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Archive for 26 junio 2011

  Es Pío Moa un hombre que suele concitar pasiones encontradas e intensas. No deja indiferente a nadie. Con sus libros sobre la II República y la Guerra Civil puso nerviosa a una izquierda que había conseguido imponer una determinada visión de aquella época. Obviamente, no fue el primero en cuestionar las virtudes de la II República o el porqué generalmente aceptado de la Guerra Civil, pero su difusión desató la ira divina de muchos historiadores y periodistas progresistas que abogaron por silenciarle o censurarle. Comparto las tesis de Moa sobre el derrumbe de la República y lo que supuso el Frente Popular, así como sobre ciertos mitos de la Guerra Civil. Pocos han atacado sus tesis con argumentos, recurriendo, en cambio, al insulto y la mordaza.

  El caso es que Moa vuelve a estar de actualidad, ahora gracias a sus posiciones en relación con el franquismo y la Transición, que han dado lugar a disputas con Jorge Vilches y, recientemente, con César Vidal. Las acotaciones que este último pretende hacer a Moa son insulsas y, pese a no aportar nada, sumamente pedantes. Es como si Vidal pretendiera dar una lección a Moa sin despeinarse, y lo hace con una petulancia y una displicencia que me enferman.

  Bienvenida sea la libre discusión, huelga decirlo. Es muy sano y deseable este debate: Moa no es infalible, se le puede discutir. Pero uno descubre que, al igual que antaño los progresistas, los liberales están cayendo en el mismo estilo de aquellos historiadores tan pagados de sí mismos que se limitaban a alegar que Moa no usaba fuentes o que simplemente era un fascista.

  En la línea anteriormente descrita, Vidal dedicó su primer artículo a descalificar y ridiculizar a Moa, quien, según él, sólo puede escribir con propiedad sobre la II República. Todo lo demás le está vedado porque carece de formación, conocimientos, solidez, etcétera. Vidal, predicando con el ejemplo, lo único que hace en su texto rebosante de soberbia es decir que los nuevos libros de Moa no son de su agrado. Lo peor es cuando cuenta que no quiso llevarle a su programa a presentar La transición de cristal (Libros Libres, 2010) por la razón de que la obra le parecía “de poco calado”, y él es “muy riguroso en la selección de invitados”. Qué bajo ha caído César Vidal. El todopoderoso no podía permitir que el diletante Moa hollara su santuario. Patético.

  En el segundo artículo, a pesar de que el objeto central el debate es la “relación entre liberalismo y franquismo”, Vidal tira de vertedero y ataca a Moa por sus críticas a los homosexuales y por su supuesta anglofobia, perdiéndose en aburridas referencias a Dios, Felipe II, los protestantes… Todo ello para concluir que, fuera de la II República, Moa no tiene más que opiniones sin fundamento. Las de Vidal parece que tampoco requieren de tal fundamento, a la luz de sus inanes y ligeros textos, ya a la altura del olvidado Anti Moa, de Reig Tapia, un libro cuya principal arma contra Moa consistía en señalar que no era un historiador, ¡a juicio de Reig Tapia!, y que era un pérfido revisionista, como si eso fuese malo per se.

  Será en la tercera entrega cuando el orondo y prolífico historiador aborde, por fin, “la cuestión que me ha llevado a sentarme a escribir”, esto es, si el liberalismo debe asumir el franquismo, algo que no sé muy bien lo que significa y que ni siquiera sé si Moa ha planteado en tales términos.

  Mi apoyo a Pío Moa no es un apoyo sin fisuras. Con el tiempo, es cierto, ha ido aumentando su simpatía por Franco, aunque ello se traduce en unas afirmaciones que no deberían escandalizar ni sorprender a nadie. Es difícilmente rebatible la afirmación de que la democracia actual proviene del franquismo. Los que pilotaron el inicio de la Transición no eran extraterrestres, sino franquistas y, en todo caso, gentes del régimen. Nadie negará que la línea que triunfó fue la reformista, no la de la ruptura. No se rompió completamente con el régimen anterior, que fue transformándose y disolviéndose, empezando por la Ley para la Reforma Política de 1977. Como afirma Jorge de Esteban, en verdad fue una ruptura encubierta lo que se llevó cabo (de todo lo previsto por el esquema continuista del franquismo, sólo quedó en pie la monarquía), pero sirviéndose de la propia legalidad franquista.

  En cuanto a la idea de que el franquismo puso las condiciones para que llegara la democracia, no la sostengo con tanta rotundidad. Más que el franquismo en sí, fue la sociedad formada al calor del régimen, con una clase media mayoritaria y próspera, sin rencores, que quería continuar progresando y que no estaba dispuesta a consentir las propuestas más radicales de la oposición no democrática –prácticamente toda– a Franco.

  Sea como sea, creo que se está siendo injusto con Moa. Siempre que he leído algo contra él, no se citan sus obras o escritos: se pasa directamente a etiquetarle de fascista, o lo que sea, y a desautorizarle sin más miramientos. Cualquier excusa es buena para no entablar un verdadero debate: su pasado como terrorista, no ser licenciado en Historia, su acercamiento al franquismo… En los progresistas lo veía como algo normal, es su manera de hacer las cosas y de enfrentarse a los disidentes. En los liberales que, legítimamente, buscan dar la réplica a Moa, me apena y repugna esa manía de etiquetar y despreciar.

  Quizá lo arregle todo Vidal en la tercera entrega de su ensayo. Por ello, recomiendo prestar atención a la defensa que realice Moa, quien no rehúye la confrontación, incluso cuando el adversario goza de la ventaja.

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  La sustitución fideicomisaria es un tipo de sustitución hereditaria de carácter indirecto. Establece el Código Civil que, en virtud de la misma, “se encarga al heredero que conserve y transmita a un tercero el todo o parte de la herencia”, restringiéndose su validez a las sustituciones que “no pasen del segundo grado, o que se hagan en favor de personas que vivan al tiempo del fallecimiento del testador” (art. 781). Según la jurisprudencia, sus requisitos son una doble o múltiple llamada a la herencia, que ha de se hacerse “de manera expresa” (art. 785.1); un gravamen que se impone al primer llamado, quien ha de conservar y transmitir los bienes, cuando proceda, al segundo llamado; y un orden sucesivo y cronológico para la adquisición de la herencia (o legado).

  Existen dos clases de sustituciones fideicomisarias. Pueden ser a término, cuando la restitución de los bienes se somete a un plazo, o bien condicionales, cuando esa entrega sólo se hará si se cumple un determinado evento (por ejemplo, que el fiduciario muera sin hijos en la sustitución si sine liberis decesserit).

  El primer heredero es el fiduciario. Su posición jurídica se caracteriza por su condición de propietario de los bienes sujetos a sustitución limitado en sus facultades de disposición por el hecho de que está obligado a conservarlos para transmitirlos. Así, dispone el artículo 783.2 que ha de entregar la herencia “sin otras deducciones que las que le correspondan por gastos legítimos, créditos y mejoras, salvo el caso de que el testador haya dispuesto otra cosa”.

  Por otra parte, el fideicomisario será el último heredero, el que recibe la herencia sin la obligación de conservar para transmitir a una determinada persona. Cuando hay sustitución a término, tiene derecho a la herencia desde la muerte del testador (art. 784), con lo que puede ejercer las acciones necesarias para evitar que se frustre la futura transmisión y, si muere antes que el fiduciario, aquel derecho pasará a sus herederos. Por el contrario, en la sustitución condicional el fideicomisario no es tal hasta que se cumpla la condición. De ahí que, si premuere al fiduciario, nada transmita a sus herederos (art. 759). Tan sólo es titular de una expectativa.

  Por supuesto, rige en esta materia la prohibición de gravar la legítima estricta de los herederos forzosos (un tercio de la herencia): no es válido imponer sobre ella sustitución alguna (art. 813.2). Sí se admite en la mejora, a condición de que los fideicomisarios sean hijos o descendientes del fideicomitente (arts. 782 y 824).

  Llegado el plazo o cumplida la condición, deberá hacerse efectiva la restitución, produciéndose la extinción de la sustitución. También se extinguirá si el fideicomisario no puede o no quiere heredar, en cuyo caso el fiduciario quedará libre del gravamen y seguirá siendo dueño, ya sin ataduras, de los bienes.

  Son realmente notables las sustituciones fideicomisarias, toda vez que suponen una vinculación de bienes, algo no muy grato, por cuanto lesiona la libertad de comercio, al pensamiento liberal que imperaba cuando se elaboró el Código Civil. Pero, ante todo, la vinculación no es indefinida, lo que hubiese sido un retroceso, sino temporal. De esta suerte, sólo son válidas, según el artículo 781, si se hacen a favor de personas vivas a la muerte del testador (no hay entonces límites en los llamamientos) o si no pasan del “segundo grado”, expresión que doctrina y jurisprudencia equiparan a “segundo llamamiento o sustitución”. En consecuencia, sin contar al fiduciario, que no es un sustituto, puede efectuar el testador dos llamamientos que favorezcan a dos sustitutos que no vivan a su muerte. Por ejemplo, el testador designa como heredero a su hijo, fiduciario, para que transmita sus bienes, en el futuro, a su nieto, que es un nondum concepti, un no concebido. En la hipótesis de que no llegue a nacer el nieto, no se habrá cumplido la condición.

  Consecuentemente con lo expuesto, el artículo 785.2 deja sin efecto las disposiciones que “contengan la prohibición perpetua de enajenar, y aun la temporal, fuera del límite señalado en el artículo 781”.

  El que esta figura se introdujese en el Código Civil se debe a una propuesta catalana en la Comisión General de Codificación. Y ello porque era una institución jurídica de origen romano muy arraigada en Cataluña. El insigne Alonso Martínez da cuenta, en El Código Civil en sus relaciones con las legislaciones forales (obra originalmente publicada en 1884-1885 y reeditada en 1947 y 1991), de cómo se gestó el reconocimiento de la sustitución fideicomisaria. Escribe el jurista inmortal, con su certera pluma, que “es un complemento de la libertad de testar en el fideicomitente, y en el fiduciario, la negación de esa misma libertad”. Obviamente, ningún vocal defendió el fideicomiso perpetuo: “No era posible que ninguno consintiese en restablecer el imperio de la mano muerta, sustrayendo al comercio y la libre circulación una gran parte del territorio nacional”. Pero no encontró Alonso Martínez razones para oponerse a un fideicomiso temporal, pues “encerrado dentro de ciertos límites, no puede decirse con fundamento que lleve la librea feudal, ni tampoco que favorezca la vinculación ni sea una institución aristocrática”. El resto está en el Código Civil.

  Así pues, contrariamente a lo que propalan algunas voces ignorantes, el Código no fue elaborado exclusivamente a partir de la legislación castellana de la época: hubo otras influencias y fuentes, como demuestra la regulación de la sustitución fidecomisaria. Ya Alonso Martínez, en la Exposición de Motivos del Código, proclamaba la “subsistencia del actual régimen foral en toda su integridad”. Pero es que el Código era y es algo más que Derecho castellano. Y, en cualquier caso, fue aprobado por los representantes de toda la nación, por lo que es difícil sostener que fue imposición de Castilla o del centro.

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  Tengo a los gorilas en un pedestal. Me resultan animales fascinantes, irresistibles. Son parientes cercanos del hombre que, a diferencia del cómico chimpancé, rebosan nobleza y poderío. Además, poseen excepcionales habilidades de comunicación que pueden ser incrementadas. No debe extrañar, así pues, que me encanten las películas de gorilas, no sólo las protagonizadas por King Kong. Voy a reseñar dos bien conocidas.

  La primera es Gorilas en la niebla (1988), película que narra la vida de Diane Fossey (1932-1985) y su trabajo en Ruanda –de incalculable valor– en relación con el gorila de montaña, una especie amenazada que sí merece la pena salvar, tanto por su utilidad para el futuro como por ser un medio de estudiar el pasado de la humanidad. Es mi sueño una situación similar a la de La rebelión de los simios (1972), en la que, a falta de perros y gatos, se amaestra a gorilas, chimpancés y orangutanes. En mi sueño no se rebelan y saben comportarse.

  Puede decirse que Diane Fossey fue a los gorilas lo que Jane Goodall es a los chimpancés. Se trataba de una mujer sumamente fuerte y terca, capaz de cualquier cosa por sus amados gorilas, hasta el punto de enfrentarse resueltamente a los cazadores furtivos y a los turistas que les ponían en peligro. Sigourney Weaver borda el papel y consigue una Fossey cada vez más obsesionada y desquiciada que cosecha entre los supersticiosos salvajes su fama de bruja para mantenerlos a raya. Es la parte más interesante de la película, junto con su adaptación al grupo del silverback Digit. La película no ahonda mucho en el final de Fossey, asesinada en su cabaña a machetazos. Un crimen aún no resuelto y con múltiples sospechosos, debido a que se había ganado muchos enemigos.

  Gorilas en la niebla, a mi juicio, es más que notable. Goza de impresionantes localizaciones, no se pasa de ecologista y combina con acierto distintos elementos, pasando de ser una película de exploradores en África al principio a una dramática al final. Lo mejor es Fossey congeniando con los gorilas poco a poco y superando todo tipo de contrariedades. Eran otros tiempos y ella fue una pionera.

  La segunda película que traigo a escena no es precisamente buena. Congo (1995) es, sin lugar a dudas, un filme denigrado y ridiculizado, y lo cierto es que uno experimenta cierto bochorno al verla, si es que no le provoca un delirio místico. En principio, la premisa no es mala. Una expedición que está buscando en el Congo un diamante que revolucionará la industria de las telecomunicaciones sufre un misterioso ataque que la aniquila, lo que obliga a la empresa contratante a enviar una segunda expedición que termine el trabajo. Los atacantes, sólo entrevistos en las grabaciones disponibles, podrían ser gorilas, un animal, empero, totalmente inofensivo para los hombres.

  Todo se tuerce a partir de ahí. La sola presencia de Tim Curry como estrafalario buscador de las Minas del Rey Salomón ya debería poner en guardia ante cualquier intento de tomarse la película en serio. También anda por ahí un joven Dylan Walsh, que interpreta a un científico imposible y pánfilo. Y luego está Amy, la gorila, y su aparato para hablar con voz de retrasada, estilo Magdalena Álvarez. En la novela se comunica exclusivamente con lengua de señas.

  Muy distinta de la película es la novela en que está basada, Congo (1980), de mi admirado y llorado Michael Crichton, prematuramente desaparecido en 2008. La novela es una delicia a caballo entre el mejor relato de aventuras y el profundo interés de su autor por los gorilas, sobre los que proporciona muchos datos y referencias a investigaciones. No en vano en Viajes y experiencias (1988) daría voz a una amiga suya, zoóloga, que afirma que los gorilas “son hombres”; y habla de un viaje a Ruanda en el que los conoció. Más adelante, escribe que el chimpancé “constituye una parodia visual de un ser humano”. En cambio, por los gorilas, que “no poseían los rasgos de las personas ni olían como ellas”, sintió “una corriente de mutua comprensión”.

  Congo, la película, comparte el argumento pero no la calidad de la novela. Lo único que salvaría son las contiendas a tiro limpio con los malos, es decir, con los violentos gorilas grises, y el humor no se sabe si involuntario que recorre todo el metraje.

  Dentro de poco se estrenará Rise of the Planet of the Apes, que parece recuperará el espíritu de la mencionada La rebelión de los simios. Habrá gorilas a espuertas comandados por un chimpancé demasiado inteligente. He depositado muchas expectativas en ella. ¿Serán los verdaderos villanos los ecologistas, como en 28 días después (2002)?

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  Ya le entrevisté en 2007, pero tenía que repetir antes o después. Octopusmagnificens es el autor del blog que más tiempo llevo leyendo y disfrutando, un liberal irreductible partidario de la evolución por selección natural, el mérito y la aptitud y las mujeres delgadas. El tiempo transcurrido no ha hecho mella en la firmeza de sus convicciones y continúa siendo optimista y provocador. En la entrevista se tocan mucho temas, empezando por uno que inevitablemente será familiar para cualquiera de sus lectores.

Pregunta.- Creo que a todos sus admiradores nos invadió la melancolía cuando Arnold Schwarzenegger dejó el cargo de Gobernador a principios de este año. ¿Cómo valoras sus dos mandatos en California y su paso por la política en general?

Respuesta.- Arnold Schwarzenegger ha reconocido que subestimó la influencia de los sindicatos, que en connivencia con la oposición demócrata, boicotearon sus iniciativas para equilibrar el presupuesto y reducir la deuda estatal de California, el mayor problema y, evidentemente, su objetivo más ambicioso. Arnold estaba atado de pies y manos, tenía que consensuar sus acciones en el Capitolio Estatal, y no supo o pudo vencer la resistencia. Cómicamente, ahora será el demócrata Jerry Brown, sucesor de Ronald Reagan en 1975 y de Schwarzenegger en 2011, el que deberá afrontar el desafío de derrotar a los sindicatos, despedir a miles de funcionarios, vender parques públicos y propiedades estatales en un ajuste a la griega y, en definitiva, hacer lo que haga falta para evitar la bancarrota. Tampoco me duele reconocer mi absoluto escepticismo hacia las obsesiones de Schwarzenegger con las “energías verdes” y el “cambio climático”. Sin embargo, quién puede dudar que ha sido la mejor tarjeta de presentación de California en el mundo, y que durante sus años en la oficina de Sacramento se ha significado como embajador comercial en viajes que le han llevado hasta China y Japón. Consideraciones políticas al margen, la etapa política ha elevado la dimensión histórica del personaje. Ha sido una satisfacción.

P.- Recientemente, el escándalo por sus infidelidades ha enturbiado su imagen. Su hijo Patrick, según he leído, está utilizando el apellido materno como represalia contra su padre. ¿Piensas que es posible para Arnold y su familia superar esta conmoción?

R.- Por supuesto, tarde o temprano superarán la lógica conmoción. ¡Qué remedio! En este delicado asunto privado, y aparentemente descartada la posibilidad de una reconciliación entre Arnold y Maria Shriver, todo lo que puedo declarar son mis mejores deseos para los implicados. Habría querido que nada de esto sucediera, pero ha sucedido.

P.- También, por culpa de lo anterior, ha aplazado su regreso al cine. ¿En qué proyectos te gustaría que participara?

R.- De entrada, no me entusiasma la idea de Schwarzenegger como cabeza de cartel en films de acción a la antigua usanza. Pienso que debe evolucionar, adaptarse a los tiempos que corren para el cine y para él. Me ilusiona imaginarlo en papeles relativamente secundarios, dramáticos, como villano, con James Cameron o Quentin Tarantino. Por ejemplo, me gustaría verle en Avatar 2, y habría celebrado su aparición —seguramente memorable— en Inglourious Basterds.

P.- Consideraste la muerte de Bin Laden como una fecha “que vivirá en la celebración”. De sobra es conocido el resultado de la operación que acabó con el terrorista musulmán más buscado y la ola de felicidad que ocasionó, ¿pero hubieses preferido su captura y enjuiciamiento?

R.- A lo largo de todos estos años, me he preguntado mil veces dónde estaría Osama bin Laden y si algún día se resolvería el misterio sobre su paradero. ¡Incluso miraba mapas y elucubraba teorías! Daba por buena la versión oficial de que la localización más probable era Pakistán. Y tras la euforia inicial, la operación que concluyó con su muerte me dejó un sentimiento de amargura. Me habría encantado que le capturasen con vida, no por cuestiones humanitarias, legales ni nada de eso, sino por la atracción de contemplar bajo custodia a una figura, un supervillano, de talla mitológica. ¡La curiosidad humana! Pero me inclino a pensar que las órdenes de Barack Obama eran capturar a Bin Laden muerto o muerto, o que en todo caso y por razones que puedo entender, no se puso mucho empeño en atraparlo vivo.

P.- Como residente en Asturias que eres, ¿es mejor que la fuerte personalidad de Álvarez Cascos vaya por libre, con su propio partido, o el PP se equivocó clamorosamente al despreciarle?

R.- Francamente, no sigo la política regional de Asturias, no conocía ni los nombres de los candidatos del PSOE y el PP, pero me alegro del resultado de Álvarez Cascos por el correctivo que ha infligido a socialistas y populares. ¡Un golpe al establishment!

P.- No han dejado de aparecer en los medios de comunicación durante estas semanas distintas concentraciones de indignados que pretenden dar lecciones de democracia y cambiar el sistema. ¿Apoyas alguna de sus reclamaciones?

R.- Apoyo el sistema de listas abiertas y punto. Los indignados propugnan un socialismo revolucionario y una erosión de las libertades individuales que sólo puedo aborrecer. Además, tienen muy mala pinta y una actitud chulesca. Son engreídos y me desagradan. No quiero saber nada de esa gente.

P.- Ya hablamos en el pasado de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher. ¿Hay algún político o líder de la escena actual que respetes o que te ilusione?

R.- Hay muchos políticos de la escena actual de los que admiro determinadas cualidades. Me ha ilusionado la valentía de David Cameron para sacar adelante las medidas populares de supresión de subsidios sociales, que le han ganado la enemistad de los sindicatos, ese anacronismo que enferma a la mayoría de los países desarrollados. A Cameron tampoco le ha temblado el pulso al hacer una revisión de la defensa que considero mesurada y positiva en el largo plazo. Valoro el análisis que hace Dmitry Medvedev de la economía rusa, que necesita diversificarse para incrementar su competitividad, una postura no en contraposición pero quizá más abierta que la que tiene Vladimir Putin, su predecesor y casi seguro sucesor. Echaré de menos al señor Medvedev. Sobre Barack Obama, diré que aunque rechazo su política social, socialista, aprecio su encanto personal en las distancias cortas. Es un gran político. Mitt Romney no lo tendrá nada fácil. No me olvido de Silvio Berlusconi y la causa de la vida privada. Defenderé incondicionalmente su derecho a gastar su dinero en lo que se le antoje y a celebrar fiestas con chicas jóvenes que están locas por irse a la cama con él. Los jueces socialistas no deben interrumpir el proceso democrático italiano.

P.- Imagina que el PP gana las elecciones generales y Mariano Rajoy se sienta en La Moncloa. ¿Qué tres cosas debería hacer, de inmediato, para ganarse tu crédito o aprobación?

R.- Miniaturizar el Estado de bienestar, flexibilizar de verdad el mercado laboral, reformar la política fiscal y abolir leyes e impuestos todos los días. Hay que desayunar con una obligación menos, no con una obligación más. Y cada vez que se presente la oportunidad, hay que subrayar que el gasto social y las imposiciones son patrimonio del socialismo. Hay que proteger el derecho a la libre discriminación en las relaciones privadas. La Constitución española defiende la igualdad ante la ley, no la igualdad en el ámbito profesional. Las interpretaciones maliciosas de la Constitución deben derogarse.

P.- Un amigo mío, aficionado al ciclismo, suele criticar tu postura permisiva sobre el dopaje…

R.- Lo que defiendo es una liberalización de las reglas del juego, que los deportistas no rindan cuentas sobre su preparación ante ninguna autoridad. Don’t ask, don’t tell… La misma política que se sigue con los homosexuales en el Ejército de los Estados Unidos.

P.- Aunque tu blog es de contenidos muy variados y siempre sorprende, me atrevería a decir que actualmente predomina el cine en los artículos. ¿Cuáles son las últimas películas que te han alegrado el día?

R.- Es una paradoja. Suelo ser crítico con el empleo de la tecnología digital en el cine moderno, no con su uso, con su abuso, y sin embargo, las dos mejores películas que he visto en el cine en los últimos años son prácticamente 100% digitales: Avatar y TRON: Legacy.

P.- ¿Y los estrenos que te han causado mayor decepción?

R.- No gozo del don de la infalibilidad, pero mi instinto cinematográfico no suele fallar, de modo que rara es la vez en que me decepciono. Los estrenos están ligeramente por encima o por debajo de mis expectativas. Quizá la mayor decepción haya sido la trilogía de El Señor de los Anillos. Aburridísima.

P.- También hay que mirar al futuro. ¿Qué proyectos esperas con ansiedad?

R.- ¡Hay muchas películas que espero con ansiedad! No obstante, una eclipsa a las demás y me emociona sólo con imaginarla: “En el siglo XXVI, el Dr. Ido encuentra los restos de un cyborg femenino en un vertedero”. Es Alita: The Battle Angel, de James Cameron. ¡Oh, sueño con esta película!

P.- Se respira algo de nostalgia ochentera en tu blog. Steven Spielberg ha producido una película que a lo mejor es un retorno a ese espíritu mágico de antaño.

R.- ¡Algo no, mucha nostalgia ochentera! No, no sabía nada de esa película producida por Steven Spielberg. He mirado ahora y supongo que es When Worlds Collide, dirigida por Stephen Sommers.

P.- Sospecho que aguardas la nueva película sobre Conan con más escepticismo que otra cosa. En cualquier caso, has rescatado para tus lectores viejas historias del bárbaro y has escrito magistrales reseñas sobre ellas, lo que acredita tu autoridad en esta materia. ¿Qué villano sería adecuado para la nueva película?

R.- Para buscar el villano adecuado hay que encontrar la historia adecuada, y esa la encontramos en los clásicos. Hay unos cuantos enemigos memorables. Mi favorito es uno breve, inesperado y sobrehumano: Atali, la hija del dios Ymir. Estoy enamorado de la historia de Conan y Atali, tanto que si fuera un Steven Spielberg o un James Cameron, con recursos suficientes y libertad de acción, probablemente sería la primera película que haría.

P.- Ya sabes que comparto contigo la defensa de Sylvester Stallone como leyenda viva a la que hay que reverenciar. ¿Qué ingredientes debería tener The Expendables 2 para superar a su antecesora y pulir sus defectos?

R.- Sylvester Stallone es una leyenda de Hollywood. Soy cinéfilo de nacimiento, crecí viendo sus películas y siento afecto por él. Precisamente, este fin de semana he pensado en escribir un artículo sobre una de sus películas, Cliffhanger. En el cine de acción, que no es precisamente un género menor, su estatus sólo es igualado por otro actor, un buen amigo. The Expendables 2 necesita de un villano decente, menos agitación de la cámara cuando lleguen los tiros y las explosiones y, por pequeña o grande que pueda ser, la participación de Steven Seagal, Jean-Claude Van Damme y Chuck Norris. Percibo entre los fans una predilección por Van Damme.

P.- Leyendo la entrevista de 2007, descubro que no te hice una pregunta de lo más obvia en este tipo de ocasiones: ¿Cómo y por qué surgió en ti la idea escribir un blog?

R.- La iniciativa de escribir un blog surgió espontáneamente, cuando se empezaron a poner de moda y vi cómo funcionaban. Me entretiene escribir sobre mis temas favoritos y me gusta leer blogs de personas que tiene algo que decir sobre lo que sea. Dicho esto, me llama la atención los pocos blogs interesantes que hay en España, blogs en los que se note que al autor le gusta lo que está haciendo. ¡Es que hay blogs que no le gustan ni a los propios autores! Parece que los blogs han perdido un poco de fuelle con los fenómenos de Facebook y Twitter, que con sus mensajes simples, de pocas líneas, tienen mucho éxito en el público femenino, ese notable ausente en la blogosfera.

P.- Sin duda, es patente que tu blog está escrito y elaborado con pasión y mucha energía. Que dure. Tienes la última palabra.

R.- Espantapájaros, ¡gracias por tu interés en entrevistarme! Es un placer.

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  No me importa decirlo: Franco fue un dictador. No soy como los progresistas, que tienen miedo de las palabras y de la realidad que esconden, y suelen emplear eufemismos y parapetos en sus discursos. Franco fue un dictador, sí, pero, a pesar de ello, no veo que sea absolutamente necesario que se mencione así en su biografía del ya controvertido Diccionario Biográfico Español. La distinción entre régimen autoritario y totalitario –también muy comentada– es correcta, y con eso ya queda claro el carácter del régimen franquista. ¿Queremos una información clara y objetiva o un furibundo escupitajo de condena? Porque para lo segundo ya existe Hablando francamente, de Moncho Alpuente.

  Ante todo, hay que recordar que este diccionario, compuesto por 50 volúmenes y con más de 40.000 voces, es una monumental obra proyectada y auspiciada por la Real Academia de la Historia en la que se ha invertido mucho tiempo y dinero. Su magnitud no puede ser empañada porque unos cuantos sectarios no hayan digerido bien el contenido de ciertas biografías. Por ello, pienso que es sumamente injusto juzgar y condenar una obra de esta envergadura a la luz exclusiva de una ínfima parte de la misma. Las declaraciones de la patética Sinde y sus veladas amenazas causan mucho sonrojo por cuanto son proferidas contra una institución como la Real Academia de la Historia, una institución de aquilatado prestigio y que aglutina a historiadores de intachable currículum, competencia y reputación.

  El diccionario debe estar abierto a las críticas, por supuesto, y posiblemente sea mejorable. Lo que escriben los biógrafos en sus biografías es discutible y se puede, en su caso, rebatir o modificar. El contraste de versiones y opiniones suele ser fructífero. Pero es obvio que los medios de comunicación que están agitando esta polémica, El País y Público, no pretenden meros arreglos o una discusión razonable. Su histerismo y su campaña de acoso y derribo impiden enmascarar bajo la virtud del rigor histórico lo que es una intromisión inaceptable y un intento de censura.

  Su objetivo, si tuviesen la capacidad, sería imponer una redacción concreta y, naturalmente, no imparcial y neutral, como con sumo descaro exigen, sino interesada, escorada y acorde con los dictados de la memoria histórica. Ya que tal cosa no es posible, por carecer de la capacidad requerida, quieren ejercer una especie de poder de censura sobre textos no convenientes. Ha estado atinado Pío Moa al destacar “la desenvoltura con que no solo gritan, sino que demandan la censura y la imponen en cuanto está a su alcance, o exigen la ‘corrección’ de textos no acordes con sus creencias, o acusan a otros de mentir, sin dar la menor prueba al respecto”.

  Las intenciones son claras. Es más, desde las páginas de El País no se deja de insistir en que había historiadores más preparados para escribir tal o cual entrada, y curiosamente son todos de su línea o colaboradores, como Santos Juliá, Moradiellos… En cambio, nada han dicho de la biografía de Felipe González, firmada por ¡Juan Luis Cebrián! Sea como sea, es un gran atrevimiento poner en duda tan a la ligera el procedimiento por el que se ha seleccionado a los autores, revisado los textos, etcétera, como si se tratara de un juego de aficionados.

  Se advierte la ausencia de un debate limpio y en condiciones. Más que atacar y contradecir los contenidos de las biografías, que son impecables, los progresistas se están dedicando a desprestigiar con ferocidad a la Real Academia de la Historia criticando sus ritos y formas, sus componentes y sus métodos. Su saña y malicia son en verdad aberrantes y dignas de mejor causa.

  Respecto a la biografía de Franco, el padre Escolar, en uno de sus sermones, identificó algunos extractos escandalosos o censurables, a su modo de ver. Por ejemplo, uno que glosa el valor de Franco y otras cualidades citando un parte de guerra y que termina con esta afirmación: “Acciones en Xauen y Melilla incrementaron su fama de jefe riguroso y eficaz”. Escolar señala a un sospechoso, aunque no dice de qué se le acusa o qué indicios hay en su contra. No sería capaz. Al fin y al cabo, el denigrado Luis Suárez está citando fuentes de la época que acreditan que Franco gozaba de esa fama y de ese reconocimiento, guste o no. De la misma manera, en relación con su “fama de jefe riguroso y eficaz”, consideraciones de esta clase son las que le valieron sus ascensos, con lo que no es desacertado apuntar que, cuando menos, la fama la tenía, fuese o no en verdad un buen militar. No estoy muy seguro de que Escolar capte semejantes sutilezas.

  En fin, dejo ya a Escolar y su intento de echar a la hoguera el libro –o la biografía– prohibida. Se retrata a sí mismo por su falta de argumentos y datos, ya que se limita a alimentar con bazofia a sus huestes cavernícolas. El trabajo sucio ya lo harán otros. Él no da más de sí. Le queda grande la sotana y es imposible no sentir lástima por sus evidentes limitaciones.

  Es cierto que el Diccionario Biográfico Español tiende a dar una visión amable, dentro de lo posible, de los biografiados. Lo considero normal, no está concebido como un ajuste de cuentas con la Historia y, aparte, muchos de los personajes incluidos siguen vivos, lo que conlleva una menor visión desapasionada de los mismos. Y no está ya entre nosotros el maestro Francisco Umbral, gran hacedor de diccionarios, para echar ácido y dardos al asunto.

NOTA: Este espacio, El tonel del cínico, cumple ya seis años de vida. Doy las gracias a todos mis lectores y me comprometo a que el tonel siga rodando hasta el año que viene. Para celebrar el aniversario, mañana publicaré la entrevista que me ha concedido Octopusmagnificens.

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