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Archive for 26 septiembre 2010

  Ha soltado José Bono, toda una autoridad del Estado, que, hasta 1978, sólo hubo en España 16 años de libertad. No es mi deseo hacer el recuento pertinente, sino reparar una afrenta. Bono ha omitido, a propósito y con mala intención, los años comprendidos entre 1874 y 1923, los brillantes años de la Restauración. Es menester hacer una valoración de esa época, a menudo menospreciada frente a aventuras más utópicas y de desdichado final. No había en aquel tiempo una libertad plena o una libertad en el marco de una democracia, pero no se le puede identificar como un período de represión o tiranía, ni siquiera como un período oscuro y ominoso, por lo que hace falta hablar más de él y destruir viejos tópicos. A mi entender, es un momento clave y muy sugerente en la Historia de España.

  Una buena forma de comenzar mi humilde defensa de la Restauración es citar unas palabras del insigne historiador Carlos Seco Serrano, extraídas de un trabajo ya antiguo y en torno a las cuales van a girar mis consideraciones: "La Restauración, el intento más afortunado de convivencia equilibrada que nos brinda nuestra época contemporánea, se resume, históricamente, en anverso y reverso. En su anverso hemos de anotar cuanto tuvo de superación constructiva, de cara a todos los desgarramientos de un siglo de guerras civiles; en su reverso, la escasa comprensión inicial para el nuevo ciclo revolucionario protagonizado por el ‘cuarto estado’, lo que a su vez implicaría el falseamiento de todas las instituciones democráticas".

  Cerca del último cuarto del siglo XIX, España arrastraba ya muchos vaivenes entre absolutistas y liberales, moderados y progresistas, enfrentamientos fratricidas, pronunciamientos, un cambio de dinastía y una república de pitorreo y caos… Con altura de miras y un proyecto sólido en mente, el malagueño Cánovas del Castillo supo hacerse cargo de tan lamentable situación y sentar las bases para el desarrollo de un período que se caracterizaría por una extraordinaria estabilidad política y una indudable prosperidad, que es justo lo que había escaseado en la España anterior.

  Comenzaba, pues, la Restauración, cuyo texto constitucional, de 1876, era pragmático y flexible, alejado de las denominadas constituciones de partidos, meros programas idealistas. Establecía la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes e incluía una lista de derechos y libertades, aunque la autoridad podía llegar a restringirlos con bastante facilidad. Los demás elementos concurrentes también auguraban el éxito. Con renuncias, cesiones e integración, se instauró un turno pacífico entre los dos grandes partidos, el Partido Conservador y el Partido Liberal. Alfonso XII, uno de los reyes más admirables que ha tenido España, cumplió escrupulosamente sus funciones constitucionales y sirvió fielmente a su pueblo hasta su prematura muerte. Tampoco hay que escatimar alabanzas para la austera y sacrificada Regente, María Cristina, todo un ejemplo de mujer recta y sensata. Y los militares ya no estaban a la cabeza de los partidos ni planeaban tomar el poder aprovechando cualquier crisis.

  Por todo ello, justo es concluir que se trataba de una España que no estaba tan mal y en la que se disfrutaba de un importante grado de libertad, para disgusto de José Bono y sus fuentes, si es que las tiene. Pero queda echar un vistazo al reverso de la Restauración, en palabras de Seco Serrano.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Uno de los descubrimientos que ha traído la crisis no ha sido, como anunció un filosófico Zapatero, que los que no trabajan en realidad trabajan, sino que los sindicatos –los dos sindicatos más representativos— no han estado a la altura de las circunstancias. Han fracasado como voz crítica con el Gobierno cuando éste yacía en la pasividad, han fracasado en la concertación social con los representantes de los empresarios y van a fracasar en su intentona de huelga general. Durante mucho tiempo estuvieron del lado del Gobierno y su tibia forma de encarar la difícil situación. Cuando el número de parados alcanzó cotas insospechadas y, en especial, cuando empezó la reducción drástica del gasto público, decidieron convocar una huelga general que, cuando menos, puede calificarse de desdichada.

  Las huelgas generales se hacen, como norma, con el fin de protestar contra la política de un Gobierno respecto a los trabajadores. Ahora mismo, sin embargo, la cosa está muy repartida: la huelga es contra el Gobierno, es contra la oposición y es contra los empresarios. Los propios sindicatos están exentos de todo atisbo de autocrítica.

  Ha de quedar claro que no hay por qué oponerse sistemáticamente a la huelga, ni siquiera a las huelgas generales. Después de todo, es un derecho fundamental que nadie discute, a pesar de que su regulación en España no sea la más completa. Esto dicho, la actual huelga es desacertada por varias razones. En primer lugar, no va a solucionar nada: si de verdad triunfa, su resultado serán graves pérdidas económicas por la paralización del país y el cuadro de una España inestable en el exterior. Y si influye en el Gobierno, hay que pararse a pensar en los siniestros objetivos y planteamientos de UGT y CCOO. Buscan presionar a Zapatero para que cancele los ajustes en marcha y poner fin a la reforma laboral, a la de las pensiones, etcétera. Es verdad que hay mucho que objetar a las medidas del Gobierno, pero los sindicatos pretenden que no se haga nada. Fuera de cuatro tópicos y consignas baratas, no tienen alternativa que presentar, y casi mejor así, a la vista de su carnavalesco análisis titulado Las mentiras de la crisis. Si tal es su visión de la realidad, sus recetas serán para echarse a temblar. Ojalá los trabajadores no los refrenden.

  Más que en defensa de los trabajadores, UGT y CCOO, a través de sus vergonzantes dirigentes, Cándido y Tocho, van a utilizar la huelga general como un enorme escudo que blinde sus subvenciones, sus privilegios y… sus liberados. Los recortes están llegando a todas partes, es tiempo de poda y los liberados sindicales –sobre los que no hay transparencia alguna— se sienten amenazados, empezando por Madrid, donde las intenciones de Esperanza Aguirre han escaldado a Cándido y sus secuaces.

  Lo que quieren los parados es trabajar. Lo que quieren los trabajadores es seguir trabajando, no a toda costa, pero sí sin la tutela de estos personajes que en su vida han dado un palo al agua. Apoyar a los sindicatos en esta huelga general es cometer un error, pues los únicos beneficiados van a ser Cándido y Tocho, tanto monta, cuyo temor a que se les acabe el chollo es tangible. "Ganarás el pan con el sudor del de enfrente" bien podría ser su divisa, en palabras de Pedro J. Ramírez, quien añade con ironía: "Pero siempre por el bien de los demás, por los derechos de los trabajadores, por el progreso de la clase obrera, por el fin de la opresión".

  El año pasado, tras una manifestación de liberados contra los empresarios, escribí: "Se me antoja que estos sindicatos desean formar un gigantesco ejército de mantenidos y desesperados a los que manipular con facilidad para que el Gobierno les otorgue más poder. Así no se defiende a los trabajadores". Efectivamente, esta suerte de ejército industrial de reserva invertido es lo que anhelan los sindicatos. Porque a estas alturas ya deberían saber que sin sacrificios y sin una reforma del mercado de trabajo que no sea nada con gaseosa aquí no se va a crear empleo en mucho tiempo.

  Acabo con dos apuntes prácticos para el día de la huelga. En todo caso, hay que respetar los servicios esenciales de la comunidad mediante los servicios mínimos que fije la autoridad competente. Que alguien saque a Cándido de su extraña confusión. Y, como tiene declarado el Tribunal Constitucional, se permiten los piquetes informativos pero no los coactivos, así que si alguien se ve agredido por ellos tiene en su mano recurrir a la legítima defensa.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Un buen día, Zapatero, con su habitual desprecio hacia las mujeres, decidió que para ganar en Madrid necesitaba una señora rubia y con salero, o sea, como Esperanza Aguirre, y sólo le vino a la mente el nombre Trinidad Jiménez. Craso error, propio de alguien que piensa que la Presidenta triunfa gracias exclusivamente a cierta dosis de populismo y desenvoltura y a que es una liberal impulsiva y directa. Por encima de su simpatía y naturalidad, Esperanza ha efectuado, con pico y pala, una extraordinaria gestión como Presidenta de la Comunidad de Madrid. Los siete años comprendidos entre 2003 y 2010 han sido años prodigiosos, de gran prosperidad para la región.

  Por consiguiente, que no espere Zapatero que con Trinidad Jiménez va a conquistar nada, ya que, aparte de lo mencionado, es una mujer de magro bagaje político. ¿Qué puede ofrecer? Sólo atraso y mediocridad socialista, como ya he apuntado. Y va a encontrarse con grandes dificultades si pretende convencer a los madrileños de que nos va mal con Esperanza Aguirre. Madrid es la región con más libertad económica y una de las primeras en cuanto a renta per cápita, no sólo en España, sino de la Unión Europea. Su tasa de paro es inferior a la media nacional y es una de las comunidades con menos endeudamiento público. Ciertamente, ha tenido un leve crecimiento en el último trimestre de 2009 –de la crisis no se salva nada ni nadie–, pero, aun así, superior a la media nacional. Ni que decir tiene que el mérito de estos magníficos datos no es atribuible únicamente al Gobierno regional. Sin embargo, Esperanza Aguirre ha desarrollado un marco muy favorable para los emprendedores mediante políticas liberales, lo que ayuda a que Madrid tenga un futuro prometedor, a diferencia de lo que sucede en una Cataluña que languidece entre prohibiciones, persecución lingüística, despilfarros de dinero público y exaltación nacionalista. Además, es obligado citar iniciativas dignas de elogio, como la construcción de hospitales con la colaboración de empresas privadas (no privatización de la sanidad pública, falsedad muy repetida por sindicatos y socialistas) o la inversión en colegios bilingües.

  Zapatero ha declarado que no se juega nada en Madrid, a pesar de que vive en la capital y es diputado por Madrid. Sus palabras suponen un paso más en sus constantes desaires respecto a la región. Como la propia Esperanza Aguirre ha recordado, no es que no haya invertido ni un euro en obra pública para Madrid, es que ni siquiera se ha dejado caer en actos de tanta relevancia como la celebración del 2 de mayo, el Día de la Constitución, acontecimientos deportivos, etcétera. Son hechos a tener en cuenta.

  Por lo demás, el PSOE insulta la inteligencia de los madrileños: gane las primarias Trinidad Jiménez o el de las patillas, no creo que haya ni una sola diferencia en su programa político, un programa destinado a buscar el atraso de Madrid, su regreso a épocas primitivas.

  Aún queda legislatura por delante y mucho por hacer. Esperanza Aguirre trabajará con responsabilidad y determinación hasta el final y, cuando llegue el momento, parece claro que los madrileños renovarán su confianza en su proyecto votando la lista del PP. No me preocupa que vaya a estar más de ocho años en el cargo porque mi previsión es que, si el PP gana las elecciones generales, Esperanza tendrá un merecido hueco en el Gobierno que forme Mariano Rajoy.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Japón destaca, como dije anteriormente, por su capacidad de adaptación y superación. Cuando fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, no quedó paralizado ni un momento por el trauma de la ocupación americana y el fin de su expansión imperialista. Al contrario, se acomodó a su nueva situación y supo abandonar el camino que había escogido para ocupar su lugar correspondiente en el mundo, explorando, del lado de la potencia vencedora, uno nuevo, el de la paz y el éxito económico, lo que dio lugar al milagro japonés.

  También en el Derecho se aprecia tal sabiduría. Nada de rarezas en esta materia: el Derecho japonés es un trasplante del Derecho europeo, fruto de un proceso realizado en el siglo XIX, siendo sus influencias básicas los ordenamientos jurídicos de Alemania y Francia. Japón posee una Constitución (1947) equiparable a la de cualquier país europeo avanzado. La Constitución japonesa declara que la soberanía reside en el pueblo, recoge una lista de derechos fundamentales y renuncia a la guerra en el famoso pasaje del artículo 9: "Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales". Un artículo muy ingenuo que quizá debería ser reformado.

  En definitiva, si Japón es un país nada atrasado que imita tanto lo occidental con muy buenos resultados, ¿por qué la pena de muerte concita tal aceptación? Aquí entran en juego otros factores y la respuesta sería que la cultura japonesa está dominada por la idea de que los individuos deben responder ante el mundo de sus actos, en el marco de una sana convivencia. En la obra El crisantemo y la espada (1946; publicada en España por Alianza Editorial, Madrid, 2006), que cité tres semanas atrás, la autora escribe: "El sentido de la responsabilidad personal tiene un significado más profundo en el Japón que en la libre Norteamérica". Y los japoneses atienden a un concepto más severo de la retribución, alejado de las acomplejadas tendencias europeas, lo que no es de extrañar en un país donde la venganza es algo absolutamente deseable para el ofendido.

  Aun así, he de hacer una advertencia. No creo que todas las culturas sean igualmente respetables. No soy relativista, con lo que sostengo que el mundo occidental está por encima: sigue vigente el imperialismo porque sigue vigente su piedra de toque. Pero el caso de Japón es distinto. Es uno de los nuestros. Los progresistas, con toda su hipocresía, pretenden cebarse a costa de que mantenga la pena capital. Si les explicas la necesaria la presencia de la OTAN en Afganistán para derrotar a los terroristas y civilizar ese bárbaro país, te dirán –verídico– que se fían más de los afganos tiradores de piedras, que vivían bajo la opresión de un régimen terrorista que no dejaba salir a las mujeres de casa, que de los invasores. Sin embargo, a Japón sí le critican en aras de su progreso de pacotilla.

  El primer ministro Naoto Kan (lástima que Yukio Hatoyama dimitiese, me gustaban sus camisas imposibles) declaró a la prensa española, con ocasión de la visita de Zapatero a su país, que el de la pena de muerte es un tema que "hay que estudiar con mucha cautela, contando con la opinión pública" y teniendo en cuenta "varias opiniones a nivel internacional y los crímenes atroces que hay". Esta respuesta tan cortés, típicamente japonesa, no compromete a nada. Honestamente, no veo posible la abolición en el corto plazo. El señor Kan tiene que ocupase de problemas más importantes, como bien sabe la opinión pública japonesa: el estancamiento económico y la inestabilidad política. La pena de muerte no está en la agenda.

Fdo. El Espantapájaros.

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