrido unas cuantas semanas desde que la página de Internet del Ministerio de la Presidencia fue renovada. De la Vega, la mujer más elegante y trabajadora del Gobierno, aparece en todo su esplendor y junto a sus solícitos subalternos en un vídeo que arranca de su despacho con el fin de explicar las funciones de las que se hace cargo como titular de esa cartera ministerial. Bien está que se dé a conocer a los ciudadanos el funcionamiento del sistema y de las instituciones, en este caso, del Ministerio de la Presidencia, que a muchos les resultará desconocido, aunque todo se enmarque en un ejercicio propagandístico más, destinado demostrar que De la Vega sigue siendo útil y que merece no ser cesada por Zapatero.

  Bravo por la transparencia, siempre que sea exacta y sin manipulaciones. En ese sentido, con la modificación de la página se ha añadido algún detalle más bien chirriante y que, por nimio que sea, pone de relieve la afición de los políticos por fabricarse un pasado que no tuvieron y un currículum inventado. Ya ocurrió con Bernat Soria y su currículum falseado, o con la propia De la Vega y su padre purgado en el franquismo… pero después restituido e incluso condecorado. Falta honestidad.

  Regresemos al Ministerio de la Presidencia. En la biografía de la Vicepresidenta, ella misma o sus esbirros han pensado en ir más allá del simple lavado de cara y allí se indica, en relación con su trabajo, lo que sigue: "Profesionalmente, es juez". Años atrás, María Antonia Iglesias, paradigma de la objetividad y del saber estar periodístico, calificaba a De la Vega en una entrevista como "juez, de profesión y vocación". Una afirmación más que discutible, por diversas razones.

  En realidad, De la Vega es secretaria judicial desde 1974, lo que oculta, de forma absurda, la nueva biografía. En 1990 entró en la carrera judicial como magistrado, que es una categoría superior a la de juez, pero se conoce que al común de los mortales le debe de sonar mejor, como algo con más autoridad y relevancia, lo de juez a secas. De la Vega accedió a la función jurisdiccional no por oposición, sino a través del muy cuestionado cuarto turno, mecanismo ideado por los socialistas en los años ochenta, en principio, para aumentar el número de jueces y para combatir la a la sazón tendencia supuestamente conservadora de la judicatura. En la práctica, el cuarto turno, sobre todo en el nivel de magistrados, permitía y permite situar dentro del Poder Judicial, a modo de picas en Flandes, a figuras amigas o cercanas a los partidos políticos.

  Los socialistas generalizaron el cuarto turno en 1985 con la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial. Además de por el sistema general de oposición, pueden ingresar en la carrera judicial, de acuerdo con el artículo 301.5 LOPJ, "por la categoría de magistrado del Tribunal Supremo, o de magistrado, juristas de reconocida competencia en los casos, forma y proporción respectivamente establecidos en la ley". Su denominación, cuarto turno, responde a que, de cuatro vacantes que se produzcan en la categoría de magistrado, la cuarta "se proveerá por concurso entre juristas de reconocida competencia y con más de diez años de ejercicio profesional que superen el curso de formación al que se refiere el apartado 5 del artículo 301" (art. 311.1, párrafo cuarto). Se trata de un concurso en el que priman los méritos y la experiencia, naturalmente, pero que resuelve un tribunal calificador dependiente, en resumidas cuentas, del Consejo General del Poder Judicial (art. 313), órgano de gobierno de los jueces cuyos vocales son elegidos por el Parlamento, dominado por el PSOE en tiempos de la aprobación de la LOPJ.

  En ese contexto, que ha de ser destacado, De la Vega entró en la carrera judicial. ¿Qué hizo como magistrado? Absolutamente nada. Ese mismo año de gracia de 1990 fue elegida vocal del CGPJ –entiendo que a propuesta del PSOE y respaldada por éste– dentro de la categoría de jueces y magistrados (art. 112). Desde entonces no ha regresado a los tribunales.

 Como corolario de lo anterior, hay que dejar sentados varios puntos. En primer lugar, De la Vega nunca ha sido juez, stricto sensu; magistrado sí, pero debería detallarse en su biografía las circunstancias en que llegó a serlo y por qué alcanzó esa condición, esto es, para ser elegida vocal del CGPJ. En segundo lugar, dudo mucho que una persona pueda ser juez "de vocación", en palabras de la grotesca Iglesias, habiéndose dedicado a ello menos de un año y sin dictar ni una sentencia. Finalmente, nadie duda que De la Vega sea una jurista de reconocido prestigio y una experta conocedora del Derecho, eso lo reconozco, y no voy a entrar en los méritos que acumulaba para ganar el concurso del cuarto turno o si hubo cambalaches por parte del CGPJ. Lo que sí tengo que subrayar es que no es correcto engañar de esa manera en una biografía y utilizar la condición de juez con tanta ligereza, como si De la Vega se hubiese matado a estudiar las oposiciones (las de secretario judicial también son muy fuertes, dicho sea de paso) y luego hubiese impartido Justicia durante años. Hace tanto daño a la judicatura como quienes dicen que Garzón era un juez ejemplar. Y, desde luego, deja en muy mal lugar a una clase política incapaz de exponer la verdad con todos sus matices.

Fdo. El Espantapájaros.

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  La exitosa serie Perdidos llegará esta madrugada a su esperado fin. Desde su inicio en 2004, se han sucedido seis temporadas que, en general, han contado con el respaldo del público y la crítica. En lo que a mí me concierne, he seguido la serie desde su estreno en España, en 2005, aunque no me considero un fanático de ella ni mucho menos. Por ello, ni me va a apenar profundamente su despedida ni voy a amenazar de muerte a sus creadores en caso de que me decepcione el último episodio.

  Al margen de las numerosas exageraciones, Perdidos ha sido el principal exponente de una era dorada de las series de televisión. No sólo por la expectación que ha ido generando, sino también por los temas que ha tratado y por la manera en que lo ha hecho, desde los conflictos entre padres e hijos hasta los miedos más enraizados (el miedo a volar, a perderse, a la noche, a lo desconocido y los desconocidos…), pasando por las luchas por el liderazgo, los romances, las guerras entre bando irreconciliables y, por supuesto, los misterios y situaciones de suspense con muchos antecedentes en el cine y la literatura y referencias culturales. Una de las grandes virtudes de esta serie fue condensar toda una serie de elementos presentes en el imaginario popular y, de esta forma, ofrecer una variedad de razones para engancharse a ella. Todo ello combinado con un elenco de protagonistas bastante atractivo, unos buenos efectos especiales y unas técnicas narrativas muy originales explican el triunfo de la serie.

  Aun así, hay que plantear alguna crítica, pues Perdidos es una serie casi perfecta, pero ha terminado por sucumbir a ciertos desgastes. Ha habido enigmas no muy bien resueltos, es decir, malamente y con precipitación. Además, a medida que ha ido avanzando la serie, algunas tramas parecen haber perdido el rumbo o no han sido apenas explotadas. En especial, la quinta y la sexta temporada incurren en un ritmo enloquecido y en unos argumentos que, aun impecablemente ejecutados, caen en el exceso y casi en la parodia.

  Echando la vista atrás, creo que el panorama es excelente y que el recorrido, con el final que tenga, ha merecido la pena, con independencia de que alguna historieta podría haber sido suprimida o mejor contada. La coherencia está ahí y no se ha perdido, afortunadamente.

  Lo que más me atrajo de Perdidos en un principio fue lo mucho que bebía de la obra maestra de William Golding, El señor de las moscas (1954), un libro que me cautivó y conmovió cuando lo leí en la adolescencia. En Perdidos volvía a estar presente la creación de una sociedad en miniatura en un entorno salvaje y hostil. Y, por lo demás, declaro mi fascinación por todo relacionado con la Iniciativa Dharma y su colonia en la isla, posteriormente ocupada por Los Otros. Siempre me han gustado más los aspectos realistas de la serie, incluso dentro de la ciencia-ficción, antes que sus aspiraciones más elevadas.

  Después de tanto tiempo y de tantas incógnitas, va a ser difícil articular un cierre que satisfaga a casi todo el mundo y que sea memorable. Pero confío en la capacidad de los guionistas y en la fuerza de la serie. Tan sólo espero que de una buena lección al cargante Hombre de Negro y que quede bien claro el destino de los personajes supervivientes. Y que no caigan en limbos y botellas de cristal con vino dentro.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Ha hecho un buen trabajo Ridley Scott en Robin Hood (2010). Además de por la acción y la espectacularidad, por el hecho de no haber caído en una visión demagógica del héroe, al que era tentador presentarlo como un agente al servicio de la redistribución de riqueza. Antes al contrario, Robin Hood es un hombre libre que exige límites al poder del soberano, que todo hombre pueda ganarse la vida sin tutelas ni interferencias abusivas en forma de tributos y que recuerda que, para un inglés, su casa es su castillo. Así da gusto ver a Russell Crowe.

  Y en España, si no tenemos un Robin Hood capaz de poner coto a la voracidad a la par que despilfarro de los poderes públicos, sí padecemos un Juan sin Tierra, no el de la Carta Magna de 1215, sino el frívolo y taimado personaje de las películas, un hombre que administra un Estado en la ruina que, para solucionar sus problemas financieros, decide esquilmar a los que menos tienen. He aquí el retrato de Zapatero. Al margen de sus ridículas y contraproducentes amenazas a las rentas altas, todo en él es Juan sin Tierra, el de la película de Disney de 1973, un león malicioso y cobarde rodeado de una corte de serpientes, buitres y recaudadores de impuestos.

  Pero el reinado de Juan sin Tierra está tocando a su fin y él mismo ha reconocido estar desnudo ante el público. Ha llegado la hora del ajuste en el sector público. Con retraso y con aspectos ciertamente mejorables, al menos es un primer paso que aleja a España de la sombra de Grecia. También podrían haberse suprimido ministerios, altos cargos, más subvenciones, etcétera, pero sin duda la medida estelar es el recorte y posterior congelación del sueldo de los funcionarios.

  Habrá quien, tras el anuncio del miércoles, considere que Zapatero ha hecho lo que tenía que hacer, y que merece elogio por haber tenido la valentía y el sentido de Estado para proponer este plan que va a cosechar impopularidad y quejas. Pero eso sería valorar demasiado a un político que ha demostrado en su carrera que no es más que un improvisador y un mago de los de chistera y conejo.

  Hay que acordarse de los 400 euros, ese regalo pensado para comprar votos que volatilizó el superávit de las cuentas públicas. Hay que acordarse del cheque-bebé. Y de las subvenciones que se han concedido gratia et amore. De la lentitud en adoptar decisiones, lo que ha motivado un empeoramiento de la situación y una mayor desconfianza de los inversores. Es mucha y muy grave la responsabilidad del Gobierno como para exonerarlo ahora. A mi juicio, su fallo no es la incoherencia, la contradicción, que se vaya a tocar el antaño sacrosanto gasto social… Zapatero es un hombre sin atributos ni principios, y ya hay costumbre de que diga una cosa y haga otra muy distinta. El problema es que lo ha hecho casi por conscripción, tarde y arrasando con todo.

  La semana pasada se debatía aquí sobre la soberanía, la situación de Grecia y los rescates de la UE. Es humillante que a Zapatero le hayan ordenado desde Bruselas lo que debía hacer o que le haya tenido que llamar Obama pidiéndole reformas. Lamento que España vaya a quedar bajo una especie de tutela o protectorado económico, como se ha dicho. Mas, si Zapatero hubiese actuado antes, si hubiese hecho las reformas pertinentes (las cajas de ahorros, el gasto público, el mercado laboral…), no hubiera sido necesario llegar a estos extremos. Se lo impidió su ideología, su sectarismo y su incapacidad para gobernar; pero la realidad termina por imponerse.

  Nada de piedad con Zapatero. Sin cuartel. Porque tiene que rendir cuentas y porque ya no valen sonrisas. Act est fabula.

  Fdo. El Espantapájaros.

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  Occidente está en horas bajas. La crisis económica ha exacerbado el desgaste y los problemas de toda índole, afectando a la resistencia de la civilización. A veces pequeños casos de la vida diaria sirven para estudiar la enfermedad que nos carcome.

  Evelyn Waugh, en su novela Noticia bomba (1938), decía que quienes escriben cartas a los periódicos suelen ser unos desequilibrados. Y más aún, habría que añadir, los que lo hacen a diarios gratuitos actualmente. En innumerables ocasiones, ante las cartas enviadas al diario 20 Minutos, no he sabido si llorar o reír. El otro día, una lectora se refería a Grecia. No todo allí era negativo, según ella, y pasaba a destacar la cantidad de servicios gratuitos disponibles, universidades, museos, transporte, etcétera. Ahí terminaba lo positivo de Grecia. Tal vez sea éste el espíritu progresista que se quiere apoderar de las conciencias, un espíritu perezoso, abúlico y abotargado que sólo desea facilidades y gratuidad, aun a costa de la libertad. Muy al contrario, hay que volver al mérito y al trabajo, y no pedir tanta sopa boba.

  Es posible que no supiese la encantada turista que quizá a esa excesiva sopa boba se deban los muy graves apuros de una Grecia encallada en los abismos. Problemas no derivados, por cierto, de la perfidia de los especuladores, sino del falseamiento de las cuentas públicas, del déficit, de la justificada poca confianza que debe de inspirar ese país a los inversores. Las revueltas populares griegas me producen mucha lástima. Los sindicalistas no queman a gente en aras de la disciplina fiscal y de un Gobierno que no manipule. No. Queman a gente para mantener privilegios, para que no bajen el sueldo a los funcionarios, indignos servidores públicos que no son capaces, pensando en el interés general, de hacer sacrificios ante el declive de su patria.

  Estando entre Escila –apretarse al máximo el cinturón— y Caribdis –la bancarrota–, mi elección sería clara, por muy dolorosa que fuese. Para los griegos, no tanto. Grecia, antaño cuna de la civilización occidental, es hoy un lugar poco recomendable: sólo hay que ver el despliegue de la bandera comunista en el Partenón. Merece, por ello, ser ocupada de nuevo por los diligentes paracaidistas alemanes, dicho sea en términos metafóricos.

  Y ha habido otra anécdota reciente que me ha sublevado. En Bélgica, un negro está intentando por todos los medios estigmatizar o prohibir la distribución de Tintín en el Congo (1931), de Hergé, una de mis aventuras favoritas. Que se pueda analizar críticamente su contenido es lícito, pero hablar de censura no. No entiendo por qué se acusa de racista a ese álbum y hay que echar cenizas sobre él. Es una obra de su tiempo y refleja la realidad de lo que era el Congo belga. Los negros que por allí campan no salen tan malparados. Es verdad que son algo ignorantes e incivilizados, y que hay brujos y supersticiones, pero también se muestra la maldad de algunos blancos. ¿Es que acaso no fue así? En Tintín en América (1932) se presenta unos Estados Unidos literalmente plagados de gángsters y de capitalistas sin escrúpulos. Sin embargo, nadie ha intentado vetarlo o etiquetarlo como un producto peligroso.

  Gracias a Tintín en el Congo, tras leerlo en mi infancia, descubrí que África únicamente me interesaba como un continente que explorar o colonizar. Sigo pensando lo mismo. No se puede cambiar el pasado. Y Europa debería enorgullecerse del suyo, de su tarea civilizadora. Los arrepentimientos y los exorcismos del pasado colonial no tienen sentido. Por supuesto, hubo abusos y errores, y eso hay que debatirlo y extraer conclusiones. Pero que ahora haya que sentir vergüenza por Tintín en el Congo, cuando lo que hacía Tintín era enseñar a los congoleños y fomentar su progreso, es una mala señal.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Tras el anuncio de la rebaja de la solvencia de España realizado por Standard & Poor’s, hay que empezar a preocuparse y dejar de tapar la realidad: el resultado inmediato será que la Deuda pública del Reino de España va a adquirirse a un interés más elevado, lo que aumenta los riesgos de volverla explosiva si no se produce un rápido crecimiento económico; aparte, los inversores, en general, van a desconfiar más.

  Así las cosas, el Gobierno socialista, en lugar de desacreditar al mensajero, debería atender mejor a los mercados e iniciar las reformas pertinentes, reformas que no se limitan a unos cuantos recortes superficiales. Mas hay demasiada frivolidad e incompetencia en el ambiente. No puede ser, en esta España de casi cinco millones de parados y un galopante déficit público, que el presidente del Gobierno esté desaparecido, que el infame Garzón siga ocupando portadas y que el tema de debate en el Senado sea cómo transformarlo en una Torre de Babel moderna.

  Buscando respuestas y alternativas en el exterior –o quizá tan sólo una dosis de consuelo–, he seguido la campaña electoral británica, pues en las islas, salvando las distancias, la situación es próxima a la de España Allí se celebran elecciones el jueves que viene. Mi preferencia, como es lógico, está con los conservadores y su líder, David Cameron, que a pesar de que se me antoja sumamente relamido y pringoso y de que su Partido Conservador ya no es lo que era, es un hombre solvente que sabrá cómo poner orden en su país.

  Gordon Brown ha sido víctima de demasiados errores, ocurrencias y del desgaste del laborismo tras trece largos años en el poder. La mala fortuna se ha cebado con él, y lo último ha sido el escándalo de la bigoted woman. El tercer y último debate televisado lo ganó Cameron, pero me niego a creer que Brown quedase en tercer lugar, ya que Nick Clegg no tenía ni idea de economía. El liberal-demócrata, tan alabado, es, para mí, un tipo extraño y disparatado, un extraterrestre.

  El turbio y tozudo Brown carece de cualquier atractivo ante las cámaras y no es un joven brillante y simpático. Probablemente, esté desfasado y merezca la derrota por su atormentada gestión. Con todo, se le pueden reconocer cualidades, como la de ser un trabajador infatigable o un buen conocedor de la economía de su país, lo que le diferencia del Zapatero que nos ha caído en suerte aquí.

  Mucho se ha hablado en Reino Unido de la mediocridad de sus candidatos o del desinterés por la política, pero es porque no conocen España. Allí pronto van a salir del bache en el que se encuentran. En España, seguimos asistiendo a nuestro naufragio.

Fdo. El Espantapájaros.

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