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Archive for 27 noviembre 2011

  El artículo 21.1 de la Ley 50/1997, de 27 de noviembre, del Gobierno dispone que el Gobierno “cesa tras la celebración de elecciones generales”, instante desde el que continuará en funciones “hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno, con las limitaciones establecidas en esta Ley” (art. 21.2). Junto con las limitaciones expresas que contienen otros apartados de este precepto, el tercero describe cuál ha de ser el proceder del Gobierno en funciones, que, necesariamente, “facilitará el normal desarrollo del proceso de formación del nuevo Gobierno y el traspaso de poderes al mismo y limitará su gestión al despacho ordinario de los asuntos públicos, absteniéndose de adoptar, salvo casos de urgencia debidamente acreditados o por razones de interés general cuya acreditación expresa así lo justifique, cualesquiera otras medidas”.

  Tal es el régimen al que se somete el Gobierno en funciones y, como es bien visible, no lo han inventado los socialistas de ayer a hoy. Lo hago notar porque el todavía ministro de la Presidencia Ramón Jáuregui ha sostenido que el anterior traspaso de poderes, el de 2004, no se hizo tan bien como se está haciendo el actual, desconociendo que hay consenso en que el de 2004 fue modélico. Sus declaraciones dejan entrever que piensa que son ellos los primeros que han ideado un traspaso ordenado de poderes, en tanto que lo del PP fue una chapuza, una improvisación. El Gobierno socialista persiste en su adanismo incluso en su prostera hora. Tanta memoria histórica para, después de todo, caer en la amnesia respecto a lo que se hizo en fecha tan reciente como 2004.

  En esta despedida del poder los socialistas no están acordando los asuntos trascendentes con el Partido Popular debido a su espíritu bueno o justo, o por su intachable comportamiento democrático, sino porque es lo que se desprende de las limitaciones y normas de conducta que la LG impone al Gobierno en funciones.

  El ínterin entre unas elecciones generales y la formación del nuevo Gobierno es una situación incómoda en la que lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de nacer, pero es un período insalvable y, por ello, es necesario un régimen jurídico claro y responsabilidad por parte de los dirigentes en funciones, que deben consultar con sus sucesores en el cargo las principales orientaciones políticas. No tendría sentido, verbigracia, que Zapatero sembrase un campo de minas contra el PP aprovechando las cumbres europeas a las que todavía tendrá que asistir.

  Lo malo de esta transición es que el Gobierno está muy encorsetado, a pesar de las excepciones previstas por la LG, y si la crisis de la Deuda pública y del euro origina nuevas sacudidas no me imagino a Zapatero maniobrando hábilmente para salvar los escollos. Ya ha perdido las elecciones y ya bastante tuvo con aceptar lo que le exigieron en 2010. Está desaparecido, no se puede contar con él en caso de emergencia. Por su parte, Mariano Rajoy, muy prudente y respetuoso con los tiempos, ha adoptado un perfil discreto. No hará nada en tanto no sea investido.

  Sin que sea conveniente incurrir en la histeria y en la precipitación, sí lo es acelerar el nombramiento de Rajoy como Presidente. Para ello, Congreso de los Diputados ha de otorgarle su confianza en el trámite de investidura, regulado en el artículo 99 de la Constitución, lo que exige, si ha habido elecciones de por medio, que las Cortes Generales hayan sido constituidas. Es en este punto donde se está perdiendo un tiempo precioso por culpa de las últimas disposiciones de Zapatero. Jorge de Esteban ha manifestado que “el Real Decreto de 27 de septiembre, disolviendo las Cortes, señala que la sesión constituiva de las nuevas será el día 13 de diciembre a las 10 horas, pero creo que en razón de la situación actual habría que acortar este plazo, señalando la sesión constitutiva el día 1 o 2 de diciembre, mediante un nuevo Real Decreto”. No creo que ese cambio de parecer vaya a producirse…

  Un ufano, desvergonzado Zapatero proclamó, en la última cumbre del G-20, que España, bajo su mandato, no pediría árnica al FMI y a Bruselas. En vista de las dudas que suscita España y de la inquietud de los inversores, tal vez sea el primer interesado en adelantar su salida de La Moncloa a fin de que la realidad, una vez más, no estropee sus fantasiosas previsiones.

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  España cambia de rumbo. El Partido Popular, liderado por Mariano Rajoy, ha ganado las elecciones generales, obteniendo una holgada mayoría. Se pone así punto y final a un largo período de predominio socialista.

  Merece unas palabras de despedida el Gobierno que entra a partir de ahora en funciones. La mayor parte de mi madurez política se ha producido desde 2004, es decir, me he formado políticamente en la resistencia contra Zapatero, oponiéndome a sus proyectos y puntos de vista. Dudo que le eche de menos. Sin embargo, como ejemplo a no seguir, sus dos legislaturas en el poder me han deparado valiosas enseñanzas.

  Difícilmente podrán ser imitadas las acrisoladas virtudes y los excelsos méritos del estadista de León. Huelga hacer más comentarios. De todos modos, he reconocido sus aciertos de última hora, como su regreso al concierto de las naciones civilizadas y su apoyo al escudo antimisiles de la OTAN.

  Zapatero ha sido un Presidente deficiente donde los haya. Las urnas han emitido su veredicto, su propio partido lo ha abandonado en el trastero y lo único que le queda por delante es cuidar de su jardín y asistir a las reuniones del Consejo de Estado.

  Se marcha el peor Gobierno de la democracia española y, como no podía ser de otra manera, deja la peor herencia posible. Las cifras son sangrantes y el horizonte muy negro. El nuevo Gobierno no obrará milagros. Pero, con todo, hay que exigirle desde el primer momento que se ponga manos a la obra en la tarea de salir de la crisis y crear empleo. Y ello incluye, por lo pronto, acometer las reformas que no ha iniciado o completado satisfactoriamente Zapatero y nuevos recortes en el gasto público.

  La mayoría absoluta no es un cheque en blanco. El riesgo de abusar de ella es real y el poder del PP ha de ser vigilado de cerca. Tampoco es algo malo de por sí, que es lo que querrán dar a entender los socialistas. En verdad, todo depende de cómo se emplee. Rajoy debe combinar el diálogo y la negociación con la adopción de decisiones rápidas y eficaces. Un equilibrio difícil.

  Con su habitual buen juicio, Jorge de Esteban ha solicitado en un artículo que se aceleren los trámites que han de sucederse hasta la investidura del Presidente por parte del Congreso de los Diputados (por ejemplo, el Rey podría no alargar más allá de un día las consultas con los representantes de los grupos parlamentarios y Rajoy podría revelar la formación del Gobierno en el discurso de investidura). Espero y deseo que así sea, ya que no hay tiempo que perder. España vive una emergencia nacional.

  A partir de ahí, Rajoy tendrá que formar un Gobierno en el que estén los mejores, haciendo honor a su promesa: los más competentes de su partido y los independientes que hagan falta. Defraudar en esta responsabilidad tan decisiva sería un pésimo mensaje inicial. A continuación, se ha de elaborar y presentar a la opinión pública ese plan serio, ambicioso y coherente del que tanto ha hablado y que será la guía para sus acciones más importantes. De esta manera evitará las continuas improvisaciones y rectificaciones que caracterizaron la labor del anterior Gobierno.

  Ante una oposición socialista que previsiblemente colaborará poco y que intentará tomar la calle, el nuevo Gobierno tiene como misión fundamental la de esforzarse en materia de comunicación. Transparencia, claridad y poder de convicción son las principales divisas. No puede encerrarse en sí mismo. Ha de persuadir a la opinión pública de la conveniencia de la dirección que adopte. De lo contrario, el camino se llenará de obstáculos y el PSOE sacará rédito de ello. No basta con haber ganado las elecciones.

  En los próximos cuatro años hay que superar las frivolidades, las ocurrencias y los disparates generalizados por Zapatero y su entorno. En el libro Lágrimas socialdemócratas, Santiago González ha abierto en canal el estilo de gobernar del estadista de León y la base de sus ideas, resultando de la operación unas conclusiones hilarantes pero, a la vez, preocupantes por cuanto muchos han comprado los cachivaches del mercachifle a lo largo de estos años.

  Para los próximos cuatro años se ha encomendado a Rajoy una prueba hercúlea. Este político berroqueño, culto e irónico tiene en sus manos una responsabilidad de la que casi sería recomendable huir. Es ahora, después de tanta paciencia y tantos desplantes, cuando tiene la oportunidad de revelarse como un hombre de Estado capaz de reparar las calamidades y daños causados por siete años de pesadilla socialista.

  Para bien o para mal, Rajoy es la última bala en la recámara. Ojalá no sirva para consumar un suicidio colectivo, sino para abatir los problemas que asolan esta vieja nación. Aunque él esté al frente, en primera línea, cada ciudadano tiene su parte de responsabilidad y no puede pensar que el Gobierno todo lo puede. Como he dicho antes, no habrá milagros y sí muchas privaciones y malos tragos. Zapatero prometió una democracia bonita. Rajoy prometerá una lucha sin cuartel por la supervivencia.

  La victoria del PP, o mejor dicho, la victoria de Mariano supone una alegría moderada para mí, pero, fiel a mis principios y desengaños, no voy a entonar un canto a los políticos, al cambio o a las ilusiones por el proyecto que he elegido. Ahora bien, no me identifico con los indignados y su democracia de asambleas y concentraciones. Lo que haga Rajoy será fundamental para curarse del sarampión amargado.

  He criticado mucho a Rajoy y lo voy a seguir haciendo cuando lo considere pertinente. Por un tiempo le retiré mi confianza; hoy, atendiendo a la certeza de que él es la última oportunidad, se la he vuelto a dar. Quiero que gobierne con sus mejores cualidades, que sea previsible, prudente, moderado y patriota. También que tenga altura de miras y que no pierda de vista que la mayoría absoluta no es un cheque en blanco. Su compromiso es con la libertad de los ciudadanos y con los intereses generales de la nación.

  Defenderé al Gobierno siempre que entienda que hace lo correcto y denunciaré sin piedad sus equivocaciones tal y como hacía con los socialistas. Y con más fuerza si cabe, puesto que los diputados que sostendrán el Gobierno han recibido mi voto y, por lo tanto, me siento más responsable de sus actos.

  Los próximos cuatro años serán duros. Se acaba de iniciar una travesía de incierto final en la que no hay sitio para las bromas y las contemplaciones. Si Rajoy lo tiene claro, con él es posible enderezar el rumbo de España. Hoy sólo se ha dado el primer paso.

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  Las posiciones no se han movido después del debate electoral del lunes. El señor Rubalcaba, obligado a ganar con rotundidad, no logró tumbar a un Rajoy rocoso y prudente que, no obstante, estuvo un tanto torpe y desperdició mucha munición que podría haber hecho mella en su oponente. Rubalcaba, ese “intrépido reportero”, según Aznar, se limitó a dar por hecho que Rajoy será el próximo Presidente y le interrogó sobre su programa. Agresivo y nervioso, fue víctima de sus propias limitaciones y de la liviandad de sus planteamientos. Rajoy, condescendiente, tardó en contraatacar.

  Ya es evidente que Rubalcaba pelea no por ganar las elecciones, sino por obtener un resultado no demasiado malo. Siempre fue así, una candidatura ideada para controlar los daños en el PSOE y, una vez en la oposición, abortar la renovación integral que pide a gritos ese partido. Aun así, las encuestas reflejan una distancia abismal entre ambos partidos. Sigo creyendo que hay mucho voto sumergido del PSOE y que es difícil que el domingo que viene el PP mantenga esa diferencia de 16 o 18 puntos. A la hora de la verdad, Rubalcaba venderá como una victoria –a efectos de su propia continuidad como líder– cualquier resultado que caiga por debajo de los diez puntos de diferencia.

  La campaña socialista está discurriendo por los cauces habituales. Vídeos sobre los terroríficos males que traerá el PP, intervenciones soeces (no sólo las de Guerra y González; véase también la última de Caamaño, todo un catedrático diciendo gansadas) y ausencia de ideas. Fuera del ataque al adversario no hay mucho que comentar. Los socialistas no pueden presumir de un programa más detallado y exacto que el del PP. Rubalcaba habla de muchos impuestos, sin describirlos. Afirma que prohibirá muchas cosas, sin explicar cómo. Y así un largo etcétera.

  Los dos ejes de la campaña socialista están siendo infundir el miedo al programa oculto de Rajoy y asegurar, con una desfachatez notable, que no hay que hacer un ajuste como el demandado por la Unión Europea. Por razones obvias, no son los socialistas los más cualificados para denunciar programas ocultos. Carecen de credibilidad. Además, es una estupidez. Un programa no tiene por qué especificar cada propuesta, de un lado, y en el curso de una legislatura no puede convertirse en una losa para la acción del Gobierno, de otro. Como bien aclara Tony Blair, el programa tiene una importancia relativa. En campaña un partido debe adoptar posturas claras sobre los problemas más relevantes para que los ciudadanos estén informados y puedan decidir; pero es absurdo pretender que presente al público una especie de relato cerrado y pormenorizado en el que aparezca todo lo que hará o dejará de hacer en el futuro.

  Los socialistas, en todo caso, se equivocan al considerar que la gente tiene miedo a los recortes y que ése puede ser el punto débil del PP cuando gobierne. Mi esperanza es que los españoles comprendan la gravedad de la crisis y que hay que hacer sacrificios extraordinarios. Si la reacción contra la crisis hubiese empezado en 2008 y se hubiese marcado un objetivo de austeridad en aquel entonces, posiblemente los ciudadanos no hubiesen retirado su apoyo al Gobierno de una forma tan palpable. El problema es que el ajuste se inició en pleno 2010, vino exigido por el exterior y se produjo en una situación de vida y muerte, por lo que fue muy drástico. La imprevisión de Zapatero y los errores cometidos a lo largo de 2009 contribuyeron a empeorar la crisis, y, en mi opinión, los ciudadanos van a castigar esa política irresponsable y arrogante, no únicamente el hecho de que haya habido recortes en el gasto público.

  Por lo que se refiere al ajuste ma non troppo sugerido por Rubalcaba, se trata de una bufonada destinada a retener la simpatía de los izquierdistas más inasequibles al desaliento. No habrá futuro para España si no se realizan reformas y no se reduce el déficit público. Cuando en el debate Rubalcaba explicó cómo suplicaría a Bruselas que perdonara la vida a España para poder despilfarrar dos años más, comprendí que los socialistas han perdido el juicio y que por eso se permiten el lujo de soltar tantos disparates. Ahora bien, lo que es cierto es que durante la próxima legislatura se agarrarán a ese argumento en cuanto surja la ocasión.

  El domingo que viene celebraré y comentaré la victoria de Mariano. Mi confianza no es plena, pero, como dijo el maestro Yoda, no hay otro.

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