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Archive for 30 enero 2011

  En un asunto tan complicado y con tantas implicaciones como el de las descargas ilegales y la libertad en Internet, hay que poseer al menos un principio claro. Defiendo la propiedad intelectual y, específicamente, los derechos de carácter económico que conlleva. De algo tienen que vivir los creadores y es inadmisible que en Internet no haya límites y no se respete dicha propiedad. Se imponen, empero, algunas precisiones. En un revelador artículo, Santiago González afirmaba ser “partidario de que los autores puedan recoger el fruto de su trabajo, pero los avances tecnológicos han simplificado mucho el proceso de acceder a los productos culturales y sus sucedáneos y han hecho mucho más complejo el negocio”, hecho que no puede abordarse “mediante la chapuza legislativa, la excepción, el ‘como sea’”. Lo apoyo totalmente.

  Consecuentemente, estoy en desacuerdo con la conocida como Ley Sinde. No va a solucionar nada. Bien al contrario, está emborronándolo todo y enconando las distintas posturas, cada vez más irreconciliables. Sin entrar en el detalle del texto legal, otorgaba un poder excesivo a la Administración, ahora rebajado gracias al PP y CiU, que, para apoyar su aprobación, han logrado que se introduzcan garantías jurisdiccionales dirigidas a asegurar los derechos de los ciudadanos evitando abusos administrativos.

  En todo caso, la ley sigue sin convencer y Álex de la Iglesia –en el final de una interesante y honesta conversión– ha presentado su dimisión como Presidente de la Academia del Cine al entender que se desprecia su mediación y las ideas provenientes de la sociedad civil. Una decisión que refuerza la buena imagen que tengo de De la Iglesia, por el que siento un gran respeto y reverencia. En lo personal y como director, es muy distinto de los cargantes titiriteros españoles, que suelen ser vanidosos, sectarios y sumamente apegados a los regalos del poder.

  En sus discursos, De la Iglesia ha hablado de humildad, de pensar en los espectadores, de hacer mejores películas. Comprendía las dificultades del cine español, pero creía que la solución no pasaba por más subvenciones y ayudas, sino por la excelencia y un cine más comercial, no enrocado en las obsesiones sociales y fratricidas de muchos de sus exponentes. No había rastro de ese mensaje oficial de los cineastas, según el cual todo lo que hacen es sublime y el público no es más que un asno que no sabe apreciar lo bueno. La realidad no es así. La industria del cine genera unos productos que deben competir en el mercado. Y si no gustan sistemáticamente, se acabará hundiendo. A mi juicio, lo antedicho explica, como antecedentes, el acercamiento de De la Iglesia a los que se oponen a la Ley Sinde, porque tenía una visión más moderna de toda la problemática y pensaba que había que adaptarse a los cambios en lugar de atrincherarse en el Ministerio de Cultura.

  Cuán diferente es De la Iglesia de Sinde, con su sempiterna mueca amargada y sus respuestas altivas y prepotentes. Que nadie ose cuestionarla. ¡Rápidamente quiso librarse de De la Iglesia con tal de no sentirse incómoda en la gala de los Goya! Perdonando la vida desde su trono ministerial, es un buen ejemplo de cómo a algunos se les sube el poder a la cabeza y olvidan que no son más que servidores públicos. ¡Y eso que, en este caso, sólo se trata de una guionista de tres al cuarto! Espero que los miembros de un futuro Gobierno del PP ejerzan el poder con más humildad.

  No han de quedar sin réplica las insidiosas palabras de Sinde describiendo a De la Iglesia como alguien que no acata la voluntad democrática del Parlamento e insinuando, de forma implícita, que no es un demócrata. El Parlamento no lo es todo. Las leyes que allí se elaboran pueden ser objeto de crítica y de abrogación. Así, los individuos tienen el derecho de emprender sus propias iniciativas, dentro de la legalidad, para buscar soluciones a sus problemas, incluso al margen de los partidos, que es lo que estaba intentando De la Iglesia y lo que ha asustado a los politicastros de turno: el papel de la sociedad civil espanta a los defensores del Estado omnipotente y de la política profesional como remedio a todos los males habidos y por haber.

  Me sumo a quienes piden la dimisión de Sinde y su sustitución por De la Iglesia. Desde luego, ella no es la persona más adecuada para encarar el nuevo mundo que viene, en tanto que el responsable de la aceptable Balada triste de trompeta (2010) ha demostrado que no todos los directores españoles inspiran rechazo y desagrado.

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  Especulaciones sobre las elecciones venideras y Mariano Rajoy: el tema dominguero por excelencia. Ya he reconocido anteriormente que nos equivocamos quienes pronosticamos, en 2008, una guerra interna en el PP debido a la intención de Mariano Rajoy de aferrarse al cargo, lo que sólo traería derrotas electorales y frustración. Ahora bien, en aquel tiempo no eran tan evidentes los efectos devastadores que tendría la crisis en la popularidad del Gobierno socialista, efectos, para que nadie se llame a engaño, que son los que hacen que el PP arrase en las encuestas.

  Rajoy ha sobrevivido, sea como fuere, y el PP ha ido ganando elecciones y sumando apoyos. Dejando de lado algunos abandonos notables y la ruptura con UPN en Navarra, el PP es hoy un partido unido y capaz de presentar una alternativa viable frente a un Gobierno sobrepasado y agotado, como ha quedado demostrado en la exitosa Convención de Sevilla. Hay que alabar la resistencia y la constancia del gallego, que en seis años ha lidiado con todo tipo de problemas. Y si bien no siempre los ha resuelto de la forma más acertada, inmediata o eficaz, es indudable que tiene aguante y cierto sentido de la independencia.

  Como tantas otras veces desde que superé mis desavenencias con él, reitero mi apoyo a Mariano y el deseo de que llegue, por fin, a La Moncloa. A juzgar por lo que describe la biografía El hombre impasible, de Graciano Palomo (antaño biógrafo de Aznar), se confirma la figura de Rajoy como el “hombre del casino provinciano”, sereno, cabal, perezoso, poco estridente y partícipe de diferentes ideologías –liberal, democristiana, socialdemócrata–, pero de ninguna en exceso, o sea, con virtuosismo.

  Y tal vez sea bueno para España que sea de este material el próximo inquilino de La Moncloa: un gobernante aburrido, pragmático, moderado, que olvide aventuras y revelaciones místicas y se dedique a trabajar por una España más estable, realizando las reformas que tocan con prudencia y buen hacer. Un gobernante que lleve a cabo una labor callada, en el otro extremo de este sexenio esperpéntico plagado de vaivenes e improvisaciones. Veo difícil que Mariano ilusione a las masas o las extasíe con sus discursos. Pero el Gobierno socialista tiene que caer y la gente se ha ido haciendo a la idea de que hay que conceder una oportunidad al PP para comprobar si es cierto eso de que España puede salir de la crisis.

  De momento, son buenas las sensaciones después de la convención. Aunque ha habido una euforia un tanto precipitada, las propuestas están ahí, Aznar también, y se ha trasladado al público la imagen de un PP fuerte y solvente. La idea más comentada por la prensa, relativa a los privilegios de las pensiones de los parlamentarios, es obviamente oportunista y, en realidad, poco útil, pero me complace, toda vez que siempre tengo presente el consejo que Hortensia de Beauharnais dio a su hijo, mi admirado Napoleón III: “Si el pueblo sufre, tú has de sufrir con el pueblo”. Es hora de dar ejemplo y de acercar la clase política a la ciudadanía.

  Falta un análisis de los distintos escenarios electorales y, sobre todo, de quién encabezará la lista del PSOE en Madrid (algún día los medios aprenderán que, en España, no hay candidatos a la presidencia de nada). Para empezar, el agonizante Zapatero podría anunciar, antes de las elecciones autonómicas y municipales, que no repetirá como candidato, y así dar fuerza al PSOE a través de su sucesor. A esto mismo podría ser forzado por los señores feudales socialistas si el descalabro en dichas elecciones es mayor del esperado. Y, a lo mejor, hasta consigue salir vivo del trance, pero es más que dudoso que en 2012 vuelva a protagonizar los carteles de propaganda del PSOE. En caso de que sea sucedido por Rubalcaba, ya anticipo las posibilidades de este individuo: ninguna. ¡La gente no puede ser tan tonta, no comprarán un producto tan caduco! Cuestión distinta son los medios que vaya a emplear el PSOE en una campaña electoral orquestada por Rubalcaba, que serán, con toda probabilidad, burdos, demagógicos e inmorales. El recurso al miedo, a la derecha extrema, será lo más frecuente, y supongo que habrá una participación destacada de los titiriteros en la elaboración de vídeos contra el PP. Quizá uno en el que salgan varios de ellos pidiendo que, aun con todos los errores y desmanes, se siga votando al PSOE, que la derecha es muy mala. Es decir, como en 1996. No va a ser fácil. El PP no puede confiarse.

  Finalmente, se ha hablado de un posible adelanto de las elecciones. Mi opinión es que Zapatero, como Presidente, tratará de alcanzar 2012. Sin una motivación estratégica (y no la hay), no es costumbre española ir a un anticipo electoral. Los incentivos, por ahora, van en la dirección de llegar a 2012, cuando sea posible vender algún brote verde con el que confundir a los ciudadanos. Lo cierto es que los datos económicos son los que mandan, de manera que si empeoran mucho, no sería descabellado que se convocaran elecciones anticipadas, y más tomando en consideración la debilidad parlamentaria del Gobierno.

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  No tuvo la mirada del tigre que requiere todo triunfo colosal. Cuando se estrenó en 1990, Rocky V no alcanzó el éxito de sus predecesoras y decepcionó a los seguidores de la saga, lo que dejó una espina clavada en Sylvester Stallone y le llevó a concluirla con más dignidad y emotividad con Rocky Balboa (2006). Ahora bien, separándome de la opinión general, sostengo que Rocky V no es tan aburrida ni tan floja, sin perjuicio de que Rocky Balboa sea la entrega final que demandaban el legendario personaje y la historia.

  Dirigida por John G. Avildsen, el director de Rocky (1976), el guión lo firma Sylvester Stallone, que, naturalmente, también la protagoniza, junto a Sage Stallone, su hijo en la realidad y en el filme. No abundaré mucho en la sinopsis. Tras derrotar al soviético Ivan Drago en la URSS, Rocky regresa a Estados Unidos y, en un desdichado giro de los acontecimientos, se encuentra arruinado por culpa de la ineptitud de su cuñado, el borrachín Paulie, y, además, se ve forzado a retirarse del boxeo por prescripción médica. Regresa así a sus orígenes humildes y será entonces cuando conozca a un joven y ambicioso boxeador que le devolverá la ilusión.

  Las principales críticas efectuadas contra esta película se basan en que cambia el esquema argumental y narrativo de las anteriores entregas y en que le falta la épica y la espectacularidad de las demás. Efectivamente, Rocky ya no pelea (al menos oficialmente); le acucian los problemas económicos; se debilita el vínculo con su hijo; no hay títulos que defender; le asalta la melancolía; y el villano es George Washington Duke, un disparatado promotor que habla raro en la versión original.

  A mi parecer, Rocky IV (1985) supuso la culminación de la saga. Era insuperable, todo lo que se hiciera después con ánimo continuista no podía ser muy original o especial. ¿Qué hubiese sido bueno para Rocky V? ¿Otra vez un nuevo e imbatible boxeador que hace que Rocky se esfuerce al máximo para vencerle siguiendo un formidable entrenamiento? Hubiese estado genial, claro, pero se habría quedado en una repetición más incapaz de aportar nada nuevo o de superar Rocky IV.

  Una frase del trailer proporciona la clave de Rocky V: “La gloria, las multitudes y el dinero han desaparecido”. Por ello, se pretende innovar contando una historia distinta –un traspié en una carrera exitosa– salpicada por la nostalgia y en un ambiente más familiar y reducido. Por resaltar alguna de sus virtudes, me convence su atención a las relaciones entre maestro y aprendiz, y esa idea de vivir a través del sucesor, de motivación mediante la transmisión de unas enseñanzas a un discípulo del que te sientes orgulloso y que va a defender tu legado. Además, la película explora el vínculo de Rocky con su hijo –posibilidad descuidada anteriormente–, una parte interesante y conmovedora de la historia. Y, respecto a la pelea final, sólo puedo elogiarla: es una pelea callejera, sin reglas y con la única finalidad de restaurar el honor en entredicho. Los malos reciben su castigo y Rocky sale adelante a pesar de las dificultades.

  En el apartado musical, la banda sonora es igualmente novedosa y se aparta del hard rock tan efectista de sus inmediatas predecesoras (ni siquiera sale The Eye of the Tiger), hecho comprensible teniendo en cuenta que la película fue estrenada en 1990, año en el que lo ochentero empezaba a dar sus últimos coletazos (no moriría hasta 1991 o 1992). Las mejores canciones son la que suena en la inevitable escena del entrenamiento (Go For It) y la de los créditos finales (The Measure of A Man).

  Sin la menor duda, Rocky Balboa es superior como broche final, nadie lo puede discutir; pero Rocky V no merece ser despreciada tan gratuitamente, así que la reivindico y rescato recurriendo a la frase con que anima Mickey a su pupilo: “Levántate, hijo de puta, porque Mickey te quiere”.

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  Dada la cercanía de las elecciones autonómicas y municipales de mayo, los partidos políticos ya deben de estar preparándose para una campaña en la que prometerán de todo, haciendo honor a una tradicional expresión española que ven siempre en boca de los ciudadanos: “¿Qué hay de lo mío?”. De todos modos, pueden prometer lo que sea: esta vez no va a haber dinero en las arcas con el que pagar.

  En mi limitada experiencia, en discusiones sobre a qué partido votar, son muchos los que tienen en cuenta como algo principal las dádivas que ofertan los partidos (por ejemplo, abono de transportes más barato, que reformen las aceras de su calle o que a su hijo le regalen un ordenador portátil en la escuela), desentendiéndose de cuestiones más importantes. Obviamente, defiendo que cada cual atienda a sus intereses personales o inmediatos, y se fije en cómo le va a afectar de forma directa el que gobierne un partido u otro. Lo que quiero atacar, en verdad, es algo distinto: la convicción, firmemente implantada en muchas mentalidades, de que el Estado, o el Gobierno de turno, debe solucionar todos los problemas que uno padezca.

  Ello, sin duda, es una derivación del Estado de Bienestar, que asiste al ciudadano de la cuna a la tumba, y está provocando no pocas perversiones, por lo común articuladas por ley. El personal anhela con ilusión pueril que el Gobierno cree puestos de trabajo, que les conceda subvenciones o que acuda a su rescate cuando sufren una eventualidad. Hay que luchar a fin de cambiar esta realidad y esta mentalidad, que, al final, construyen ciudadanos dependientes, enanos mentales que pastan al calor de lo que el Estado está dispuesto a regalarles según su conveniencia.

  El mensaje tiene que quedar claro: “No todos tus deseos son derechos”. Desterrar esta pretensión infantil es prioritario en estos tiempos de crisis, escasez y pérdida de valores. Sólo así nacerá una generación que se haga a sí misma y que alcance el éxito gracias a su ambición, aptitudes, trabajo y tesón, y que no permita que el Estado atropelle su libertad o suplante lo que ha de lograr por su propia mano, marcando claramente los límites del poder y la esfera de acción legítima del Gobierno y el Parlamento.

  Existen, desde luego, y están reconocidos en la Constitución, una serie de derechos fundamentales inherentes a la persona sin los cuales pierde su dignidad y no puede ser libre. Garantizar tales derechos sí es una obligación básica de cualquier Estado. En cambio, lo que está de moda en España, sobre todo desde el acceso de Zapatero al poder, es una tendencia nada deseable: los grandes atentados contra las libertades son bien vistos, tolerados o ignorados, a la vez que desde el Gobierno se impulsan leyes para favorecer, desde un punto de vista progresista, a ciertos colectivos ruidosos. Así, el matrimonio homosexual, la memoria histórica, la violencia de género…

  Para muestra basta un botón. En Cataluña es posible multar a un comerciante por rotular en castellano, pero, para el Gobierno, es más interesante evitar que un feo se sienta feo mediante la intervención de la futura Autoridad Estatal para la Igualdad de Trato. Y resulta que a mí, más allá de la igualdad jurídica, que es esencial, no me da la real gana tratar igual a una gorda que no se cuida que a una mujer que ha hecho un esfuerzo consciente para estar presentable. No convence esta igualación por lo bajo.

  El gran Herbert Spencer denunció cómo una excesiva asistencia estatal mermaba las facultades de los ciudadanos: “Cuanto más se extiende la acción gubernativa, tanto más cunde entre los individuos la creencia de que todo debe hacerse para ellos y nada por ellos”. Es evidente que una creencia de estas características no es sostenible a largo plazo. Aun así, por el camino puede idiotizar a toda una nación.

  La reciente legislación contra el tabaco no es más que la expresión de un Estado desmadrado que tutela en demasía los intereses de sus ciudadanos, que piensa que no son capaces de arreglar problemas nimios entre ellos o de elegir si están dispuestos o no a tolerar el humo en un bar o en un restaurante; en consecuencia, se entromete y prohibe que los dueños de esos establecimientos conduzcan sus negocios como crean correcto.

  La solución está en la libre elección y en el mercado, como, con razón, ha proclamado Octopusmagnificens: “El mercado proveerá si realmente existe tanta demanda de ocio ‘libre de humos’”. El problema, en cuanto al asunto de los deseos que se transforman en derechos, está en unos ciudadanos que aceptan pasivamente –hasta lo aplauden en su mayoría– que sea el Estado el que se haga cargo incluso de sus gustos y preferencias. Ellos desean no soportar malos humos en un local privado; en lugar de rechazar ese local y buscar una alternativa, dejan en manos de la autoridad lo que debiera ser su responsabilidad. Ése es un camino cómodo, pero un camino que desemboca en la servidumbre.

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Un mal comienzo

  Mal comienza este nuevo año. Antes de nada, es forzoso hacer una referencia a Arnold Schwarzenegger, cuyo mandato como Gobernador de California expira mañana. El gran hombre deja atrás siete años de brillante gestión. Aunque es una mala noticia, tratándose de Arnold sólo es concebible que comience una etapa aún más gloriosa.

  Los buenos deseos acompañan estos inicios de 2011, pero hay que salir cuanto antes del engaño: España va a seguir empobreciéndose, la tasa de paro no va a descender por arte de magia y es dudoso que el Gobierno concluya de manera feliz las reformas anunciadas. Para abrir boca y enmarcar la deriva generalizada, ha entrado en vigor laLey 42/2010, de 30 de diciembre, por la que se modifica la Ley 28/2005, de 26 de diciembre (me ahorro el nombre completo, muy extenso), popularmente conocida como Ley Antitabaco y por la que el legislador, siempre tan paternalista, pretende “avanzar en la protección de la salud de los ciudadanos”, según declara su preámbulo. Esta ley es un craso error y va a suponer un perjuicio para muchos comerciantes. La anterior regulación era más razonable, si bien considero, como no fumador, que la mejor opción es dejar elegir a los consumidores, que ya saben cuidarse y soportar o no los malos humos.

  Y el principal llamado a enmendar los problemas de esta España decadente y conformista, el Partido Popular, que afronta un año clave de elecciones municipales y autonómicas, se ha desayunado no con chocolate y churros, sino con la renuncia de uno de sus dirigentes históricos, Francisco Álvarez-Cascos. Honestamente, no creo que con su marcha se vayan a perder las esencias del PP y, además, al futuro salvador de Asturias –dicho sea con el debido pitorreo– le esperan unos próximos días interesantes despotricando contra Rajoy y las maldades de Génova. Pero algo no funciona bien en el PP cuando una crisis interna finaliza con bajas de militantes y con Cascos, un tipo por demás inteligente, solvente e incombustible, dispuesto a presentar batalla en Asturias a lomos de un nuevo partido.

  Falla la política de silencios de Rajoy y su aversión al riesgo, incluso a decir las cosas con mayor claridad y a resolver los problemas con prontitud. Esta crisis asturiana no empezó anteayer y podría haberse resuelto mejor con más comunicación y altura de miras. Se suele decir que Rajoy será un mejor Presidente que candidato, pero temo que, cuando llegue al poder, traslade al Gobierno esa pachorra que le caracteriza a la hora de atacar las dificultades más candentes, las que saltan a la actualidad sin previo aviso y pueden llegar a enquistarse.

  Rajoy guarda semejanzas con el protagonista de A propósito de Schmidt (2002), interpretado por un enorme Jack Nicholson, un hombre que está apunto de jubilarse y que, en su puesto de trabajo, espera a que llegue el momento atento a un reloj de pared. Cuando eso sucede, no sabe qué hacer. Pues bien, Rajoy está esperando a que el Gobierno caiga en sus manos. A partir de ahí, se descubrirá si sabe ejercer esa responsabilidad.

  En sus memorias, A Journey, Tony Blair insiste en que, desde la oposición, no hay que concretar hasta la extenuación las diversas propuestas, pues la realidad del Gobierno puede ser muy distinta y, como consecuencia, no cumplir al pie de la letra lo escrito en el programa; pero hay que tener una postura clara acerca de los temas sobre los que elige pronunciarse. Esto es, no critico al PP por no presentar propuestas cada día, pero sí por su falta de claridad, representada por un Rajoy harto evanescente.

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