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Archive for 26 febrero 2012

  Los Presupuestos Generales del Estado de 2012 verán la luz tras las elecciones andaluzas, una cautela elemental que viene a iluminar que la tónica dominante, anunciada desde el discurso de investidura de Rajoy, será la ausencia de nuevos gastos y la disminución drástica del déficit público. Tres meses es un tiempo razonable para elaborarlos y, en todo caso, es lógico que Rajoy prefiera no presentar el proyecto antes de las citadas elecciones. Esa ventaja se la proporcionaron los socialistas, que sólo pueden quejarse de su propia incapacidad. Si actualmente no hay en España PGE de 2012, estando prorrogados los de 2011, es porque Zapatero renunció a su tramitación y convocó elecciones anticipadas.

  Todo el mundo da por seguro que los nuevos PGE serán el vehículo de una política económica dura, íntegramente basada en la austeridad y los recortes. Aunque este período vaya a ser doloroso y cuesta arriba, la antedicha política es la única manera de superar la crisis. Acerca de los beneficios de la consolidación escribía Lorenzo B. de Quirós en un artículo reciente: “En los países de la OCDE, todas las contracciones fiscales, basadas en recortes del gasto público estructural, han tenido consecuencias expansivas”. Para ello habrá que esperar y soportar la recesión. Cuando pase la fiebre, la economía saldrá reforzada, preparada para crecer desde bases sólidas.

  El éxito no va a ser inmediato y los riesgos abundan. Uno de ellos consiste en que las reformas se vean truncadas por la respuesta callejera que ya están empezando a enarbolar sin disimulo los socialistas, sindicatos y extrema izquierda. Durante este año, como era de prever desde que los indignados comenzaron a indignarse, se sucederán, en mayor o menor medida, protestas en la calle e intentos de romper la paz social. Hay quienes ansían que las batallas campales de Atenas se reproduzcan en Madrid. Rajoy deberá aguantar el pulso con la mirada fija en el horizonte y la voluntad firme, pero explicando sus decisiones y tratando de convencer a la opinión pública. No basta con decir que sus medidas son “justas y necesarias”. Hay que combatir la propaganda progresista con más determinación.

  Los disturbios en Valencia, desvergonzadamente bautizados por quienes los aplauden como Primavera valenciana, son tal vez un anticipo de lo que está por venir. Unos supuestos estudiantes provocaron desórdenes y se comportaron de forma violenta porque en su instituto, debido a un retraso en los pagos por parte de la Consejería de Educación, no habían tenido calefacción temporalmente. Este sacrificio, asimilable a la peor de las torturas, fue el detonante de la protesta. Lo cual pone de relieve lo perdida que está un parte de la juventud española, agarrada a la creencia de que es la generación mejor preparada y capaz únicamente de exigir, formada por niños malcriados como el tal Albert Ordoñez, que, según sus propias palabras, pasó “treinta horas de calabozo”. Este admirador de Fidel Castro y de Amaiur (confesión propia) es un notable émulo de Nelson Mandela. A pesar de la violencia con la que actúan el sucesor del Cojo Manteca y sus acólitos, estos jóvenes –y no tan jóvenes– son unos blandos, lloran por una represión policial inexistente y parecen no aspirar a otra cosa que a depender de los poderes públicos, a los que suplican derechos, prestaciones y subsidios.

  Los socialistas se han alineado con las protestas, sean o no violentas, pues los sucesivos varapalos electorales les han convencido de que es mejor la calle que el veredicto de las urnas. De hecho, en sus fantasmagóricas apariciones un cargante Alfredo P. Rubalcaba no deja de insistir en que tienen que salir a la calle, hacerse oír desde la calle, etcétera. A la llamada a la subversión le sigue su agonía intelectual, su falta de argumentos. ¡Ha descubierto un sello ideológico en las reformas de Rajoy! Evidentemente, todo lo que hicieron los socialistas entre 2004 y 2011 fue neutro, tanto como la neutralidad activa que pregonaba Griñán. Alfredo P. también desaprueba los oscuros pronósticos que traza Rajoy, que es demasiado pesimista y “mete miedo”. Debería darle unas elecciones en dos tardes sobre cómo negar la crisis y mentir sistemáticamente, que es algo que seguro satisface más al líder socialista.

  La calle no es de nadie. Aunque socialistas y sindicatos carezcan de la más mínima credibilidad para pronunciarse sobre lo que debe o no hacerse en España, les asiste el derecho fundamental a manifestarse, a expresar su oposición a los planes del Gobierno mediante esa presión. Pero los límites están claros y el Gobierno ha de atajar toda deriva violenta con el rigor que demanden las circunstancias. Ley y orden. Sin excesos y abusos, pero con contundencia y eficacia.

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  Han pasado cinco años desde que Nicolas Sarkozy prometió poner Francia patas arriba. Muchas cosas han cambiado y, en este momento, al Presidente francés se le presenta una campaña muy dura, con los sondeos en contra y los socialistas ganando terreno. En el pasado Sarko estaba de moda y era fácil ser partidario suyo. Hoy ya no es así. No ha cambiado, empero, mi adhesión a su persona. Durante su mandato, ha cometido errores. Los datos no engañan: Francia también está sufriendo la crisis. Ha crecido el paro, la calificación de su Deuda pública fue rebajada por Standard and Poor’s y las perspectivas no son halagüeñas. Pero creo firmemente que Sarkozy es la mejor opción si Francia quiere seguir siendo una nación fuerte.

  Su desempeño como Presidente, para qué negarlo, no ha sido óptimo. Ya no puede aparecer ante sus conciudadanos como el hombre bajo cuya influencia subiría el poder adquisitivo de los franceses. Ha promovido el error de la tasa sobre las transacciones financieras. Dijo aquella sandez de que había que “refundar el capitalismo”. Como es patente, no excluyo las críticas, pues mi confianza no es inquebrantable. Sarkozy me encanta, me convence y me emociona, y es el político en activo al que más admiro; pero hay que recalcar sus fallos, reconocer que ha habido no pocas decepciones.

  La crisis económica, implacable y duradera, es la causante directa del estado actual de Francia. Pero la gravedad de esta crisis, así como no lo fue para Zapatero y el PSOE, no debe ser una excusa para el zorro francés y la UMP, aunque se confunden quienes equiparan el caso de Zapatero al de Sarkozy. Con éste, Francia ha soportado mejor la crisis que otros países europeos, como Italia, Portugal o España. El propio Sarko lo ha explicado hoy en un multitudinario acto electoral: “No pretendo que hayamos tenido éxito en todo. Pero sí que hemos logrado escapar a una catástrofe”. De Zapatero es mejor no hablar. No sólo no combatió eficazmente el problema, sino que sus recetas de bombero pirómano lo empeoraron.

  Sarkozy no se ha quedado quieto estos cinco años. Ha habido reformas de gran importancia, como la de la Administración y la función pública o la de las pensiones. Su infatigable acción exterior ha devuelto a Francia un protagonismo que corría el riesgo de perder. La intervención en Libia es un ejemplo reciente. Junto con Merkel, ha asumido el liderazgo de una Europa agrietada y con el euro en peligro. Quizá ese papel y las decisiones que han ido unidas a él desagraden a muchos, pero no se puede obviar que ha sabido defender aquello en lo que creía, y nunca se ha quedado atrás. En relación con España, ha acosado sin cuartel a los terroristas nacionalistas vascos en suelo francés, valiéndole esta determinación nada menos que el Toisón de Oro. Difícilmente podrá encontrar España un amigo más fiable. Gracias a él España está invitada a las reuniones del G-20.

  Sus niveles de popularidad son bajos y, como he comentado, las encuestas no prometen un paseo militar hasta la reelección. Es más, hay muchas posibilidades de que pierda, lo que significaría que el socialista Hollande podría llevar a cabo su programa, que es en verdad nefasto para los intereses de Francia y los de toda Europa. Hollande, un hombre anticuado y sin la suficiente experiencia, tan sólo tiene en mente subir los impuestos, gastar a mansalva en planes de estímulo y demás sopa boba (Sarkozy escribió en Testimonio que la especialidad de los socialistas franceses “es distribuir riquezas que no existen”) y mucha pirotecnia progresista, al estilo de Zapatero: derechos sociales, favores para colectivos discriminados, retirada apresurada de Afganistán… Por lo tanto, Hollande no es garantía de una Francia triunfante.

  Los franceses no tienen por qué conformarse con la mediocridad socialista y renunciar a lo que Sarkozy les prometió en 2007. Una nación de propietarios en la que se valore el trabajo duro, el mérito y el esfuerzo, con igualdad de oportunidades y donde sea posible la movilidad social. Una nación de derechos y también de deberes. Un Estado eficaz y al servicio de los ciudadanos, y una democracia irreprochable. Libertad, orden y defensa de los valores de la República. Mano dura contra la inmigración ilegal y los delincuentes. Esa batalla aún no está decidida.

  Hay una Francia que, como confirmó Sarkozy cuando anunció su candidatura, “no cree en nada”. Ésa es la Francia de los socialistas, que solamente ofrecen conformismo, demagogia y ética indolora. Sarkozy no se arredra ante las dificultades y, con ocasión de la campaña electoral, ha vuelto a alzar frente a los derrotistas los valores que más le importan: la responsabilidad, el trabajo y la autoridad.

  Contra él se han vertido toda clase de maledicencias y críticas infundadas. La izquierda moralista le echó en cara su divorcio y envidió su matrimonio con Carla Bruni. Nada más llegar al poder hubo escándalo porque estuvo de vacaciones con un amigo millonario, unas vacaciones que no costaron un euro al contribuyente francés. Y, en la actualidad, se dice que se está escorando a la derecha, que practica el populismo… ¡Es la misma cantinela de hace cinco años!

  Ante todo, sé que la crisis es capaz de destruir cualquier gobierno. Posiblemente Sarkozy, como tantos otros, haya errado en muchas cosas; entiendo que sea objeto de reproches por ello. Ha agotado parte del crédito que le otorgaron los franceses. Le toca recuperarlo y ganarse una segunda oportunidad en unos comicios difíciles. Para ello, cuenta con su magnetismo, su energía inagotable y su capacidad de persuasión. Ha aprendido de sus errores y un segundo mandato sería mejor que el primero. Por el contrario, si gana el endeble Hollande Francia puede despedirse de liderar Europa, de la austeridad que exigen las circunstancias y de todo proyecto ambicioso.

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  El juez Baltasar Garzón, apodado Campeador, ha sido hallado culpable del delito de prevaricación y condenado a 11 años de inhabilitación por el Tribunal Supremo. Es improbable que vuelva a ejercer de juez. Al margen de las rabietas de los sectarios que le han encumbrado como adalid de la democracia, el Poder Judicial va a ganar calidad sin este deficiente juez instructor que se ha caracterizado muy principalmente por valerse de su condición para ganar notoriedad y protagonismo, que es lo único que ha hecho de un tiempo a esta parte. Era un elemento anómalo en el sistema: su expulsión de la Audiencia Nacional y de la carrera judicial es la mejor manera de inaugurar un período de reformas en la Justicia.

  No es mi deseo explicar por qué Garzón ha sido condenado por prevaricación. La sentencia del TS, demoledora y sólida, es lo suficientemente expresiva: “La justicia obtenida a cualquier precio termina no siendo Justicia”. Pero a sus admiradores poco o nada les importa que Garzón hiciera caso omiso del tenor literal del artículo 51.2 de la Ley 1/1979, de 26 de septiembre, General Penitenciaria y que vulnerase el derecho de defensa de forma flagrante. Así las cosas, el diario El País está decidido a excusar lo que sea con tal de presentar a Garzón como un mártir, cuando en el pasado no dudó en arremeter contra él duramente a causa de su investigación sobre los GAL: “Ningún fin, ni siquiera el de conocer toda la verdad sobre los GAL, justifica pasar por encima de los procedimientos”, manifestaba en un editorial de 1995. A tenor de sus últimas posturas, cabe añadir una excepción a la regla: “Sí está justificado saltarse las normas cuando se trata de investigar –y filtrar datos a este diario– un caso de corrupción que salpica al PP”.

  ¿Quién es este juez, otrora denostado y vituperado por la izquierda, que reúne hoy día tantos y tan destacados adeptos y por el que merece la pena echar por tierra viejas doctrinas y opiniones, descalificar al Tribunal Supremo y poner en duda la validez del Estado de Derecho? ¿Un héroe, acaso? Nada más lejos de la realidad. Ha sido y es un individuo vanidoso, interesado y excesivo cuyos méritos –menores de lo que se cree– no compensan la campaña que exige su impunidad.

  Nunca investigó los crímenes franquistas. Disponía de medios distintos a la interceptación de las comunicaciones de los presos con sus abogados en prisión para impedir una fuga de capitales. Y está imputado y acusado en una tercera causa debido a la financiación de sus seminarios en el extranjero. En lugar de comportarse con normalidad y asumir que fue demasiado lejos, Garzón ha caído en una especie de demencia, no le preocupa el daño que su actitud está provocando a la Justicia. Sus declaraciones en el juicio, señalando que a él sólo le mueve la “razón democrática”, así lo atestiguan. Su alegato final en el juicio por haberse atribuido una competencia de la que carecía terminaba como sigue: “El tribunal de un hombre, decía Kant, es su conciencia. Tengo la mía tranquila”. En suma, para Garzón las leyes positivas son poca cosa. Pesan más la razón democrática y su conciencia, o sea, el clamor popular (sólo si es de signo progresista, claro) y su santo parecer. Su arrogancia demuestra que la judicatura se está librando de un peso enorme.

  La contrapartida a esta indudable ganancia es la reacción airada y extramuros del sistema de la izquierda más extremista. A los defensores de Garzón no les ha hecho falta leer la sentencia para mostrar su desacuerdo con la misma o, lisa y llanamente, no respetarla y acatarla, como hizo Llamazares. Evidentemente, casos tan patológicos como los del amargado Llamazares e IU producen más a la risa que a otra cosa, ya que poco efecto ha de tener su insumisión, a no ser que reúnan el valor suficiente para incendiar el TS y a los fascistas que moran en él, cosa que dudo. Pero, se mire como se mire, es terrible que se asuma con normalidad que un diputado, un legislador a fin de cuentas, supuestamente integrado en el sistema, se permita esas opiniones, diametralmente contrarias a los principios del Estado de Derecho. Y lo peor es que pueda cundir el ejemplo.

  Hay una distancia considerable entre la crítica legítima y basada en argumentos jurídicos a una resolución judicial y los insultos y desplantes que está recibiendo el Tribunal Supremo. El propio Garzón parece contento con estas tendencias insanas de sus seguidores. Para ellos, el Campeador debería gozar de carta blanca en la medida en que se encargara de las causas convenientes a los sueños húmedos de la progresía. Y si alguien osa ponerle límite o recordarle su sometimiento a la ley y el Derecho, se le tacha de franquista y torturador. Fuerza es concluir que algunos, empezando por el propio afectado, han enunciado que Garzón legibus solutus est. El TS, en una sentencia ejemplar, ha arruinado tan aberrante y perturbadora fantasía. Por eso no quieren aceptar la decisión y recurren a los insultos y a manifestaciones que rozan lo delictivo. El aquelarre celebrado en 2010 en la Universidad Complutense se está repitiendo amplificado por cien. Hay que neutralizar cualquier intento sedicioso.

  Desde El País hasta El Plural, se han esgrimido en su favor pintorescos argumentos que ponen de relieve el extravío jurídico y el sueño de la razón de la izquierda española. Por ejemplo, se dice que su prestigio internacional tendría que haberle preservado de este amargo trago, para que no resultara perjudicada la imagen de España. Quizá a partir de ahora deba guiarse la Justicia española por los dictados del New York Times y tutti quanti, aunque su conocimiento de la materia sea más bien escaso. Lo último es que, según no se sabe qué encuestas de pacotilla, la mayoría piensa que no es justa la condena. Sin lugar a dudas, sería un buen modo de impartir justicia uno consistente en que los medios de comunicación, a través de sus páginas de Internet, preguntasen a sus lectores quién debe ser condenado y quién no. Pulgares arriba o abajo.

  A pesar del título de este artículo, no es seguro que la inhabilitación suponga el fin de Garzón. Circulan elucubraciones acerca de su eventual coronación como líder de un frente popular actualizado y dispuesto a tomar el poder desde la calle. Reconozco que goza de popularidad entre los radicales y que tiene muchos contactos, y soberbia y ambición no le faltan.

  Sin embargo, no será como magistrado. En el cartel de Juez Dredd (1995) había una frase: “In The Future, One Man Is The Law“. Garzón ha perdido esa batalla y ya no podrá ser un juez Dredd capaz de tirar contra la derecha desde la AN.

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  Ad stra per aspera. Es el lema de Kansas. Significa: Hacia las estrellas a través de las dificultades o, en otras palabras, sin sacrificios es difícil llegar a lo más alto. Es un lema al que agarrarse en este prolongado período de crisis económica y, asimismo, un lema en el que refugiarse ante las políticas de corte keynesiano (aunque no basadas en lo que de verdad se hizo en los años treinta) que están retornando al debate público en contraposición a los esfuerzos por reducir el déficit y la Deuda pública. Cada día, desde el PSOE o desde El País –también, horrendum dictu, desde el Gobierno– se expone el tópico de que la austeridad estrangula el crecimiento y que hay que estimular la economía. En su versión más vulgar, este pensamiento se contiene en la siguiente frase: “Sólo con austeridad no llegamos”.

  De entrada, es razonable creer que fuertes restricciones presupuestarias entrañan efectos negativos sobre la economía, una contracción. El problema es que no hay alternativa. Cuando tantos y tan variopintos analistas hablan de estímulos al crecimiento y de que los Estados sean cautelosos con sus objetivos de déficit, me pregunto si es que pertenecen a una realidad alternativa. ¿Más gasto público? ¿Aparcar sine die el aseguramiento de la estabilidad de la Deuda pública? El caso español ilustra a la perfección lo errado de estas opiniones. Con la crisis, de un superávit del 2% se pasó a un déficit del 11% antes de los recortes de 2010. Déficit en gran parte debido a las recetas keynesianas del Gobierno socialista. Esa expansión presupuestaria, hoy incomprensiblemente de nuevo en boga, no palió la destrucción masiva de puestos de trabajo ni empujó el PIB. La experiencia, reciente y clara, no deja lugar a dudas.

  Adquiere plena vigencia un extracto del discurso que Margaret Thatcher dirigió al Partido Conservador en la Conferencia de Brighton de 1980: “Si gastar dinero como agua fuera la respuesta a los problemas de nuestro país, ahora no tendríamos problemas. Si alguna vez una nación ha gastado, gastado, gastado y gastado todavía más, ésa ha sido la nuestra. Hoy ese sueño se acabó. Todo ese dinero no nos ha llevado a ninguna parte, pero aún debe salir de algún sitio. Aquéllos que nos animan a aflojar las restricciones, a gastar aún más indiscriminadamente en la creencia de que ayudará a los parados y a los pequeños empresarios, no son buenos, ni compasivos, ni humanitarios”. Disculparán la larga cita, pero se ajusta como un guante a la discusión en torno al equilibrio presupuestario.

  Los que combaten ese principio, Krugman y compañía, están lejos de despertar del sueño. Para ellos, la economía se asemeja a un drogadicto que, víctima del síndrome de abstinencia, temblando y retorciéndose, requiere sin dilación nuevas inyecciones de vigoroso dinero público. La droga, sin duda, le aliviará momentáneamente y reforzará su confianza en las ventajas de la adicción. Pero, a la larga, el daño será irreparable, no podrá desengancharse y morirá irremisiblemente. El remedio para España y toda Europa es una estricta cura de desintoxicación.

  En cualquier caso, los continuadores de Keynes emiten sus cábalas sobre un escenario (triunfo del ultraliberalismo, déficit cero, especuladores implacables, recortes salvajes…) inventado en buena medida por ellos mismos. Es verdad que en todas partes se ha levantado la bandera del equilibrio presupuestario y la austeridad. En España se ha reformado la Constitución para incluir límites al déficit y endeudamiento públicos. Mas la realidad dista mucho de la letra y buenas intenciones de esos principios. Aquí, sin ir más lejos, el nuevo Gobierno aún no ha acometido un ajuste digno de tal nombre; y ya está pensando en negociar el objetivo de déficit (el 4,4% para 2012). Y, por lo que se refiere a los voraces mercados, nadie está exigiendo que la Deuda pública se amortice de un día para otro. Los inversores sólo necesitan la seguridad de que se les devolverá su dinero, y para conseguirla hay que conducir la Deuda a unos niveles más sostenibles. Lo cual puede hacerse de forma progresiva.

  Indudablemente, deben efectuarse nuevos y severos recortes. Ello quizá ahogue el crecimiento, pero no la recuperación. Esto es, a corto plazo se dejará sentir la temida contracción. 2012 será un año duro en ese sentido. Posteriormente, la economía despegará, pues habrá sido saneada a fondo. Si vuelven las políticas expansivas de 2008 y 2009, España no habrá aprendido nada de errores pasados. Además, cuando el sector público deje de acaparar recursos con sus emisiones de bonos, es claro que más empresas y particulares tendrán a su disposición crédito para sus negocios.

  A Krugman y sus turiferarios les doy la razón en que lo anterior no basta. Son igualmente procedentes reformas de calado. No sólo la del sistema financiero y la del mercado de trabajo, pues hay que actuar en otros muchos ámbitos: en la Justicia, en la proyección de las empresas españolas en el exterior, en educación e innovación, etcétera.

  Depender del Estado para crecer o para tener un empleo, o estar a expensas de lo que decidan y proyecten los poderes públicos, es el ideal socialista que late en el fondo de todos esos preciosos planes de estímulo. Abandonarse en brazos del Estado, que es lo que está ofreciendo Hollande en Francia, no es la solución. Ojalá esa gran nación no abandone la senda reformista marcada por Nicolas Sarkozy.

  Por lo tanto, es mejor sufrir y resistir el temporal. Aceptar las limitaciones, la frugalidad y los recortes. Y atar a Mariano Rajoy en el mástil a fin de que no sea sugestionado por los cantos de sirena de quienes con droga pública pretenden salvar todas las dificultades. Le corresponde a Cristóbal Montoro, desde el Ministerio de Hacienda, la tarea de preservar al líder de tan poderosas tentaciones.

  No sé si la frase es suya, pero en The Iron Lady (2012) Thatcher hace un comentario que cito como conclusión: “Gentlemen, if we don’t cut spending we will be bankrupt. Yes, the medicine is harsh, but the patient requires it in order to live. Should we withhold the medicine? No. We are not wrong“.

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