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Archive for 31 octubre 2010

  El 31 de octubre de 2045, al caer la noche, traspasé las puertas del Palacio de La Moncloa armado con una grabadora y una buena dosis de escepticismo. Cuando dejé atrás el control de seguridad, albergaba la impresión de que, en vez de trabajar, iba a asistir a un espectáculo de dudoso gusto.

  El vetusto palacio, convertido en museo desde hacía veinte años, me resultó tétrico, húmedo y recargado de mobiliario, adornos y vitrinas. Los antiguos presidentes del Gobierno me observaban desde sus oscuros retratos colgados en las paredes, y sentí que en aquel polvoriento lugar debía de morar más de un espíritu atormentado.

  Guiado por una encargada ya anciana y encorvada, atravesé las diferentes estancias del museo, recorrí los pasillos alfombrados y bajé unas escaleras hasta llegar a la lúgubre cripta subterránea donde me había citado con mis anfitriones. Era una habitación circular de paredes de yeso y suelo de mármol en la que destacaba poderosamente un elemento: una mesa de operaciones sobre la que descansaba una momia.

  Era la momia de María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del Gobierno y Ministra de la Presidencia entre 2004 y 2010, una de las mujeres más poderosas e influyentes de su época, mano derecha de José Luis Rodríguez Zapatero, una competente, eficaz e incansable servidora pública.

  No esperaba encontrarme tan pronto y tan directamente con la momia, por lo que, asustado y asqueado a partes iguales, desvié la mirada. Pero ya había visto lo suficiente. De la Vega tenía muy mal aspecto, un aspecto horripilante, cabría decir. Hallábase el huesudo rostro de la mujer chamuscado y demacrado, plagado de profundas arrugas y marcas oscuras. Sus labios eran muy finos, casi invisibles, y estaban surcados por líneas verticales: el conjunto se asemejaba a un código de barras que hubiese sido estampado sobre su boca. Unos quebradizos cabellos despeluchados y amarillentos le caían sobre la frente. Finalmente, tuve una visión de sus manos, cruzadas sobre el inexistente pecho y crispadas como garras, recubiertas de una tostada piel apergaminada. La esquelética y desagradable momia, por suerte, no estaba desnuda, sino vestida con uno de sus modelos preferidos en vida.

  Confieso que desde un principio me había tomado toda la historia como una broma o, a lo sumo, como la idea inofensiva de un orate. Pero después de mi encuentro con la momia, después de ver el espantajo sobre la mesa de operaciones, ya sólo tenía ganas de meterme debajo de la cama y de rezar para que no se apareciese en mis pesadillas, alargando hacia mi vulnerable cuello sus brazos largos y espeluznantes…

  Percibí en ese instante una presión en mi hombro y me di la vuelta como una centella, esperando encontrarme con lo peor.

  –Bienvenido, amigo mío –me saludó un hombre con facciones agradables, pelo canoso y ojos azules. Apartó su mano de mi hombro y me la ofreció para que se la estrechase. Ya le conocía. Era el doctor Gens, el promotor del experimento. Junto a él había otros dos hombres, serios y compungidos, ataviados con sendas batas blancas, que me saludaron con una leve inclinación de cabeza–. Espero que no se haya asustado –agregó el doctor, divertido–. Ustedes los periodistas son muy impresionables.

  Los tres eran unos eminentes científicos enviados expresamente desde la capital, Benidorm. El doctor Gens era catedrático de Filosofía Natural, al igual que otro de los presentes, el doctor Sierra. El tercer científico, el más joven de todos, era un prestigoso médico experto en las reanimaciones más extraordinarias, el doctor Salinas. Trabajaban en un proyecto de investigación financiado por el Ministerio de Salud e Higiene Pública.

  Suspiré, aliviado, ante la presencia tranquilizadora de los tres hombres de ciencia.

  –En absoluto, doctor, no he pasado ningún miedo –mentí sin sonrojarme, y luego señalé a la momia, sin mirarla–. Creía que las técnicas de embalsamiento habían mejorado desde al antiguo Egipto. Quien hizo este trabajo firmó ciertamente la mayor chapuza de su vida. ¡El cadáver está desompuesto!

  –Se equivoca de plano, señor –terció el doctor Sierra con voz susurrante y trasluciendo irritación–. Yo mismo la embalsamé hace más de veinte años, nada más morir, y le garantizo que está tal y como pasó a mejor vida. Incluso conserva sus órganos internos, lo que hará posible su… resurrección.

  –Bueno, hay que ponerse en marcha –resolvió el enérgico doctor Salinas, quien, velozmente y haciendo gala de un gran domnio de la situación, caminó hasta la mesa de operaciones y encendió una extraña máquina conectada a la momia mediante unos cables con pinzas–. Disculpe que no dedique más tiempo a las presentaciones, pero es tarde y el experimento debe comenzar. Su trabajo, según entendido, es documentar todo lo que suceda para un reportaje y, si es posible, hacer la entrevista del siglo. Le pido que tenga los ojos muy abiertos y no intervenga en la fase de reanimación.

  –No hay de qué preocuparse, señores –les aseguré–: no les molestaré lo más mínimo.

  El doctor Gens, que era sin lugar a dudas el más disparatado de los tres científicos, me guiñó un ojo y, acto seguido, se unió a sus compañeros.

  Estuvieron un rato ocupados en no sé qué preparativos. Alejado de la mesa, no sabía qué hacer y me limitaba a examinar el techo y dar pequeños paseos. Por fin, el doctor Salinas, excitado por la marcha del experimento, tuvo a bien darme algo de información:

  –Nos ha costado mucho obtener la autorización del Gobierno de Benidorm, pero esto va a ser un éxito, un hito científico de inconmensurable magnitud –anunció, apretando más botones de la máquina y analizando unas pantallas llenas de datos que me eran incomprensibles–. No se preocupe por los detalles técnicos. Básicamente, vamos a aplicar galvanismo a esta momia junto a una dosis de un compuesto secreto que yo mismo he concebido.

  Habían cerrado las puertas de la habitación, que carecía de ventanas. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si resucitaban a un cadáver con el cerebro fundido o con ansias de venganza? Ya no dudaba tanto como antes de las posibilidades del experimento, pues el cerebro humano es fácilmente sugestionable cuando contempla a una momia en tales circunstancias. Me eché hacia atrás hasta dar con mi espalda en la pared. Sin previo aviso, el doctor Gens bajó una palanca de la máquina y la corriente eléctrica fluyó hacia el cuerpo inanimado de De la Vega.

  La máquina vibró y se quejó. Saltaron chispas. La luz, debido a la intensidad de la corriente, empezó a titilar. Y olía, o mejor dicho, apestaba a quemado. Finalmente, el doctor Salinas clavó una larga aguja donde debía estar el corazón de la momia.

  Nada ocurrió. La momia seguía sobre la mesa de operaciones, tan muerta como antes. Los tres doctores estaban visiblemente decepcionados y pronto se enzarzaron en una violenta discusión. Todo había acabado. En tanto solucionaban sus disputas, volví a acercarme con curiosidad a la mesa de operaciones, y miré directamente a los ojos cerrados de aquella mujer enjuta y severa. Súbitamente, retrocedí con espanto.

  La momia había abierto los ojos.

  –Doctores…, doctores, deberían ver… esto –balbuceé. La momia se había levantado y tenía un gesto torcido sumamente inquietante.

  Los tres científicos me miraron primero a mí como reprochándome que interrumpiera su debate. Después, con una mezcla de incredulidad y expectación, a De la Vega, que, desprendiendo volutas de humo, tambaléandose y tratando de mantener el equilibrio, les apuntó con un dedo seco y quemado.

  –Creo que me deben una explicación –gruñó, sumamente enojada.

  Diez minutos después, pasado el susto inicial, pude dar comienzo a mi entrevista con los tres doctores –aún mortalmente pálidos y enormenente alterados– vigilando cada uno de los movimientos de la momia. Habíamos decidido trasladarnos a una salón más acogedor y apropiado para una conversación. Allí, sentado frente a De la Vega en un mullido sillón, con té y pastas en la mesa que nos separaba, me forcé a superar mis temores y afrontar la entrevista con normalidad. A mis espaldas, los tres doctores, de pie, no perdían detalle de nada. Cada poco, se daban al cuchicheo:

  –Ha funcionado su teoría sobre el galvanismo aplicado a tejidos muertos –comentaba el doctor Salinas al doctor Gens.

  –Pero parte del mérito está en el suero elaborado por el doctor Salinas –recordaba el doctor Sierra.

  –Y a su magistral momificación de la señora, doctor Sierra –remataba el doctor Gens.

  Les pedí silencio, pues ya tendrían tiempo de hablar de su éxito y de estudiar el objeto de su experimento, y volví a dominar mis temores para que no se convirtieran en temblores que me delataran como un pésimo entrevistador. No sólo estaba impresionado por la perspectiva de entrevistar a un ser arrancado a las garras de la muerte, sino también por la propia figura de De la Vega, que, altiva y displicente, aguardaba mis preguntas.

  –Bueno, ¿cómo se siente, señora? –dije tras encender la grabadora.

  De la Vega, ignorándome, se empezó a sacudir el polvo de su chaqueta rosada y sólo cuando terminó la operación de limpieza se dignó a mirarme con aire despectivo y responder:

  –Francamente mal. No sé yo si esto es muy natural… –Tomó su taza de té y la acercó a sus labios con código de barras–. Doctores, ¿cómo es que les permiten hacer semejantes experimentos con damas ya muertas y enterradas?

  Tras un largo silencio, y empujado por los otros dos, el doctor Gens explicó:

  –Los comienzos del siglo XXI fueron muy, ejem, mojigatos y limitados en este tipo de cuestiones. Había mucha ética de por medio, mucha legislación restrictiva… Así pues, fue necesario volver al espíritu del siglo XIX y principios del siglo XX, épocas donde la ciencia podía ponerse al nivel de las más complicadas fantasías.–El doctor trató de componer una sonrisa–. Y el caso es que hemos avanzado mucho, como puede usted comprobar…

  De la Vega cruzó las piernas, enfundadas en un pantalón de seda, y volvió a centrar en mí su atención. Parecía que en cualquier momento se le fuese a desprender el dedo con el que sujetaba la taza de té.

  –¿Y qué tiene que preguntarme que es tan jodidamente importante como para despertarme del sueño eterno de los mortales? –me espetó, escupiendo las palabras. Poseía una voz no ya de vieja pelleja, sino de ultratumba.

  Nervioso, me froté las manos y bebí algo de té para ganar tiempo. La cinta de la grabadora corriendo era lo único que se escuchaba.

  –No todos los días, señora, se tiene la oportunidad de entrevistar a una política de su talla, con su relevancia y experiencia –dije al fin, con ánimo adulador–. Por eso fui invitado a participar en este experimento, para recoger su testimonio de primera mano sobre unos años determinantes que hoy se estudian a fondo en los libros de texto. Esta entrevista será su primer paso en el retorno a la vida pública. Un retorno por todo lo alto, se lo aseguro. Si quiere, puede hacer un resumen de cómo fueron sus años en el Gobierno.

  Ahora De la Vega parecía mas cómoda, en su salsa. Unió ambas manos formando una especie de triángulo místico. Como había estudiado al personaje y repasado docenas de vídeos, conocía bien ese gesto: De la Vega se disponía a soltar un discurso tan extenso como carente de contenido.

  –Fueron años de igualdad, prosperidad, política social, derechos civiles, avances democráticos, servicio público, atención al ciudadano –enumeró la momia con facilidad, y se disponía a seguir cuando tuve el atrevimiento de interrumpirla, no sin cierto temor a ser reprimido.

  –Perdón, ¿sería tan amable de concretar más?

  De la Vega me fulminó con sus ojos inyectados en sangre y ojerosos. No obstante, no manifestó furia alguna y, adoptando un tono pedagógico y tranquilo, continuó hablando:

  –Estuve siempre al lado del Presidente. Participé en la elaboración de importantes leyes. Me ocupé de ser la voz del Gobierno incluso en los momentos más difíciles. Realicé giras internacionales en favor de la justicia social y el desarrollo de los países pobres. Por tanto, no lo hice nada mal, nada mal… Sí, la verdad es que fui la leche en polvo. Modestia aparte, claro está.

  –Dicen que era usted, recordando a Golda Meir, el único hombre del Gabinete Zapatero. ¿Es una afirmación exacta? –pregunté, ya más animado.

  La momia se echó a reír. Era una risa parsimoniosa, retorcida, estridente.

  –Por supuesto que era el único hombre –convino, tomando una pasta del plato que mordisqueó con delectación–. Usted afirma interesarse por mi época… ¿No vio a ese tal Moratinos llorar como una mujer por lo que no supo defender como un hombre? ¿Y ha reparado en los demás miembros masculinos del Gobierno? Unos invertidos a mi lado. Ahora bien, las mujeres eran tontas, tontas de remate. La señorita Trini, Aída o como se llamase, una alienígena con nombre de pasillo… ¡No sabe lo que tuve que aguantar!

  Me estaban gustando sus respuestas y, desde luego, a la antigua vicepresidenta del Gobierno los años en la tumba le habían sentado bien y volvía a la carga plena de energías. Decidí tocar un tema sensible.

  –Era usted la que daba la cara, la que lidiaba con los periodistas, la que se batía el cobre en el Parlamento en las sesiones de control… Tengo entendido que gracias a su autoridad, a su seriedad y a su impresionante capacidad de trabajo era usted la más valorada del Gobierno por la opinión pública. Y, a pesar de todo, Zapatero prescindió de usted en la famosa crisis de Gobierno de finales de 2010.

  La única lámpara que había en la habitación amenazó con fundirse. Algo de electricidad acumulada en De la Vega parecía estar perturbando el ambiente. Recordar el cese y los malos momentos asociados a él era duro para la momia y debía de estar enfureciéndose. No obstante, se impuso su voluntad y habló como antes, con el mismo tono frío de profesora de estricto internado británico:

  –Así fue. Reconozco que estaba quemada, desgastada, sin ideas… Los tiempos de la crisis económica fueron extraordinariamente difíciles. Se hablaba de austeridad, de gasto social, de salida justa de la crisis, pero nada convencía a los ciudadanos. Y la oposición nos golpeaba con eso. Pero podría haber resistido hasta el final, hasta 2012, y haberme hundido con el Presidente.–Una sombra cruzó su rostro arrugado y reseco–. Él prefirió a Salgado y me despreció a mí. Esa señora, por decirlo suavemente, no sabía una palabra de economía, como yo, pero el Presidente la dejó ahí porque hacía bien su papel de florero. Si hubiese puesto a alguien solvente en el Ministerio de Economía y Hacienda, a lo mejor le habría propuesto tomar medidas más decisivas y audaces en materia económica… Claro, no era ésa la prioridad, sino preparse para las elecciones y dejar de lado los impopulares recortes. Por tanto, fui sacrificada para contentar al PSOE más militante y dejar paso a Rubalcaba.

  –He leído que usted podría haberse quedado sólo con haber amenazado a Zapatero con darle problemas.

  –Sí, es cierto –admitió De la Vega, esbozando una sonrisa maliciosa y pícara–. Un buen día el Presidente, tras haber asegurado por activa y por pasiva que sólo cambiaría al Ministro del Trabajo, esa agonía andante, entró en mi despacho y, como poseído por Rubalcaba, me anunció que iba a cesarme y que los problemas del PSOE los tenían que solucionar los hombres. Le respondí que para hombre yo, y que los tenía bien puestos. Entonces él dudó. Dio un paso atrás. Ni él ni Rubalcaba hubiesen podido conmigo. Sin embargo, yo estaba cansada, física y espiritualmente, y muy harta del PSOE, así que al final le dije al Presidente que abandonaría el Gobierno sin dar problemas con mi salida, de forma mansa y obediente.

  Llamaron a la puerta. Era la encargada del museo, que pidió hablar con uno de los doctores. Salió el doctor Gens y, aunque los otros dos científicos intercambiaron algunas palabras, yo retomé el hilo de la entrevista.

  –Según mis investigaciones, muchos pensaban que usted albergaría algo de resentimiento hacia Zapatero y que en sus memorias le lanzaría algún dardo o le cuestionaría de alguna forma. Aun así, en su libro Esencias de mujer, publicado en 2012, no hubo nada de eso. Es más, abundaron los parabienes dedicados a Zapatero, ya caído en desgracia tras la victoria de Gallardón en las elecciones.

  La momia asintió con la cabeza y cerró los ojos para recordar mejor. Cuando respondió, lo hizo con un deje de nostalgia en su voz aunque manteniendo el rigor de su exposición.

  –No quería levantar demasiada polémica. Siempre me he considerado una mujer leal y agradecida. Después de todo, fue Zapatero el que confió en mí para un cargo vital y gracias a él pude realizarme como nunca antes y ponerme al servicio de los ciudadanos. Por tanto, no me pareció correcto expresar mis reticencias sobre su política o sobre mi abrupto cese. Tenga en cuenta que en aquellos años ya estaba de retirada. No quería volver a la política activa por medio de críticas al Gobierno en el que había participado. En vez de ir al Consejo de Estado a hablar con tanto carcamal, prefería quedarme en casa, tumbada en el sofá, viendo el programa de la Campos o el de Ana Rosa los días de diario. Y por la tarde, Sálvame. Qué maravilla. ¿Siguen emitiendo cosas así? De hecho, protagonicé una edición de Sálvame junto con Carmen Lomana –prosiguió De la Vega con menos frialdad–: se trataba de un duelo que ganaría la que tuviese más fondo de armario. Alguna vez hay que desmelenarse en la vida y me harté del papel que me habían endosado de feminista intolerante y jurista seria y preparada. No quería acabar como esa gorda de Cristina Almeida. Yo siempre he conservado un físico estupendo y he cultivado mi elegancia a través de la ropa y el maquillaje. Si me mantuve soltera, sepa usted que no fue por falta de pretendientes, sino por mi selectivo criterio.

  La entrevista, para mi desgracia, tuvo que cortarse ahí, en el mejor momento. Nada más pronunciar De la Vega esas últimas palabras, que anunciaban más sorprendentes revelaciones, el doctor Gens interrumpió en la habitación acompañado por dos guardias de seguridad armados con fusiles. No había perdido la calma. El Palacio de La Moncloa estaba rodeado por una peligrosa secta y la vida de todos los que estaban en su interior corría un serio peligro. Los doctores Sierra y Salinas comenzaron a corretear de un lado a otro de la habitación, totalmente acobardados.

  –¿Qué secta? –quiso saber De la Vega, que, lejos de mostrarse muy alarmada, siguió bebiendo té–. Por cierto, ¿en qué clase de país vivimos? ¿Cómo se atreven a asediar La Moncloa? ¿Sigue siendo España una monarquía parlamentaria?

  Como no había tiempo que perder, me lancé a explicarle a la momia el estado de las cosas en España.

  –España es un matriarcado que consiste en que sólo las mujeres pueden votar. El presidente del Gobierno es Fernando Sánchez Dragó.–De la Vega arqueó las cejas, escandalizada, y puso los ojos en blanco–. No se ponga así, por favor, las mujeres le quisieron a él, a un auténtico macho cabrío… Y sí, es muy viejo. Resulta que descubrió de veras el elixir de la eterna juventud. En cuanto a la secta, es una banda terrorista de extrema izquierda que parece salida de un convento y que pretende eliminar a todo aquel que supuestamente desprecie a las mujeres o que, en general, se salga de los estrechos márgenes del pensamiento único que defienden. Son extremadamente moralistas y pacatos, hasta el punto de que, a pesar de ser todos hombres, siempre se refieren a ellos utilizando el masculino y el femenino. También queman libros de autores indeseables para ellos y cosas así.

  –Supongo que quieren destruir el retrato de Esperanza Aguirre al desnudo que hay aquí –sugirió el doctor Gens. Y, dada la sorpresa de De la Vega, añadió –: No la soportaron en vida y no soportan su retrato… Al parecer, lo encargó Gallardón en secreto. Ya se sabe lo que cuentan de las relaciones de amor y odio.

  De la Vega, por vez primera, estaba conmocionada por el alud de novedades, pero acertó a ponerse en pie. Sus movimientos era aún bastante robóticos, pero estaba seguro de que podría luchar.

  Según los guardias, los activistas de la secta pronto conseguirían saltar los muros del complejo. La policía iba a tardar en llegar, ya que Madrid, desposeída de su condición de capital, se había convertido en la cocina del infierno de España.

  –Muy bien. Estoy asimilando todo esto –dijo la momia–. ¿Quién lidera la secta?

  –El padre Escolar –contesté.

  –¿El padre de Escolar?

  –No, el padre Escolar –repetí, hablando más alto–. En su juventud ya parecía un viejo debido a su ideología progresista y trasnochada, y se acostumbró tanto a dar sermones que al final se los creyó y ahora va por el mundo asegurando que es un fraile y quemando a quienes ponen anuncios de prostitutas en los periódicos o disfrutan de sexo consentido con menores de edad. Ese hombre está absolutamente loco y desea imponer su moral de todo a cien a España entera.

  –¡No hay más tiempo que perder! –exclamó entonces el doctor Gens, que ya había logrado tranquilizar a sus dos colegas–. Debemos armarnos. La encargada me ha dicho que todavía conservan los tres revólveres que Gallardón siempre tenía a mano durante su presidencia por si acaso se le aparecía el espíritu vengativo de Rajoy, el hombre a quien traicionó. Creo que podríamos aprovecharlos. Hay cuatro guardias y todos ellos llevan fusiles. En cambio, los activistas de la secta suelen ir armados con palos y piedras porque están en contra de las armas de fuego.

  Ya se podía oír el griterío de la fanática turba. Pero antes de preparar la defensa, debía aclarar una última cosa. Me dirigí a De la Vega.

  –Señora, esa secta es a día de hoy la mayor lacra que sufre España. Sin ella, todos podríamos disfrutar más de la libertad y de la prosperidad económica de este tiempo. Pero ellos son la izquierda actual y, como conocedor de su biografía, me veo obligado a preguntar qué va a hacer usted. Puede unirse a nosotros y, en consecuencia, defender el interés general de España; o, por el contrario, unirse a sus filas y volver a la inquisición y el totalitarismo.

  No tardó en responder ni un segundo.

–No doy un duro por ese retrato de Esperanza Aguirre –graznó, meneando la cabeza–, pero prefiero el matriarcado de Sánchez Dragó antes que ser gobernada por ese cura laico llamado Escolar. Así que elijo lo primero. Ya me ocuparé de fundar una nueva izquierda más compatible con los tiempos que corren.

  Tomamos, pues, las armas disponibles y fuimos hacia la entrada principal a recibir a tiro limpio a los activistas de la secta, que a voz en grito demandaban la entrega del cuadro para su inmediata quema. Escuché la voz de Escolar entonando La Internacional, e imaginé que iría vestido con su ridículo hábito negro.

  Con notable habilidad, De la Vega empuñó su revólver, apuntó a la puerta y apretó el gatillo. La primera bala atravesó la madera y se incrustó en el cráneo de uno de los activistas.

  –Bien, vamos a patear traseros –proclamó, encantada–. ¡Es lo que mejor se me da!

  Y todos comenzamos a disparar a fin de hacer retroceder a las huestes reaccionarias a sus putrefactas cavernas.

De nuevo, mis disculpas a Edgar Allan Poe y, además, a mi ídolo John Carpenter. Quería homenajear a De la Vega y se me ha ido la cabeza. Feliz noche de Halloween.

Fdo. El Espantapájaros.

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  Mucho ha dado que hablar la última crisis de Gobierno. Demasiado, sin duda, para tan poca sustancia. Y sí, no voy a ser menos y voy a hablar de ella, aunque mi comentario será reducido toda vez que, en este momento, importa bien poco –en términos de arreglar los problemas que acucian– el cambio de Gobierno, con sus salidas y entradas documentadas ad nauseam por los periodistas. El nuevo Gobierno ha sido formado, de acuerdo con el propio Zapatero, sobre la base de dos criterios: que sea capaz de soltar mucha propaganda; y que valga para hacer oposición a la oposición. Nada gestión eficaz o especialistas en materia económica: el Presidente cree o quiere hacer creer que lo peor ya ha pasado y que toca centrarse en las elecciones y resistir hasta entonces. Es el principio del fin de la legislatura y, a partir de este punto, lo que resta es una larga campaña demagógica en la que el Gobierno sólo va a incluir en su agenda intereses partidistas.

  La jugada de la crisis de Gobierno, respecto a los tiempos, ha sido una cortina de humo destinada a impedir que se atienda demasiado al debate presupuestario, a las escandalosas cesiones de Zapatero a los nacionalistas para mantenerse en el poder y a unos Presupuestos Generales del Estado que contienen unas previsiones de crecimiento de la economía y de ingresos públicos no ya optimistas, sino harto increíbles. El resto poco interesa. Las políticas no van a cambiar. Zapatero es muy presidencialista y no deja libertad a sus ministros, que han quedado reducidos a ser meros portavoces y escudos. El Consejo de Ministros es un órgano colegiado y, teóricamente, un ministro con ideas propias e iniciativa puede emprender grandes proyectos y despuntar, pero de un tiempo a esta parte el presidente del Gobierno ha reunido todo el protagonismo para sí. Véase, por ejemplo, el caso de la Ministra de Economía y Hacienda.

  Lo único que merece mayor glosa es la pirueta de la señorita Trini. En una nueva e impresionante semejanza con Obama, ha sido nombrada por Zapatero Ministra de Exteriores la candidata que en las primarias de Madrid fue derrotada por el Obama de Parla, un tipo que antes lucía patillas de bandolero y ahora se la has recortado.

  Lo cierto e indudable es que el PP aventaja al PSOE en las encuestas. Pero sería un error de Mariano Rajoy echarse la siesta. Por un lado, debe de haber bastante voto sumergido del PSOE. Por otro, distancias más grandes se han acortado y, conforme se aproximen las elecciones generales, saldrán a la palestra sindicatos, titiriteros y otros mantenidos del socialismo a advertir del peligro de que gobierne la derecha. Dirán que es mejor que siga el PSOE, porque no hay que olvidar la invasión de Iraq, el Prestige, la perfidia de Aznar, etcétera. Huelga decir que el PSOE va a defender sus posiciones con todo lo que tenga a mano, sin remilgos ni complejos, y va a erigir el espantajo de una derecha anticuada, antidemocrática y apocalíptica. Rajoy debe ir preparándose para ello, aunque experiencia no le falta.

  Animados por el cambio de Gobierno y espoleados por Zapatero a explicarse mejor, los socialistas han pasado a la carga. José Blanco ya ha manifestado que el PP va a lomos de la crisis hacia La Moncloa (como si hubiese algo de malo en ello) y que se les ve "el plumero, aunque a Mariano Rajoy no es difícil". Los socialistas saben bien que Mariano tiene mucha pluma, que es un "mariposón", en palabras de Alfonso Guerra, y hay que destacarlo y ridiculizarlo. Y como ellos son de izquierdas y Rajoy no tiene unos voluptuosos morros ni se llama Pajín, no es de esperar que nadie pida la dimisión de Blanco, le retire el saludo o le acuse de homófobo.

Fdp. El Espantapájaros.

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  En España se tiende a hacer realidad el dicho de que los árboles no dejan ver el bosque. El gran tema de conversación de esta semana ha sido, en consecuencia, el de los abucheos a Zapatero y el Día de la Hispanidad. Esta vez fueron de mayor intensidad que otros años y han levantado una fuerte polémica. Por de pronto, hay formas más educadas e incluso efectivas de expresar discrepancia y, qué duda cabe, fue una hiriente falta de respeto que los abucheos siguieran escuchándose durante el homenaje a los caídos por España, instante solemne donde los haya. Hay que tener en cuenta, en descargo de los manifestantes, que el intento de alejar a las autoridades del público y la supresión de las pantallas habrían impedido que supieran cuándo abroncar al Presidente.

  En cualquier caso, el ruido y la furia ocultan el fondo de la cuestión. En primer lugar, se ha centrado el debate en la pitada en sí en lugar de en las causas de la misma, que es lo que debería interesar a los gobernantes, procurar entender a la opinión pública. Cunde el descontento entre la ciudadanía y hay un creciente malestar debido a la pésima gestión de la situación económica y a la mediocridad de la clase política en general. Con millones y millones de parados, con un Gobierno impopular, desacreditado e ineficaz, etcétera, es inevitable que se produzcan desahogos de esta clase, muestras del hartazgo del pueblo. Por ello, no creo que la extrema derecha estuviera detrás de (todos) los abucheos. Y es asombroso que algunos políticos y analistas hayan dictaminado con afán inquisitorial que hubo grupos organizados. ¿Y qué si lo estaban? Aún no es un delito organizarse para pedir la dimisión de Zapatero y hacerle pasar un rato de sonrojo. Por lo demás, condeno sin paliativos los insultos y las groserías de los más exaltados, sobre todo en un día que debiera caracterizarse por la unidad y el orgullo por España.

  En segundo lugar, los políticos, en democracia, han de saber que va en el cargo tener que soportar estos malos ratos de vez en cuando. Es algo asumido y no hay por qué escandalizarse tanto. Zapatero ya no puede esperar que le aplaudan las masas.

  Preocupada por el bienestar de su amo, Chacón se ha sacado de la manga del smoking la idea de un "protocolo" para evitar que se repitan tan estruendosos abucheos. El Gobierno siempre obsesionado con prohibir. Es repugnante que el Gobierno y el PSOE hayan intentado sacar partido del escándalo, presentando a Zapatero como una víctima de los crueles radicales. Muchos otros políticos han sufrido cosas peores que un abucheo: en Cataluña, hasta intentos de agresión. En tales ocasiones, el Gobierno siempre adoptó una postura más bien tibia. Hace nada ha habido aquí una huelga general en la que muchos trabajadores, por el mero hecho de ejercer su derecho al trabajo, aguantaron insultos, coacciones y ataques por parte de los piquetes. El Gobierno se limitó a alabar la "responsabilidad" de los sindicatos. Y el propio PSOE, en la jornada de reflexión previa a las elecciones de 2004, no tuvo reparo, mediante mensajes de teléfono móvil, en convocar a sus huestes a cercar las sedes del PP, buscando la intimidación, el acorralamiento del contrario.

  Por lo tanto, ni los progresistas pueden pretender dar lecciones en esta materia, a no ser que se refieran a cómo reventar actos, ni el Gobierno debe coartar la libertad de expresión de los ciudadanos, que es absolutamente fundamental en una democracia. Al fin y al cabo, se trata de la fiesta nacional. Hay que rechazar protocolos que la desbraven. Ello evoca el "celo indiscreto de no pocos jueces" que, según Jovellanos, en su Memoria sobre espectáculos y diversiones públicas (1790), les hacía ver que "la suma del buen orden consiste en que sus moradores [de los pueblos] se estremezcan a la voz de la justicia y en que nadie se atreva a moverse ni cespitar al oír su nombre. En consecuencia, cualquiera bulla, cualquiera gresca o algazara recibe el nombre de asonada y alboroto".

Fdo. El Espantapájaros.

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  Nada más alejado de mi credo político que el extravagante comunismo del recientemente fallecido José Saramago. Ello no obstó a que admirase y disfrutase su extensa producción literaria, en especial tres novelas: El Evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995) y Ensayo sobre la lucidez (2004). Ahora ha entrado en mi casa una de sus primeras obras, Levantado del suelo (1980), y, hojeándola, me ha inquietado sobremanera la cita que el autor incluye al principio: "Y yo pregunto a los economistas políticos, a los moralistas, si han calculado el número de individuos que es necesario condenar a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico". La frase es de Almeida Garret, escritor portugués del siglo XIX. Y la respuesta la aventuro ya mismo: ninguno. Aparte de la errada duda, lo demás es resentimiento, adornos literarios y falacia.

  La cita –y la intención de Saramago al destacarla– ilustra a la perfección una herencia, una marca del catolicismo –luego asumida por la izquierda marxista y actualmente soslayada por la izquierda exquisita– en el mundo occidental: el odio al rico, un sospechoso habitual. Se tiende a describir al rico como un malvado o como un explotador, y se exige que se le grave con impuestos más altos o que se aprueben regulaciones contra la especulación, que es una forma de enriquecerse. Todo ello, a mi juicio, es natural, un producto de la envidia y de la necesidad que tiene todo hombre de descargar en otro sus carencias y limitaciones o de rebajar los méritos ajenos para hacer soportables los propios fracasos. Así, muchos insinuarán que algo malo habrán hecho los ricos para serlo y que los grandes patrimonios son negativos. He aquí un error garrafal que hay que enmendar cuanto antes.

  Hace tres años, Octopusmagnificens, al que nunca me cansaré de alabar, recogía en su bitácora las opiniones del socialista Hubert Védrine acerca del temor de los franceses a la globalización, que se apoyaba en varias causas: "Las tendencias católicas y marxistas hacia la igualdad, hacia el igualitarismo y el odio al enriquecimiento, así como la repugnancia moral hacia la economía de mercado y su motor: el beneficio". Pues bien, no es razonable mantener esos temores y resentimientos. Para responder a Almeida Garret no hace falta buscar demasiado. Adam Smith ya argumentó, con razón, que la búsqueda del beneficio individual –que es el primer paso hacia la riqueza— conlleva el beneficio de la sociedad. Lo explicó en La riqueza de las naciones (1776): "Al orientar esa actividad de modo que produzca un valor máximo, él [el individuo] busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos", toda vez que en la persecución de su propio interés "fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo", siendo todo ello regulado por la ley de la oferta y la demanda que rige en un mercado libre.

  Salvando las distancias, Gordon Gekko, el tiburón de las finanzas de Wall Street (1987), manifestó semejante certeza en su famoso alegato: "La cuestión, señoras y señores, es que la codicia –a falta de una palabra mejor– es buena. La codicia está bien. La codicia funciona. La codicia se abre camino, aclara y captura la esencia del espíritu revolucionario. La codicia en todas sus formas: por vivir, por dinero, por amor, por conocimiento… La codicia ha impulsado el progreso de la humanidad".

  Una imagen simple puede ayudar a comprenderlo. Un solo rico y veinte pobres a su alrededor. Sin rico, es insostenible pensar que su riqueza estaría distribuida entre los veinte pobres. Sencillamente, no se habría producido y lo más probable es que hubiera más pobres o que los veinte iniciales lo fuesen aún más. Pues son los emprendedores los que, arriesgando su capital y luchando por el éxito, generan actividad económica y empleos. Y los que, eventualmente, acumulan una fortuna. No se les debe condenar por pura envidia. El creador de Facebook tuvo una idea, aportó el dinero junto con otros y triunfó. Gracias a ese triunfo, no sólo ha fundado una próspera empresa, sino que han surgido otras al calor del éxito de las redes sociales (por ejemplo, empresas que se ocupan de borrar las huellas de una persona en Internet, sobre todo en las redes sociales). La misma peripecia de Mark Zuckerberg ha dado lugar a una película, con todo el trabajo y el movimiento de dinero que eso supone. Película que, a su vez, inspirará a otros a seguir sus pasos, aunque tengan que ganarse unos cuantos enemigos en el proceso.

  Distinto es el rico que lo es por herencia o porque le ha tocado la lotería, si bien las ventajas son, de igual modo, innegables. Lo normal será que tenga necesidades, necesidades caras, que gaste dinero a espuertas, que consuma… Se me dirá que hay millonarios como el Tío Gilito, que lo guardan todo en el banco y viven con lo justo. Mejor aún. Ahorro es igual a inversión. ¿Qué sería de la salud del sistema financiero si los bancos no dispusieran de dinero ahorrado por los particulares puesto a disposición, en forma de créditos, de las empresas que desean invertir en un determinado proyecto? Nunca despreciaré los sabios consejos del director del banco que aparece en Mary Poppins (1964): "If you invest your tuppence wisely in the bank, safe and sound, soon that tuppence, safely invested in the bank, will compound! And you’ll achieve that sense of conquest, as your affluence expands! In the hands of the directors, who invest as propriety demands!".

  Moralmente, no creo que sea reprochable querer ganar dinero y amasar una fortuna, siempre y cuando se haga honrada y legalmente. De la misma opinión es Margaret Thatcher: "The accumulation of wealth is a process which is of itself morally neutral. True, as Christianity teaches, riches bring temptations. But then so does poverty" (Statecraft, HarperCollins, 2002). Desde una perspectiva moral, lo cuestionable será lo que se haga con el dinero. Y la verdad es que, fuera de la ficción, no conozco a muchos ricos que se dediquen a tratar de dominar el mundo o a esclavizar a la raza humana. Esas actividades son más características del Estado, sin duda. No pocos millonarios participan en instituciones benéficas o ejercen el mecenazgo. Asimismo, tributan –y mucho– al fisco, lo que significa una sustanciosa contribución al sostenimiento de los gastos públicos.

  Con todo, no soy ingenuo y no voy a pasar de la defensa razonada al panegírico. Puede que Almeida Garret se refiriese a casos concretos, a casos poco ejemplares. Ahí sí encaja su crítica. Es obvio que habrá grandes fortunas construidas sobre los cimientos de la corrupción, de la estafa, de la competencia desleal… Entiendo, sin embargo, que esos casos serán la excepción. Por lo tanto, hay que desterrar de una vez por todas la opinión peyorativa sobre los ricos y, en general, sobre los que desean maximizar su beneficio. Si se hace respetando las reglas del libre mercado y dentro de las leyes, no saldrá perjudicado el conjunto de la sociedad, sino todo lo contrario.

  La alternativa es un país sin ricos (pero con privilegiados más iguales que los demás), un país socialista o, como diría Tony Blair, un sistema de Estado omnipotente en el cual, según enseña la experiencia histórica, la cruda realidad es que en vez de distribuirse la riqueza, se distribuye la pobreza; y en vez de haber igualdad de oportunidades, se impone un igualitarismo opresivo.

Fdo. El Espantapájaros.

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  A la hora de examinar las sombras y fallos de la Restauración, es inevitable reconocer que el sistema bipartidista y pacífico soñado por Cánovas sobrevivía gracias al fraude electoral y al caciquismo. Pero huelga decir que dichas prácticas no eran patrimonio exclusivo de España ni fueron inventadas por Cánovas. En 1890, Sagasta trajo el sufragio universal y Cánovas argumentó que el país aún no estaba preparado, pero lo aceptó y el fraude se hizo masivo.

  En cuestiones económicas, el proteccionismo que abrazó Cánovas –postura explicada en su discurso “De cómo he venido yo a ser doctrinalmente proteccionista”, de 1891– quizá fue perjudicial a la larga. Aun así, es otro producto de la época y de las tendencias europeas. En España, la Hacienda Pública dependía mucho de los aranceles y fronteras, aparte de que los empresarios catalanes eran ferozmente proteccionistas y presionaban al Gobierno para que no actuase a favor del libre comercio. Los polos industriales de Cataluña y País Vaco se aseguraron por esta vía. Cánovas, además, creía que la lucha por la vida se había trasladado a las naciones. Desde ese punto de vista, la mejor forma de garantizar la supervivencia de la nación y un Estado poderoso y viable era la defensa de la producción nacional. También influyó en el esquema proteccionista el inicio de la intervención en la cuestión social desde el Estado, materia en la que Cánovas posiblemente tuvo en cuenta las reformas sociales de su admirado Bismarck.

  El Desastre de 1898 fue el rudo golpe –más moral que material– que sufrió España y que, por ende, sufrió el régimen de la Restauración, determinando el inicio de su declive. En el revelador libro Una historia chocante: los nacionalismos catalán y vasco en la historia contemporánea de España (Ediciones Encuentro, 2004), Pío Moa subrayó que, tras 1898, “los partidos enemigos de la Restauración, del liberalismo o de la propia unidad española iban a aprovechar el ‘desastre’ para cargar las tintas, ennegrecer los hechos y crear una sensación de fracaso colectivo, fortaleciéndose de paso ellos mismos”. Así fue. En esta etapa de su recorrido, la Restauración tuvo poderosos enemigos que fueron dinamitando las reformas emprendidas y precipitando todo hacia el golpe de Estado de 1923. Me refiero al incipiente movimiento obrero, al terrorismo anarquista, a los intelectuales desagradecidos y desapegados, a los nacionalismos del País Vasco y Cataluña…

  Gran parte de la elite intelectual que había medrado en la paz y la tranquilidad reinantes (la Junta para la Ampliación de Estudios data de 1907 y no, como algunos pretenden, de los tiempos de la II República) se puso en contra del régimen, reclamando soluciones cada vez más radicales a los males de España. No habían aprendido nada de la experiencia, toda vez que las soluciones revolucionarias y más utópicas habían fracasado con estrépito, siendo el ejemplo más notable el de la I República (aunque es un ejemplo con justificación: en aquel entonces, se fue a la República porque poca cosa quedaba por ser ensayada).

  El necesario regeneracionismo, en su vertiente moderada, no pudo cuajar y las diversas iniciativas fueron cayendo. El sistema podría haber evolucionado, haber superado sus carencias. No le dejaron. Para entenderlo en su justa medida, no hay más que fijarse en el ambicioso programa de reformas iniciado por José Canalejas, programa que, debido a su asesinato en 1912 a manos de un anarquista, quedó en papel mojado. Naturalmente, en este deterioro general tuvieron su parte de culpa los partidos dinásticos, que no supieron o no quisieron adaptarse a la nueva situación y tratar de abordar con más entereza los cambios, y Alfonso XIII, que permitió que regresara a España la práctica de los pronunciamientos militares.

  En suma, el sistema podría haberse salvado a través de la revolución desde arriba propugnada por Antonio Maura, es decir, mediante un cambio ordenado, pragmático y pacífico, o bien haberse visto arrastrado por un proceso revolucionario. Se impuso, por el contrario, una idea intermedia, la del “cirujano de hierro” de Joaquín Costa, materializada en la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), que funcionó bien por un tiempo, aun a costa de liquidar el crédito de la monarquía y dejar el país a las puertas de la II República.

  Es sorprendente que algunos, en su afán por vituperar este período y la obra de Cánovas, lo tachen de época aburrida, marcada por la monotonía del de Sagasta a Cánovas y de Cánovas a Sagasta. Qué insensatos. Ojalá el Gobierno y la política del día a día aburrieran. Ojalá el Gobierno fuese un gestor silencioso y con menos pretensiones y delirios. Ojalá llegue el día en que las portadas de los periódicos sean ocupadas con noticias sobre un nuevo premio Nobel español, la competitividad de las empresas españolas o una película producida sin subvenciones.

Fdo. El Espantapájaros.

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