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Archive for 28 agosto 2011

  El equilibrio presupuestario es algo a lo que se debería tender con carácter general. Es un principio sano para la economía que defiendo y que todos los políticos tendrían que grabar a fuego en su modus operandi. Como es sabido, ocurre lo contrario. Sólo Aznar fue especialmente insistente en la persecución del déficit cero en relación con los requisitos exigidos por la UE para entrar a formar parte de la unión monetaria. De ahí la Ley 18/2001, de 28 de diciembre, General de Estabilidad Presupuestaria.

  En este orden de cosas, la inclusión en las constituciones de un tope o límite al déficit y al endeudamiento públicos ha sido una vieja aspiración de las teorías ortodoxas de la Hacienda Pública. La finalidad sería evitar un tamaño o una influencia desmesurados del sector público en la economía. Aunque a los keynesianos más testarudos les siente mal, el déficit excesivo es perjudicial: implica un aumento de la Deuda pública, cuya emisión produce el efecto expulsión o crowding out, esto es, se absorben recursos que podrían destinarse al sector privado y se acaba generando una subida de los tipos de interés. Además, la Deuda pública, si no puede sostenerse en el tiempo, puede adquirir una senda explosiva. Así pues, son instrumentos que hay que manejar con cautela y a los que no puede encomendarse en exclusiva la lucha contra una recesión. No parece razonable ni eficiente que sea el Estado el principal empleador o que sostenga artificialmente la demanda. Y, en cualquier caso, en la actual crisis las recetas keynesianas no son las más adecuadas, sea cual sea su utilidad real. 

  Dicho esto, encuentro detestable la reforma constitucional que, deprisa y corriendo, se va a llevar a efecto en los estertores de la presente legislatura. Afirmaba Montesquieu que las leyes importantes “han de tocarse con manos temblorosas”. Y la Constitución, norma normarum, cúspide de la pirámide del ordenamiento jurídico, es la más importante de todas. Plantear una reforma de la misma en una materia no intrascendente y que se haga la propuesta esa misma semana, sin consultar siquiera al Consejo de Estado, y todo ello por exigencias muy concretas de Alemania, Francia y el Banco Central Europeo, es tocar la Constitución no con manos temblorosas, sino con manos torpes, grasientas y toscas. El arreglo cutre está servido. A pesar de que los dos grandes partidos hayan llegado a un acuerdo, no pierde ninguna fuerza la crítica al exiguo plazo en que todo se está desarrollando, con dosis importantes de improvisación.

  Varios socialistas y los progresistas en general han aprovechado para retratarse como una suerte de adoradores del déficit público. En su imaginación calenturienta, limitarlo constitucionalmente equivale para ellos a un golpe de Estado de los mercados. Pueden estar tranquilos. Para empezar, dudo mucho que esta reforma responda a un deseo de aplacar la furia de los mercados, esa misteriosa abstracción, por cuanto no tendrán que cumplirse los objetivos que marca hasta dentro de mucho tiempo, aparte de que los límites, como ahora comentaré, son muy flexibles y prácticamente no comprometen a nada. Hay que ser escéptico respecto a este tipo de límites o topes. De un lado, a veces el déficit es inevitable o incluso necesario. De otro, los políticos en el poder siempre van a preferir gastar más de la cuenta para comprar votos. Es así de simple.

  El contenido del nuevo artículo 135 de la Constitución confirma que esta reforma, además de ser una chapuza hecha a toda velocidad (algo de por sí censurable), va a caracterizarse por una nula efectividad. En rigor, es una redundancia de lo establecido, a escala europea, en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, cuyos máximos (3% de déficit y una ratio Deuda/PIB del 60%) no están siendo respetados desde el inicio de la crisis. Pero es que el nuevo 135 alude al déficit estructural, refinada trampa que, si se suma a las diversas y generosas excepciones que prevé la norma, lleva a la irrebatible conclusión de que más valdría que se hubiesen ahorrado este cambio, pues no aporta nada.

  Desvelada queda la verdadera naturaleza de la reforma: vacía de contenido, es un mero compromiso programático ante los poderes de la Unión Europea en el que que los partidos se han cuidado mucho de blindar sus futuros excesos. Conociendo a Zapatero y sus desmanes, la prostitución de la Constitución, el usarla como moneda de cambio para ganar tiempo, es una digna traca final de su mandato.

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  Termina la Jornada Mundial de la Juventud y es hora de analizar lo sucedido estos días. Por lo pronto, tengo que decir que eventos de esta naturaleza, en los que se trata al Papa como si fuese una estrella pop que provoca la alteración de los presentes, con multitudes que histéricas que se desparraman de alegría, merman la profundidad y solemnidad que debieran revestir la religión y la fe. Muchos de los jóvenes que he visto por televisión eran más asimilables a los se disponen a asistir a un concierto que a los que van a encontrarse con Su Santidad.

  Pese a todo, no deja de ser una demostración de fuerza por parte de la Iglesia que puedo comprender. Y, políticamente, el espectáculo de más de un millón de jóvenes aclamando a Benedicto XVI en Cuatro Vientos es una hermosa puntilla a la España relativista y de la ética indolora que un día diseñó Zapatero en sus sueños más húmedos.

  Los peregrinos han hecho mucho el payaso y se han divertido. De nuevo, se asiste a una exaltación de la juventud completamente injustificada. Pero, a la vez, son dignos de alabanza su buen comportamiento, su disciplina y su optimismo. Ha sido una gigantesca convivencia sin incidentes que habla bien de los organizadores.

  En contraste, el intento de los indignados –de lo que queda de ellos– de aguar la fiesta ha vuelto a poner de relieve cuál es su verdadero rostro, el de la intransigencia y la violencia izquierdista. Es legítimo que los mensajes que ha lanzado el Papa en sus diferentes discursos sean objeto de crítica. Cosa distinta es negar la libertad religiosa y tratar de arrinconar a los ciudadanos metafísicos, en palabras de Habermas, que también tienen derecho a existir, siempre que respeten la libertad de elección de los demás. La intención de los indignados es acabar con cualquier expresión pública de religiosidad e imponer sus particulares creencias laicas. Para ello, no han dudado en insultar, agredir, humillar, intimidar y acogotar a los peregrinos, incluso a los menores. Algunos de los lemas empleados, penosas rimas que producen vergüenza ajena y que son lo mejor que puede ofrecer la generación más preparada de todos los tiempos, dan la medida de su talla intelectual. Al margen de otras consideraciones, hay que reconocer al Papa una hondura intelectual que destaca frente a la vulgaridad y chabacanería de los indignados. Finalmente, hubo de intervenir la policía y proteger a las gentes de buena fe de esta infumable horda de intolerantes.

  Los indignados, ahora ya es obvio, son bolcheviques disfrazados bajo los harapos de la izquierda alternativa. Churchill, un hombre no excesivamente religioso, se opuso a que el comunismo extirpara las creencias de sus súbditos: “Nosotros defendemos la libertad de conciencia y la igualdad religiosa. Ellos quieren exterminar todas las formas de religión que han procurado consuelo e inspiración al alma humana”. Pienso que la religión, con sus límites, debe jugar su papel en una sociedad plural y abierta.

  Este evento ha sido financiado por particulares, pero, lógicamente, ha habido una movilización de servicios públicos destinada a atender a tanta gente: seguridad, transportes, infraestructuras, cobertura en los medios de comunicación públicos… Soy persona poco o nada amiga de las fiestas y las grandes concentraciones. Con todo, entiendo su necesidad y sería mezquino criticar los cortes de tráfico, las facilidades en el transporte público o el que los bomberos hayan echado agua sobre la muchedumbre acalorada. Otros muchos actos de gran magnitud e interés general reciben el mismo tratamiento y sus contenidos son bastante más pobres.

  La compensación consiste en que se ha trasladado al mundo una buena imagen de España, una imagen no dominada por la crisis y la desesperanza. De por sí ello tiene valor; además, imagino que los peregrinos no se podrán haber resistido a la sana tentación de consumir y habrán dejado sus buenos dineros en manos de muchos comerciantes madrileños. Y, mientras tanto, los indignados haciendo el mayor de los ridículos con sus provocaciones adolescentes y su estatua de pene gigante. Me sumo a lo dicho por Octopusmagnificens: “Mejor los cristianos duchados y las cristianas depiladas, que toda esa guarrería ultra del 15-M y el 11-S”.

  Como colofón, y para los más recalcitrantes, no es ocioso recordar el tenor literal del artículo 16 de la Constitución, que, tras declarar que España es un Estado aconfesional, proclama que los poderes públicos “tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Es lo que hay.

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  En estas semanas parece que Occidente esté abocado al desastre. Un grueso manto de desesperanza lo cubre. Parece que lo que antes era luminoso y ejemplar vaya a apagarse para siempre. Entre los alborotadores y la ineptitud de los políticos, la crisis de la Deuda pública está haciendo estragos y obligando a adoptar, por parte de los gobiernos que hacen algo, planes de ajuste muy drásticos, como es el caso de Italia. En Estados Unidos, la rebaja de la calificación de su Deuda pública ha significado para algunos una prueba irrefutable de su decadencia frente a los llamados países emergentes.

  Estados Unidos no sólo tiene el problema de una economía que no acaba de recuperarse, sino también el de una guerra que ganar en Afganistán y el de unos políticos que no están a la altura de las circunstancias. Obama, en su alocución semanal a la nación, ha reconocido que “while there’s nothing wrong with our country, there is something wrong with our politics“. Naturalmente, esta crítica le afecta a él, un líder decepcionante al que, empero, hay que reconocerle una poderosa retórica y determinados aciertos, como el de ordenar la ejecución de Bin Laden.

  Derrotistas y progresistas ya barajan la idea del fin de la hegemonía de Estados Unidos. Es algo que les produce placer, que desean locamente. Los segundos prefieren en lo alto a una China dictatorial y militarista antes que a la tierra de las libertades y el capitalismo. Nunca han disimulado los lectores de Público que no les importa un Afganistán bajo la bota de los terroristas musulmanes, por lo que siempre han celebrado, con más o menos atrevimiento, los zarpazos que sufren allí las tropas de la OTAN.

  No me resigno. Estados Unidos y, con él, Occidente entero pueden salir de este bache. En su primer discurso de investidura, Ronald Reagan proclamó: “Somos una nación demasiado grande para ceñirnos a sueños pequeños. No estamos condenados, como algunos quieren hacernos creer, a una decadencia inevitable”. Muchos sueñan con ello, ya lo he dicho; sueñan con que Estados Unidos pierda su preponderancia y se precipite en el abismo. La Unión Europa sola, o el Reino Unido, no pueden valerse por sí solos para mantener el poderío de Occidente y frenar a los bárbaros. Falta un Reagan que cambie el curso de los acontecimientos.

  El crecimiento económico no es un juego de suma cero. Por ello, no me disgusta que países como Brasil o la India crezcan, que esas sociedades prosperen y abandonen la pobreza y el subdesarrollo, porque sé que eso redundará en beneficio de las nacionaes civilizadas. Asimismo, creo en la competencia y en las mejoras que se derivan de ella; y también en las ventajas de la globalización.

  Al mismo tiempo, me recubre una capa de imperialismo europeo, lo digo sin tapujos. Mi ideal es que nos sigan admirando y que haya razones para ello. Y que nos respeten y veneren. Que la OTAN no deje de ser una fuerza incontestable. Que cuando se estudie un mapamundi Europa continué en el centro.

  Los indignados, que obviamente no comparten esta visión, exigen que se reduzcan los gastos militares para pagar más subsidios y más atrofia de la Administración. Me opongo visceralmente, si hace falta, a esa propuesta, pues la reducción de esos gastos sí que es el primer paso para la decadencia. Hay que reducir el gasto público, por supuesto, pero no por ahí.

  En realidad, en Europa y en Estados Unidos hacen falta líderes que sean capaces de llevar a la práctica unas políticas liberales que eduquen a los individuos en la responsabilidad personal, en el ahorro, en el mérito y la capacidad, en la necesidad de ganarse la vida, en el respeto a la libertad de los demás… Y todo ello desde un Estado más pequeño que no invada tantas esferas que le son ajenas y que, en consecuencia, abandone la senda de gasto desenfrenado que le caracteriza desde hace tiempo. Los indignados, con su confusión entre deseos y derechos y su Estado ilimitado que les dé de comer en el pesebre, son la fórmula contraria, la que implicaría una derrota en toda regla.

  A ellos les da igual. Así pues, va a haber que trabajar concienzudamente en la dirección contraria. Si ha de haberla, la rendición no va a ser cómoda para los vencedores.

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