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Archive for 29 abril 2012

  Según transcurren las semanas, las noticias acerca de Europa y la crisis corroboran que estamos viendo una película llena de fantasía barata y de dudoso gusto, el típico melodrama de domingo por la tarde. En ella, la estricta prusiana Merkel está ahogando a la pobre Europa en el cubo de la austeridad, pero ya acuden a su rescate un grupo de héroes comparable a los Vengadores, con Hollande a la cabeza y Rubalcaba cual fiel escudero. Su medicina para salvar Europa se llama crecimiento y pasa por olvidarse de la consolidación fiscal, o sea, de esas cosas aburridas que hacen los contables, y darse un vivificante baño con dinero público. Y si lo pagan los alemanes, todos contentos.

  Esta película tiene varias fallos y, en definitva, no es creíble. De entrada, la caracterización de Merkel como villana deja mucho que desear. Se ha extendido la creencia de que impone a países soberanos sus decisiones y que es una mujer inflexible a la que no le importa otra cosa que no sea acabar con el déficit. Nada más lejos de la realidad. Son los países soberanos los que quieren seguir formando parte de la moneda única y los que aceptan, por ende, las reglas de juego. Y es tan irrisorio lo que hasta ahora se ha hecho contra el déficit (véase cómo está España) y ha habido tantas modificaciones y negociaciones sobre el calendario de disminución del mismo que no parece que Merkel sea el mejor modelo de intrasigencia. A otros les molesta que haya asumido el liderazgo de la Unión. Es cierto que lo ejerce, pero si hay que salvar el euro y sentar las bases para una recuperación duradera en Europa lo más aconsejable es que el liderazgo recaiga en la persona que gobierna el país que mejor está soportando la crisis y que más aporta a los fondos de rescate. Quien paga, manda, y es obligación de Merkel velar por los intereses de Alemania.

  Otro defecto de esta película –ya demasiadas veces proyectada y sobada– es que los amigos del crecimiento, por llamarlos de alguna manera, se empeñan en que la economía es un juego de suma cero, de forma que si el Estado no invierte cien unidades monetarias que antes invertía, eso ya se ha perdido definitivamente. Su mensaje es que sólo se puede crecer con el empuje de los poderes públicos. Sin embargo, hay particulares que hoy no reciben crédito porque éste va a parar al Estado, y seguramente en sus manos ese dinero se administraría mejor, con mejores resultados para todos. Hay que dejar de endeudarse para cubrir el déficit, y los recursos que se liberen serán bien aprovechados por el sector privado. Lo cual no obsta a que, en el corto plazo, haya contracciones y problemas en la economía, pues debe abrirse paso, con todo el dolor que sea necesario, un modelo de crecimiento no basado en la tutela del Estado y en contraer deudas insostenibles.

  La disyuntiva entre austeridad y crecimiento económico es, pura y simplemente, falaz. Es factible el crecimiento desde la austeridad. Y de no ser así, alguien tendría que explicar muy bien cuál es la otra opción: los keynesianos hablan de crecimiento como si bastara apretar un botón para activarlo y omiten concretar cuáles serían sus milagrosos planes de estímulo.

  La última mentira que, como buena ficción, utiliza esta película es la descripción de los héroes y sus tareas. Rubalcaba, por supuesto, es un perdedor y no cuenta nada, y ya ni se sabe de lo que habla. Pero Hollande no es que esté mucho más capacitado. Los socialistas esperan que este señor triste y sin agallas, el que se esconde de Sarkozy para no debatir con él, el que, según dice su antigua esposa, Ségolène Royal, no ha hecho nada en treinta años de vida política, derrote a Merkel en buena lid y traiga de vuelta el crecimiento como por ensalmo. De paso, salvará a España, proclama Rubalcaba, eufórico. ¿Y todo eso lo hará antes o después de que Francia sea devorada por los mercados cuando aplique sus nefastas recetas? Por suerte, aún hay posibilidades de que gane Sarkozy las elecciones presidenciales y evite la caída de Francia.

  La experiencia y los datos extraídos de la realidad han de bastar para escarmentar de ficciones como la de Hollande, el crecimiento, etcétera. Hay que aparcar las fantasías y admitir que todo ha cambiado y que todos vamos a vivir peor, al menos por un tiempo. El cine no suele durar más de tres horas, y ése es el tiempo en que tardarán muchos en caer en la cuenta de su error si finalmente gana Hollande y hace algo de lo que está diciendo. No más telefilmes. Indigestan y son una pérdida de tiempo.

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  La decisión de Cristina Fernández Kirchner (CFK) de expropiar YPF a Repsol ha encontrado en España, casi unánimemente, una respuesta de rechazo. Repsol ha invertido mucho en Argentina y ha prestado un buen servicio a sus ciudadanos; el único motivo para su expropiación ha sido no plegarse a las inaceptables exigencias de una CFK necesitada de enemigos con los que distraer a los ciudadanos de la crisis por la que atraviesa el país. El resultado inmediato será soberanía energética para mayor gloria de CFK, que podrá presumir y batir palmas, y un mal negocio para Repsol: la tasación se hará a la baja y, además, no hay que fiarse demasiado sobre cómo y cuándo pagará CFK (no existe, hoy por hoy, un Gobierno argentino digno de tal reconocimiento). Más adelante, Argentina saldrá perdiendo. Difícilmente se explotarán al máximo sus magníficos recursos mediante una empresa en las torpes y corruptas manos estatales y es seguro que se resentirán las inversiones extranjeras debido a la palmaria ausencia de seguridad jurídica.

  En España hay un Gobierno dispuesto a defender los intereses españoles, no como antes. Para ciertos analistas, el Estado español no debería tomar partido en los problemas de una empresa privada con otro Estado. Personalmente, me he opuesto a que se pagaran rescates para salvar a particulares que se iban a la aventura a países peligrosos. Sin embargo, creo que el Estado ha de velar por la seguridad de sus nacionales, en el interior y en el exterior. No es lo mismo el pago de un rescate que una operación destinada a liberar a los rehenes eliminando a los secuestradores. En el caso de la expropiación de YPF no hay que quedarse de brazos cruzados. El Estado español puede y debe intervenir en defensa de inversiones españolas y, asimismo, en un plano más ideológico y elevado, superando egoístas intereses nacionales, debe hacerlo en aras del libre mercado y de la propiedad privada.

  Lo que no tengo claro es qué puede hacer exactamente el Gobierno de Rajoy. De un lado, Repsol podría optar por acudir a la vía prevista en caso de controversia en el Acuerdo Bilateral de Protección de Inversiones entre España y Argentina, esto es, promover un arbitraje con el que demostrar que la expropiación fue discriminatoria (lo es) o que el justo precio no merece ese calificativo. De otro, el Gobierno tiene distintas cartas que jugar en el terreno diplomático y en el de las sanciones económicas. En estos casos, la palabra puede ser tan eficaz como los actos. Un Rajoy, un Margallo o un Soria que reprueben claramente, con argumentos y datos, el proceder de Argentina en distintos foros e instancias internacionales puede hacer mucho mas daño a CFK que la suspensión de ventajas arancelarias de la UE para productos argentinos. No hablo de diálogo, sino de confrontación dialéctica, de describir a Argentina como un país poco fiable, dirigido por gobernantes antojadizos y con un futuro muy oscuro.

  Como he dicho antes, la opinión pública española ha reaccionado con indignación. No se trata de patriotismo barato o de echar a los argentinos de los bares. La gente parece haber comprendido que si España deja que sus intereses se pisoteen de esta forma, aunque la directamente perjudicada sea una empresa privada, no tomarán en serio a nuestro país en ningún ámbito, que es justo lo que sucedía en los aciagos tiempos de Zapatero, con una señorita Trini más favorable a CFK y su populismo desatado que a los empresarios españoles.

  Menos acertados han estado los socialistas, que adoptan la postura más cobarde, igual que cuando gobernaban. Y de IU se dan por descontados su odio a España y su nulo respeto por la propiedad. Ellos aplaudirán cualquier expropiación, aunque sea tan injusta, arbitraria, mafiosa y torpe como la presente. La izquierda española continúa presa de lo que he dado en llamar el complejo Perejil. Allá en 2002, Marruecos ocupó la Isla de Perejil, que no es más que un pedazo de tierra. Sea lo que sea, España lo reclama como propio y, en la práctica, extiende su soberanía sobre la isla. Todo lo que mezcle soberanía con hechos consumados unilaterales hay que tomárselo muy en serio (véase la doctrina de los actos propios del Derecho Internacional Público). El Gobierno, no sin vacilaciones, recuperó Perejil mandando a las fuerzas especiales en una operación coordinada de los tres ejércitos. Operación que fue un éxito, cumpliéndose todos los objetivos. Los socialistas no es que abogaran públicamente por un resultado distinto, pero desde entonces hubo muchas mofas y sorna sobre el episodio de Perejil, como dando a entender que la solución militar había sido desproporcionada, casi ridícula y propia del talante autoritario e imperialista de Aznar, y que habría sido mejor una salida diplomática.

  Hoy es reconocible de nuevo ese complejo, según el cual el interés de España no se debe proteger con resolución, sino, como mucho, con diálogo; preferentemente un diálogo desde la debilidad y la sumisión. Así se ha expresado un portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados: “¿Pero qué vamos a ir, a las Malvinas?”. Después habló de la España imperial, de la derecha española, de respuesta desproporcionada… Los socialistas y El País prefieren invariablemente el diálogo, es decir, no hacer nada y rendirse. El Gobierno ha optado por una reacción más eficaz y valiente, aún en sus primeros compases.

  Hay que tener en cuenta que en el siglo XIX había guerras por estas causas, pues los gobiernos se preocupaban de que en el extranjero se respetara la integridad física y patrimonial de sus nacionales. En la actualidad, no es necesario ir tan lejos, pero si el Gobierno español no hiciese nada sería tanto como admitir que este país ha renunciado a la fuerza de la razón y a defender lo suyo.

  Ad abundantiam, y contradiciendo a los socialistas, dudo mucho que sea factible dialogar con CFK. De lo enrevesado y extravagante de sus discursos se infiere una confusión mental que la hace poco idónea para el entendimiento. Su última jugada maestra ha sido depositar el texto legal de la expropiación en la tumba de su marido. Bien, es obvio que con garbage así no se puede hablar. Lo que le importa a esa señora es lo que digan el periódico y la encuesta del día siguiente, por lo que es imposible que entre en razón.

  La situación no se va a revertir. YPF pasará al Estado argentino y el negocio será ruinoso en unos años. Aun así, el Gobierno tiene que demostrar a Argentina que ha cometido un error garrafal, que pagará por sus actos y que las cosas han cambiado en la Madre Patria. Un mensaje que vale para todo el orbe.

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  Ha conmemorado Izquierda Unida el advenimiento de la Segunda República un 14 de abril de 1931 con un vídeo rebosante de falsedades y demagogia, un producto que homenajea al “Himalaya de mentiras”, en palabras del socialista Julián Besteiro, que encerraba la propaganda del Frente Popular. Porque en España, hoy por hoy, la mayoría de republicanos no son otra cosa que nostálgicos del Frente Popular; sobre todo, de sus violencias, robos y extremismo. Así, la otra cara de las celebraciones de IU es esa siniestra imagen de la guillotina, con la hortera bandera tricolor estampada, que utilizan como amenaza a quienes odian con todo su ser. “Nuestros recortes serán con guillotina”, avisan, rabiosos.

  Y es que cobra actualidad, cada 14 de abril, la recriminación que Gregorio Marañón, padre espiritual de aquel trágico experimento, dirigió a los dirigentes republicanos que le tocó sufrir: “¡Qué gentes! Todo en ellos es locura, latrocinio, estupidez”, maldiciendo seguidamente su “estupidez y canallería”. Acertaba de pleno el sabio liberal. Estupidez y canallería. La estupidez de un vídeo en el que se dice que “somos un país” sin revelar cuál, sin mencionar cierta palabra maldita, y uno se ve obligado a colegir que se estarán refiriendo al País de las Mayorías Sociales, remedo del País de las Maravillas. Y, por otra parte, la canallería infinita y vomitiva de Manuel Sosa, coordinador de IU en Badajoz, que dijo literalmente: “Lamentar que el nieto del Rey se haya pegado un tiro en el pie con la cantidad de sitios que hay en el cuerpo para pegarse un tiro”. Estamos hablando no ya de un infante, sino de un chico de trece años que ha tenido un accidente. Estas afirmaciones miserables son el mejor ejemplo del carácter compasivo de los buenos hombres de IU.

  No es extraño que salgan de dicho partido tantos cantos al pacifismo y la no violencia. Así como el PSOE es un partido sin escrúpulos ni principios, dispuesto a toda bajeza con tal de obtener poder, IU es el partido del odio y del resentimiento. De odio se alimenta y odio es lo que supura, cada vez más abundantemente. Odio a los ricos, a los que destacan, a los que saben cuál es el nombre de su país, a los que no pertenecen a las “mayorías sociales” que ellos determinan… Odio, en definitiva, al que no es y piensa como ellos. No en vano Cayo Lara expresó que, para él, la democracia más ejemplar era la cubana. Con esas condiciones se sentirían en su salsa, con la posibilidad de encarcelar al disidente y sin ese bipartidismo que les resulta odioso. Mucho mejor unas elecciones con partido único. Y que ese partido sea IU, como es obvio. Cayo Lara lo sabe bien.

  Por ello, los de IU y muchos del PSOE se identifican gustosamente con el Frente Popular, organización que no encarna, en rigor, ningún valor republicano conocido; y sí, por el contrario, el odio reconcentrado que profesan los comunistas. Eligen, de acuerdo con Azaña, la “política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Y, huelga decirlo, demuestran todos los días cuál es su elección.

  Una de las ventajas de la libertad de expresión es que permite que la gente se retrate. Ayer, afortunadamente, los republicanos pudieron manifestarse, quedando retratados como lo que son, una variopinta tropa filibustera, ignorante, exaltada y retrógrada. Sin embargo, los monárquicos no podrían haberlo hecho lo mismo con la Ley de Defensa de la República de 1931, que castigaba la apología de la monarquía y restringía duramente el derecho de manifestación. No debe de ser tan mala la monarquía parlamentaria española.

  Que se manifiesten y griten y pataleen es bueno para ellos y para los que nos oponemos a su retorno a 1931 (o a 1936), ya que regocija, cuando menos, comprobar la escasez de sus huestes y la poca sustancia de sus argumentos, casi todos de índole anecdótica, es decir, chascarrillos y chanzas sobre la Familia Real. En el corpus doctrinal de los republicanos no hay ideas o sesudos planteamientos: se compone, en esencia, de comentarios propios de un programa del corazón. Uno discute con un republicano y descubre que sus puntos de apoyo son Urdangarin o los gastos de la Casa Real. Tal vez imaginan que no hay corrupción en las repúblicas o que un presidente republicano viviría debajo de un puente. No hay debate de altura y, con IU como máximo portavoz de los anhelos republicanos, es imposible que lo haya.

  No sé ustedes, pero prefiero infinitas veces a un Rey cazando elefantes en una merecida semana de descanso que a un sosias de Cayo Lara o Llamazares sentado en el Palacio Real, echando esputo por la boca y llamando a confiscar bienes privados y encarcelar a los disidentes.

  Como monárquico, no ocultaré que me preocupan los últimos sucesos. “Lo que ocurre con la Familia Real española se lo inventa un guionista de telenovela y lo echan de los estudios por loco”, ha escrito Jesús Cacho. El Rey ha sido inoportuno en su viaje y, especialmente, en su caída. ¡Un tropiezo en el peor momento! Lo cual no es motivo suficiente para atacar el crédito y el prestigio de la monarquía, que se basa en un Jefe de Estado que cumple con sus obligaciones desde la institución de la Corona, con toda su legitimidad histórica y democrática. El Rey no faltará a esas obligaciones. El Rey seguirá defendiendo los intereses de España y sirviendo a su pueblo. Si decide cazar o divertirse después, bienvenido sea. Pero con precaución, Majestad, que los borricos dan coces de vez en cuando.

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  Esta semana ha sido descubierto un nuevo enemigo de España, uno distinto de los perversos mercados que cada día asedian la piel de toro. Se trata, según los medios de comunicación y ciertos partidos políticos, de Nicolas Sarkozy. Ha cargado, arremetido contra España. Bien oiréis lo que decía: “No hay un francés que desee la situación que han conocido los griegos y que ahora conoce España”.

  ¡Qué infamia! ¡El honor español ha sido arrastrado por los suelos! Los socialistas, prestos en su defensa de los intereses de España, han exigido a Rajoy que desautorice al gabacho y… Un momento, aquí falla algo. ¿Un ataque a España? Más que a España, interpreto las palabras de Sarkozy como un ataque a las políticas socialistas que son las causantes de que hoy persista la crisis de confianza en torno a la Deuda pública. El francés hurga en la herida, pero su propósito es enseñar a los franceses las consecuencias del socialismo. No creo que haga falta que Sarkozy señale con el dedo a España para que los mercados y la Unión Europea tengan motivos de alarma.

  Así pues, lo que el PSOE está pidiendo a Rajoy por boca de la vivaracha y pizpireta Rodríguez es que salga en defensa… del propio PSOE. ¡Como si los años de Zapatero fueran ya pasto del olvido! No hay que hacer mucha memoria: España continúa padeciendo los efectos de las recetas socialistas, desde los 400 euros para comprar votos al descontrol autonómico y los planes de estímulo inútiles. Hasta el último minuto mintieron sobre la cifra de déficit, ocultando una desviación brutal.

  Para salvaguardar la credibilidad de España y su dignidad, lo que deben hacer los socialistas no es acallar a quien tan sólo expresa la cruda verdad, sino reconocer sus errores y abandonar su oposición infantil a las inevitables restricciones presupuestarias. Es ridículo, con un déficit colosal y unos inversores cada vez más espantados, aparecer ante el mundo como el hidalgo del Lazarillo de Tormes, que presumía de prosperidad a pesar de estar arruinado… con tal de no poner remedio a su situación. Si su herencia es el blanco de los dardos de Sarkozy, que agachen la cabeza y hagan penitencia los fieles de Rubalcaba. Es lo justo.

  Hollande ha contraatacado destacando que Sarkozy no tiene nada de lo que presumir. Sin embargo, Francia no está tan mal como España, y es perfectamente legítimo que su Presidente subraye las diferencias y advierta sobre los males que conllevaría el “festival de gastos” prometido por Hollande, un hombre de maneras, imagen y mensaje deprimentes. Sarko ha dicho que cumplirá “escrupulosamente” los objetivos de déficit a fin de que Francia no viva “las mismas dificultades que España”.

  Incluso en la actualidad, con un Gobierno del PP, en principio más serio, esas dificultades persisten y van a agravarse. Agradezco mucho a Sarkozy que saque el tema sin reparos porque conviene reflexionar muy a fondo acerca de lo que está pasando. El problema de España no es únicamente que el PP no vaya a gobernar en Andalucía (siendo ello de una gravedad extraordinaria, pues el PSOE ya ha prometido a IU que nada de equilibrio presupuestario). El Gobierno de Rajoy, tal y como ha señalado muy agudamente Jesús Cacho, parece haber asumido las tesis socialdemócratas, y cuando se ve obligado a restringir el gasto pide perdón, siente pánico. El propio Rajoy aclaró que los Presupuestos Generales del Estado no gustaban a los miembros del Consejo del Ministros. Es decir, si pudiese agrandaría aún más el tamaño del Estado que malamente soporta la nación. Sin convicciones, sin batalla de las ideas contra la izquierda y sin traspasar esas líneas rojas del gasto social marcadas por Elena Valenciano, ¿cómo honrará el Gobierno los compromisos adquiridos con la UE? ¿Cómo impedirá la caída de España?

  Pese a la mucha actividad desplegada por el Gobierno a lo largo de sus cien primeros días, es comprensible que la desconfianza siga pesando sobre España como una losa. Pensando en Andalucía y después de hacer tragar a la UE un nuevo objetivo de déficit, Rajoy retrasó la presentación de los PGE, haciendo creer que iban a ser terroríficos. Una vez se han dado a conocer, no son para tanto. El gasto se reduce, sin duda, en una importante cuantía, pero parte del esfuerzo recaerá sobre unas Comunidades Autónomas poco dadas a la austeridad. La mitad del ajuste total se busca por el lado de los ingresos, a través de la eliminación de deducciones en el Impuesto sobre Sociedades y la amnistía fiscal. Se manejan unos datos de recaudación que pueden cumplirse… o no. Y si es que no, España será intervenida antes o después. Tal vez entonces deje Soraya de presumir de que no se toca el gasto social.

  Andalucía, País Vasco y Cataluña en abierta rebelión frente al Gobierno central. Los sindicatos intratables, echados al monte. Montoro y el PP incapaces de explicar de forma persuasiva sus decisiones. Y el paro no da tregua. ¿Ven como Sarkozy sí que está en condiciones de presumir? Puede que mañana Francia tenga problemas similares, pero por ahora puede permitirse el lujo de mirarnos por encima de los Pirineos.

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  El sonado fracaso de la huelga general, que tuvo un seguimiento mucho menor de lo que los sindicatos anhelaban, ha de ser un acicate que impulse la agenda reformista del Gobierno. Superado este escollo y las elecciones andaluzas y asturianas, el Gobierno no puede seguir jugando a ser tibio, ni en sus hechos ni en sus palabras. Ya no hay intereses partidistas que atender, y tampoco los asalariados, como ha quedado demostrado, están contra él. Vía libre, pues, para actuar hasta las últimas consecuencias.

  El Gobierno está en condiciones de responder a las amenazas de los sindicatos y, lo que es más urgente, eliminar sus privilegios paulatinamente. UGT y CCOO son dos organizaciones que reciben dinero público a espuertas. Desde subvenciones de todo tipo hasta beneficios producidos por los cursos de formación de desempleados, pasando comisiones por negociación de los ERE. Y disfrutan de una presencia institucional que no se corresponde con la escasa afiliación que les caracteriza.

  Los españoles son conscientes, en su inmensa mayoría, de esta realidad. Por eso no pueden esperar los sindicatos un respaldo masivo, y su intención de ir a un conflicto social no es más que la expresión de su impotencia. Son actores políticos que en nada benefician a los trabajadores que supuestamente representan. Y si se han opuesto a la última reforma del mercado de trabajo con tanta exageración como hipocresía, ha sido únicamente porque temen perder privilegios y protagonismo. ¿Qué iba a ser de Méndez y Tocho sin poder aparecer en las noticias, codo con codo, sin corbata, hablando de injusticias sociales y de empresarios facciosos? Hoy mismo, Méndez decía en El Mundo que tienen un “peso equivalente al de un partido político mayoritario”. Es muy fácil creer tal cosa sin pasar por las urnas. Sin duda, el bien de España exige que estos dos mentecatos no vuelvan a condicionar jamás la política económica del Gobierno.

  Han desperdiciado el cartucho de la huelga general contra un Gobierno que ni había cumplido cien días. Aunque haya podido tener un apoyo ligeramente superior a la de 2010, su incidencia ha sido moderada. Es normal que Tocho no quisiera comentar cifras o contar huelguistas. Mejor ahorrarse sorpresas desagradables. De hecho, ni han dado argumentos sólidos sobre por qué es tan mala la reforma. Muchos epítetos y palabras altisonantes, pero poco fondo.

  Lo único a destacar de la jornada de huelga fue la violencia de los liberados sindicales, que, constituidos en piquetes coactivos, volvieron a apedrear escaparates, agredir a los trabajadores y obligar a cerrar negocios. Mientras los que decidían ejercer su derecho al trabajo eran perseguidos por los piquetes, Méndez y Tocho, Pili y Mili, recriminaban al Gobierno la fuerte presencia policial. ¡Acaso pensaban que sus esbirros podrían actuar impunemente!

  Pues bien, este ejercicio de irresponsabilidad, egoísmo e incluso divismo (por parte de los dirigentes sindicales) lo rechazan los españoles, ya suficientemente maduros, en principio, como para depender de los sindicatos o comprar historias de terror sobre los empresarios, que habrá algunos impresentables pero que son necesarios para crear riqueza y empleo. El Gobierno tiene que aprovechar esta corriente de opinión, cosa que, a mi entender, no está haciendo. Cuando los sindicatos aporreen tambores de guerra, el Gobierno debe exigirles luz y taquígrafos sobre sus cuentas, que gozan de opacidad: no son auditadas por el Tribunal de Cuentas. Cuando pidan diálogo, debe recordarles cómo dialogan sus piquetes. Y, para terminar, puede ignorarlos, marginarlos, despreciarlos. Siempre con elegancia y juego limpio, por descontado.

  Es el momento de liberar a España de esta lacra sindical, de estos brazos armados y asilvestrados de PSOE e IU. Los sindicatos tienen un papel que cumplir en las empresas, preocupándose de los trabajadores que lo requieran. Que abandonen esa pretensión de decidir lo que hace o deja de hacer el Gobierno; mucho menos si es con la única finalidad de salvaguardar privilegios que no merecen. Sería un buen comienzo que, progresivamente, se empezaran a financiar mediante las cuotas de sus afiliados. En tal hipótesis, si los trabajadores los encuentran necesarios y útiles se afiliarán y ayudarán a su sostenimiento. Si no, perecerán. El dictamen del mercado es el más justo.

  Por último, Mariano Rajoy, en caso de que los sindicatos recrudezcan el conflicto apoyándose en la extrema izquierda para incendiar las calles, puede tener presentes las sabias palabras de Stanley Baldwin, un tory que superó una huelga general mil veces peor que la del jueves: “Respetad a las autoridades. Haced respetar las leyes, cuya custodia corresponde al Parlamento. La huelga general es un desafío al Parlamento y el camino hacia la anarquía y la ruina”.

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