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Archive for 25 diciembre 2011

  Cuando al principio de esta semana Mariano Rajoy terminó de pronunciar su discurso en la sesión de investidura ante el Congreso de los Diputados, sentí que por fin el Gobierno de la nación estaba en buenas manos. Fue, a mi entender, uno de los mejores discursos que han resonado en la Cámara Baja de las Cortes Generales en mucho tiempo. El eje del discurso fue que era posible salir de la crisis haciendo un gran sacrificio, fijando como prioridad la creación de empleo: “Cuando se crea empleo, señorías, crece la libertad”, afirmó Rajoy, que antes había reconocido que, con un trabajo, “cada individuo recupera la capacidad de administrar su propia vida”. Toda una declaración liberal que viene bien en medio del intervencionismo opresivo.

  Rajoy estuvo brillante, sosegado y lúcido. El realismo que impregnaba su discurso, combinado con alguna frase de altura, lo distinguió de esos cantos de Zapatero que intentaban sorprender por su lírica y su perfume y que, en realidad, sólo empachaban. Dijo Rajoy: “La mayoría es un instrumento excelente para ejecutar las decisiones, pero no es forzosamente el mejor para diseñarlas”. Con esta declaración confirma que está dispuesto a dialogar y su intención de no abusar de la mayoría absoluta en el Parlamento. “La tarea del Gobierno no consiste en suplantar a la Nación, sino en coordinar sus esfuerzos y facilitar sus tareas”, sostuvo seguidamente. Es grato comprobar que un gobernante recuerda a los gobernados que no todo lo puede y que, si desean que haya recuperación, tendrán que poner de su parte.

  Los socialistas, que se habían especializado en echar la culpa de todo a Aznar, debieron de quedar desconcertados cuando Rajoy renunció a utilizar ese arma: “En la política, no existe la herencia a beneficio de inventario”. Asumirá sus obligaciones sin escudarse en los errores pasados, toda vez que “no hay ninguna voluntad de mirar atrás ni de pedir a nadie responsabilidades, que ya han sido sustanciadas por las urnas hace un mes”.

  El discurso contenía un diagnóstico crudo y directo de la situación y un amplio programa reformista, más concreto en unos puntos que en otros. Los socialistas le echaron en cara a Rajoy la falta de detalle de determinadas propuestas, igual que en la campaña, olvidando lo estéril que es tal argumento. Hubo muchos anuncios exactos y cristalinos, y lo demás ya lo podrá ir estudiando la oposición en las páginas del BOE durante los próximos meses.

  Es de agradecer que Rajoy sepa que no le espera “un escenario de halagos y lisonjas”. Gran verdad que le hará resistir mejor los reveses. Ciertamente, al final del discurso desenterró un convincente tono épico y sin concesiones a la ética indolora que pulverizó todo el edulcorado estilo de Zapatero, aquella democracia bonita de flores, paz, Estado dadivoso… De nuevo he de apuntar varias frases: “Sabemos bien que nadie piensa regalarnos nada, que nadie hará lo que no seamos capaces de hacer por nosotros mismos” o “Yo no he llegado a este momento para cosechar aplausos, sino para intentar resolver problemas”.

  En suma, fue el discurso que necesitaba escuchar la nación para desperezarse y ponerse manos a la obra. Mientras tanto, en El País trataban de rebajarlo arguyendo que las reformas de Rajoy eran continuistas y que no era un discurso muy distinto de los del último Zapatero. Independientemente de que no fuese una pieza revolucionaria o con todas y cada una de las claves de la política económica, me declaro incapaz de imaginar a Zapatero, y mucho menos a Rubalcaba (a la luz de su pobre y cicatera intervención), pronunciando un discurso siquiera parecido.

  Tras la investidura, Rajoy ha formado su Gobierno. No ha decepcionado el gallego y, como ha dicho Carlos Sánchez en El Confidencial, “ha construido un equipo económico sólido y coherente”. Aunque tenga mis dudas sobre la partición del Ministerio de Economía y Hacienda, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro son dos magníficas elecciones, sobradamente competentes y mucho más preparados que la acartonada Salgado. La única elección que me ha disgustado sin matices es la de Gallardón, quien, con todo, desempeñará una cartera idónea para demostrar cuán engominado es.

  En cualquier caso, Rajoy ha cumplido su palabra de nombrar un Gobierno en el que primasen el mérito, la experiencia y la capacidad, dejando de lado la paridad y los brindis a la juventud y la levedad. Cayo Lara, ansioso por escupir su odio acumulado, ya lo ha descrito como un Gobierno “neoliberal” y “al servicio de los mercados”. ¡Ojalá sea así!

  La esperanza que suele adueñarse de estas fechas navideñas y las impresiones favorables sobre el nuevo Gobierno tal vez permitan soñar con un 2012 más triunfante que lo que indican los pronósticos. Es normal, pero hay que prepararse para lo peor y para apoyar al Gobierno en tanto actúe en la línea del discurso de Rajoy. Lo urgente es el control del déficit. Según el Presidente, su único compromiso que implica gasto público es actualizar las pensiones.

NOTA: Salgo de viaje la semana que viene y no podré actualizar hasta el día 8 de enero.

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Mensaje de Navidad

  En estas fechas tan especiales, deseo a mis lectores una Feliz Navidad y un venturoso 2012. Que, contra pronósticos pesimistas, España empiece a levantar cabeza en el año que entra y seamos capaces de alcanzar nuestros objetivos con esfuerzo e ilusión

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  La faceta de director del venerado y añorado Michael Crichton suele asociarse, además de con Coma (1978), con Almas de metal, o mejor dicho, Westworld (1973), su menos poético título original. De entre su filmografía, entresaco hoy una película también de robots y, sin embargo, bien distinta a la antedicha: Runaway (1984). Que conste desde el principio que no es una cutrez al uso (hay buenos efectos especiales, las escenas de acción tienen pulso, la banda sonora es de Jerry Goldsmith…), pero presenta una serie de ingredientes que me hacen dudar de las intenciones de Crichton, de qué pretendía con este filme.

  Como en Westworld, es patente la obsesión del talentoso guionista y director con los sistemas en teoría perfectos que fallan y el thriller tecnológico. En esta ocasión, la rebelión de las máquinas, en vez de ser temible, es risible, aparte de que detrás de todo está la mano del hombre…

  En un tiempo indeterminado, se han empezado a producir robots que ayudan o sustituyen a los humanos en tareas básicas o no demasiado complejas. La ambientación no es extremadamente futurista, pese a esta premisa. El mundo, en general, no ha cambiado mucho. Y si en Westworld los robots tenían apariencia humana y prodigiosas capacicades, en Runaway son puras chatarras andantes, rudimentarias, con pinzas para agarrar objetos y sin estilo.

  El protagonista es el rudo sargento Ramsay (un sólido Tom Selleck con un parecido irresistible a Juan y Medio), que dirige una brigada policial dedicada a neutralizar robots descontrolados. Es menester que exprese ciertas apreciaciones sobre el cuerpo de policía al que pertenece y sobre sus propias funciones.

  El cuerpo de policía uno de los más incompetentes jamás concebidos. No sé si por un azar del destino o intencionadamente, el jefe de Ramsay es interpretado por G.W. Bailey, el inefable capitán Harris de Loca academia de policía (1984), estrenada el mismo año que Runaway. Sea como sea, estos policías carecen de personal para asegurar todas las salidas de un simple hotel y, casi como mofa a su negligencia, el villano, cuando ya se ha difundido su rostro e identidad, se cuela en sus instalaciones disfrazado sólo con el uniforme (que no incluye gorra) y accede a sus archivos delante de docenas de agentes.

  En otra escena memorable, todo un operativo de policías deja que un cámara de la televisión se adentre alegremente en una vivienda donde un robot manipulado ha matado a dos personas y amenaza a un bebé con un revólver, poniendo en peligro su vida y la de Ramsay. ¡Ni siquiera le dan el alto cuando va detrás del protagonista!

  Aún hay más. El bueno de Ramsay se atasca en su investigación e, ipso facto, su jefe, alter ego del capitán Harris, le ofrece la ayuda de ¡la vidente de la policía! Se trata de una señora mayor que, aunque ocupada en la investigación de un niño desaparecido, saca tiempo para comentarle a Ramsay que en una vida pasada fue hermano del malo y cosas así.

  En lo tocante a las funciones de Ramsay y su brigada (compuesta por él mismo, la chica y otro agente), resuelve problemas muy peregrinos, atendiendo a granjeros y capataces de obra con robots estropeados causantes de alborotos menores. En ambos casos, todo lo que hace es desactivar el cacharro.

  El argumento es ciertamente previsible y simple. Han aparecido algunos robots programados para matar personas y Ramsay, ayudado por su nueva compañera (Cynthia Rhodes), tendrá como misión atrapar al criminal responsable y, de paso, superar su vértigo y proporcionar una nueva madre a su vivaracho hijo. El antagonista es el doctor Charles Luther, encarnado por Gene Simmons, de Kiss. Un imposible enemigo de nulo carisma, sumamente soso y que casi siempre habla entre dientes. Gene Simmons, inexpresivo y gris, da vida a un individuo que se crece progresivamente gracias a la ineptitud de los agentes de la ley.

  Este supuesto científico ha inventado algunos artilugios y armas que quiere vender al primero que le haga una buena oferta. Lo más destacable de su catálogo es una aparatosa pistola que dispara misiles en miniatura con sensor de calor personificado (a mí que me registren…) y unas arañas que saltan, escupen ácido y explotan: lo mejor de la película, a mi juicio.

  En sus andanzas por atrapar al escurridizo Luther, Ramsay salvará a bellas secretarias de las garras de robots centinelas que lanzan descargas, perderá la paciencia con los ordenadores de la empresa de la que se ha valido el villano para fabricar sus armas y participará en intensas persecuciones a bordo de su coche de policía, pilotado por un maniquí… Dicho así suena hasta bien; en la práctica es una película muy desbravada.

  No es Runaway una película con grandes aspiraciones. Esta modestia, a veces, da lugar a un poderoso entretenimiento. No es así en este caso, toda vez que el buen hacer de Crichton y sus artesanales robots no consiguen despertar muchas emociones. El trasfondo, la advertencia frente a los peligros de una tecnología que se alza contra sus creadores, apenas se intuye. Para un conocedor de la obra de Crichton, es llamativo que a una de sus creaciones le falte tan palmariamente el mensaje, la pedagogía con que las cargaba.

  Pero es comprensible. Eran los ochenta, tiempos veloces y desacomplejados. Crichton debió de considerar que una historia así entraba en su línea y se dio el gustazo de llevarla a la gran pantalla, incluyendo algunos toques paródicos.

  Por suerte, las novelas de Crichton no fallan jamás. Su segunda novela póstuma, que completó el escritor Richard Preston, está a la venta desde noviembre. Lleva por título Micro y de ella dijo el gran hombre dos años antes de morir: “I’ve decided to do something that’s just fun to do. I think I’m always concerned about becoming a scold. I’ll just do something closer to Jurassic Park”.

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Tiempo de mudanzas

  Nada es insustituible. Los que hoy proclaman que un PSOE fuerte es irremplazable y fundamental para la pervivencia del sistema, mañana tendrían que admitir que se equivocaban cuando otro partido ocupara su lugar. En la primera mitad del siglo XX, los tradicionales partidos liberales fueron desplazados por los socialdemócratas y laboristas. Hoy, puesto que ya nada tiene que aportar la socialdemocracia, mi ideal sería que el bipartidismo lo compusieran un partido liberal y uno menos liberal o liberal conservador. Sé que es un sueño aún inalcanzable y me conformo con un partido progresista decente.

  A fin de cuentas, lo normal en una democracia que aspire a la estabilidad es que exista un partido que aglutine las principales corrientes izquierdistas –las más moderadas– y que represente una alternativa válida a los conservadores. Tras la derrota sufrida en las elecciones generales, el PSOE tiene que hacer examen de conciencia, estudiar los errores cometidos. Otras fuerzas políticas le disputan el voto desde de la izquierda, por lo que tendrá que modernizarse o morir.

  No basta con organizar un congreso para elegir un nuevo –o viejo– líder. No le va a servir plantear una oposición intransigente que desde el primer momento se eche a la calle para sabotear las reformas del Gobierno del PP. La sociedad española no demanda eso. Lo que le vendría bien a PSOE es una renovación integral. España lo agradecería, si ninguna duda. Dicha renovación se produciría en tres ámbitos.

  De entrada, tendría que alejarse de los nacionalismos y recuperar la defensa de España como nación, algo que Bono ha expresado con convicción, ganándose mi alabanza, a pesar de todas las reservas que me suscita el personaje. Adicionalmente, debería fijarse en el Nuevo Laborismo de Tony Blair. Él dotó a su partido de unas ideas adaptadas a los tiempos modernos, apartando a los trasnochados sindicalistas y laboristas a la antigua usanza, perdedores natos con su discurso de lucha de clases y Estado omnipotente.

  Con Blair, se empezaron a respetar las aspiraciones individuales de la gente, su deseo de movilidad social. Ya no interesaban proyectos iluminados o de ingeniería social, o un Estado que regulara todos los aspectos de la vida. El PSOE es mucho más chusco y casposo que el laborismo de principios de los años noventa, así que habría muchas telarañas que limpiar y ventanas que abrir. Lógicamente, su nuevo proyecto se barnizaría con llamamientos a la justicia social y mejores servicios públicos. Los métodos a emplear para la reforma de estos últimos serían distintos del inmovilismo absoluto que ha caracterizado al PSOE en esta materia.

  En segundo lugar, si el PSOE llega a la conclusión de que ha perdido única y exclusivamente por la crisis nunca avanzará nada. Crisis habría habido con o sin socialistas en el poder. Pero sus efectos no habrían sido tan devastadores de haber hecho el Gobierno una gestión económica responsable y menos sujeta a prejuicios ideológicos, intereses partidistas y dependencias, al menos hasta 2010, de los sindicatos. Todo ello, junto con la negación inicial de la crisis y una tosca lectura de las teorías de Keynes, es lo que ha hundido a España en la miseria y la desesperanza.

  Un nuevo líder, finalmente, es ineludible. Rubalcaba, a pesar de los resultados, no se ha apartado de la vida política, que sería lo apropiado. Aunque Zapatero fuese el presidente del Gobierno y a él deban achacarse los principales fallos en la gestión de la crisis, Rubalcaba fue una pieza clave del mismo. Y no hay que menospreciar que toda la campaña del PSOE ha sido orquestada por Rubalcaba, durante un tiempo bastante largo. Tratar de huir ahora de toda responsabilidad y escudarse en la crisis y en que el PP no ha crecido demasiado en votos pone de manifiesto la clase de líder que ofrecía el PSOE, un hombre miope que solamente quiere agarrarse al poder.

  Sorprendentemente, Rubalcaba, que hace no tanto sostenía que se hallaba al final de su carrera política, considera ahora que es el más apto para dirigir el PSOE. Con él al mando, no habrá renovación alguna, sino más de lo mismo. La oposición consistirá en salir a la calle de la mano de los sindicatos y tildar al PP de partido neoliberal y de extrema derecha. Y con Chacón las cosas no serían muy diferentes, salvo que el estilo sería más semejante al de Zapatero.

  Al PSOE se le presenta la oportunidad de renovarse y de desprenderse del todo de un pasado que ya lastra demasiado. Si deja que esa renovación sea abortada por fracasados como Rubalcaba y Chachón, mejor será que desaparezca.

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El informe

  Arrumbando su habitual discreción (tal vez por haber adquirido cierto protagonismo en el Gobierno en funciones), Ramón Jáuregui ha vuelto a las andadas y ha hecho declaraciones dignas de comentario. Esta vez, ha rogado a Mariano Rajoy que “no entierre en el cajón” el informe que ha ventilado la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos. No yerra Jáuregui en sus ruegos: Rajoy no debe guardar el informe. Si es un hombre sensato y práctico, lo primero que hará según llegue a su despacho en La Moncloa será arrancarlo de la mesa del general Narváez y arrojarlo a la papelera.

  Dicho informe contiene un notable rosario de despropósitos que han dado a conocer los medios esta semana. Entre ellos, que se reinterprete el monumento, como si fuese una especie de atracción a gusto del consumidor, o que se habilite un “centro de meditación” para personas no religiosas que lo visiten. Valiente memez, a la altura de las bobadas que nutren la corrección política y el pensamiento progresista. ¿Es que un ateo no puede meditar dentro de las paredes de una basílica? El recinto es de los más idóneos para esa actividad. Además, ¿meditar sobre qué? ¿Sobre los horrores de la guerra o sobre qué cenará cuando vuelva a casa? No acabo de entender esta propuesta, pero sospecho que los expertos tenían que llenar papel (son 31 páginas) y añadieron lo primero que se les ocurrió.

  Incidiendo en la “resignificación”, término que usa el informe, o en el centro de interpretación (léase manipulación), existe bibliografía a raudales sobre la Guerra Civil y sobre el régimen franquista. La información está al alcance de cualquiera y, por suerte, ya no toda aparece cortada por el patrón historiográfico progresista que tantos mitos y falacias ha difundido. Por lo tanto, no es preciso instalar en el Valle de los Caídos un centro de manipulación de la Historia o de desmemoria histórica. Quien lo visite puede documentarse ampliamente. Una de las bases que sienta el informe es la de “explicar y no destruir”. Pues bien, hay que ir más allá. No necesito que nadie me lo explique, pues sabré llegar a mis propias conclusiones a través del estudio personal. Rechazo las píldoras que me suministre el poder.

  La idea más controvertida –la pimienta de este indigesto guiso– es la de la exhumación y traslado de los restos de Franco. No sería tan escandaloso, ya que Franco no concibió el Valle de los Caídos como su lugar de reposo. Sin embargo, acabó allí y lo mejor es dejarlo estar. Lo ha explicado Santiago González: “La losa que lo cubre pesa tonelada y media. Recuerdo también haber pensado entonces que 1.500 kilos estaban bien para sellar aquellos restos, que era un peso suficiente para el cometido que le tocaba”.

  El Valle de los Caídos, le pese a quien le pese, es un monumento dedicado a la reconciliación entre los españoles y a rememorar, con esa colosal cruz, la abundante sangre derramada en la contienda civil. Es, además, un cementerio, no una exaltación del fascismo ni un homenaje a Franco o a los vencedores. Una gran cruz corona el conjunto, pero ese símbolo trasciende su adscripción al cristianismo y puede ser asumido por cualquier occidental. No ha de verse como la enseña de una cruzada gloriosa. Es, por el contrario, un saludo fúnebre a los caídos y un triste recordatorio de lo que sucedió.

  Indudablemente, fue levantado por una dictadura y es comprensible que algunos lo detesten. Lo cual no obliga a manipular o blanquear la Historia con la intención de obtener una victoria retrospectiva sobre un dictador que murió en la cama, dejando un país próspero, reconciliado y que pronto se dio una Constitución democrática.

  En el informe también se avisa del progresivo deterioro que sufre el monumento, uno de los más visitados del Patrimonio Nacional. Por esta razón económica y por su relevancia histórica y artística, no cabe abandonarlo a su suerte y que quede en ruinas. Callada y discretamente –no son tiempos para dispendios de esta clase–, ha de ser restaurado.

  Aun así, el problema del deterioro ya era conocido y el informe, desde luego, sigue sin valer de nada. Les invito a que lo lean, a que se atraganten con su prosa meliflua y excesiva, con sus tortuosos párrafos plagados de poesía, y a que sonrían ante la cursilería que salpica sus páginas.

  El Gobierno en funciones, empezando por Jáuregui, ha evidenciado una desfachatez insondable al encargar a Mariano Rajoy que ponga en práctica las recomendaciones de sus expertos. No tuvieron el coraje de sacar los restos ellos mismos y ahora le endosan el trabajo sucio a otro, como si, en una suerte de castigo por la naturaleza intrínsecamente franquista que le atribuyen, fuese el deber moral del PP limpiar los traumas de los antifranquistas sobrevenidos.

Tan crudo como suena. Los socialistas, no contentos con legar una España empobrecida y al borde mismo de la ruina, han regalado al futuro Presidente una burda bomba de relojería cargada de rencor, ansias de dividir y sentimientos intestinos. Pero el imperturbable Rajoy la desactivará sin despeinarse, sin hacer ruido. Es una de sus especialidades.

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