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Archive for 26 agosto 2012

Faltó Budapest

  Si alguien viaja a Praga y, a continuación, a Viena, surge la sensación de que falta una tercera ciudad que visitar: Budapest. Pues estas tres ciudades eran las principales del Imperio Austrohúngaro, que fue disuelto tras la Gran Guerra (1914-1918) por decisión de los vencedores. En fin, no pasé por Budapest, aunque es cierto que no encerraba tanto interés para mí como las otras dos.

  De Praga me habían hablado muy bien, como la ciudad europea más hermosa. Y lo es. Hay mucho edificio necesitado de restauración (no a cargo de ancianas beatas, por favor) y un cierto caos circulatorio debido al tranvía y a las zonas peatonales. Ciudad poco homogénea, con muchos capiteles dorados, entresijos, curiosidades y leyendas, ha sido la cuna de artistas muy famosos y un gran centro cultural. Mi leyenda favorita, naturalmente, es la del Golem, monstruo de barro creado por un rabino sobre el que trata la novela del mismo nombre, de 1915, de Gustav Meyrink, que leí tiempo atrás y que me dejó un tanto desconcertado (no es una novela al uso).

  El monumento al que más veces presté atención fue el Reloj Astronómico. Descifrar toda la información que ofrece requeriría casi un tratado, así que me limitaré a señalar su característica más popular, las figuras que se mueven automáticamente cada hora entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche. Siempre hay gente congregada en ante el Ayuntamiento Viejo para asistir al espectáculo. La figura más impresionante es la de la muerte, un esqueleto que agita una campana, símbolo de que a todo le llega la hora, y asiente con su cabeza sonriente. In ictu oculi.

  Sin duda, Praga era una ciudad destinada a gozar de mi simpatía por eventos históricos como la Primavera de Praga (1968) y la Revolución de Terciopelo (1989). La ciudad es un emblema de la libertad y la resistencia contra el comunismo, y en ella se erigió en 2002 un conmovedor Monumento a las Víctimas del Comunismo. Asimismo, bajo la protección de la gigantesca estatua ecuestre de Wenceslao (patrón de Bohemia e ídolo de la ciudad) y cerca del Museo Nacional existe un monumento en homenaje a Jan Palach y Jan Zajíc, dos estudiantes que se suicidaron inmolándose en protesta por la ocupación soviética de Checoslovaquia que puso fin a la Primavera de Praga.

  Como saben, el carismático y fundamental Václav Havel murió en diciembre del año pasado. Sentí mucho esa pérdida, ya que era un intelectual liberal y un político honesto. Caminando por un parque cercano al Arroyo del Diablo, me topé con una pintada en la que aparecía la figura de Havel con el sempiterno cigarrillo en la mano. Debajo ponía: “Life is a mistery. His life is History“.

  Praga es medieval, sombría, misteriosa. Con mi llegada a Viena, en cambio, rápidamente noté la luminosidad imperial. Una capital ordenada, limpia y perfeccionista, sin nada que envidiar a París o a Londres. Viena, arquitectónicamente y por derecho propio, continúa siendo la capital de un imperio que, desgraciadamente, ya no existe. La divisa AEIOU, o lo que es lo mismo, Austria est imperare orbi universo (Austria debe mandar en todo el mundo), ha perdido su poder, no puede cumplirse ya.

  Su configuración e imagen actual la debe Viena en gran parte al emperador Francisco José I (1830-1916), pues fue él quien ordenó la creación de la Ringstrasse en 1857, anillo de oro de la ciudad en el que se alzan edificios sumamente representativos, como el Parlamento, el Museo de Historia Natural, la Iglesia Votiva, la Ópera Estatal, el Ayuntamiento… Cada una de ellos fue diseñado en un estilo distinto, conformando un imponente museo al aire libre de estilos arquitectónicos. En mi opinión, es espectacular, una gozada para los espíritus elevados y amantes de la grandeza. No obstante, en su tiempo estas construcciones recibieron críticas (Secesión vienesa) al no corresponderse con el tiempo en que fueron concebidas.

  Como he dicho, Francisco José I es una figura esencial de la Viena moderna. Fue un hombre de Estado ejemplar, si bien chapado a la antigua en cuestiones políticas. Se consideraba a sí mismo el primer funcionario de su Imperio, por lo que trabajaba duramente cada día, y dormía en un simple catre militar en uno de los mayores palacios europeos (el Hofburg), lo que pone de manifiesto su carácter austero y sobrio. Fue un monarca absoluto que creía que su poder provenía de Dios, y durante su reinado tuvo que imponerse a muchas revoluciones y problemas. Sin embargo, eso no le impedía recibir en audiencia a cualquier súbdito que así lo solicitara, sin importar su clase o condición. Y todos eran despedidos con una leve inclinación de cabeza en señal de respeto.

  Pocas vidas tan desgraciadas como la de este hombre irrepetible, modelo de monarca por el que uno daría la vida gustoso y que si saliera de su tumba muchos austríacos reverenciarían. Perdió a muchos familiares y seres queridos, entre ellos su esposa, la emperatriz Sissi (1898), asesinada, o su hijo Rodolfo, que se suicidó en 1889. Y aunque murió en 1916, antes del final de la Gran Guerra, ya era obvio que el Imperio iba a ser derrotado. De hecho, sólo le sobrevivió tres años.

  Mi encuentro con el Emperador se produjo en la Cripta de los Capuchinos, el lugar de descanso de los miembros de la dinastía Habsburgo (el equivalente del Panteón de Reyes en El Escorial). Su tumba, blanca, sin decoración, está entre la de su mujer y su hijo, cubierta de flores. Allí me detuve un buen rato con la finalidad de meditar y rendir pleitesía a Su Majestad Imperial.

  Para terminar, no puedo por menos que referirme a los Gasometer, ubicados al lado del hotel donde me alojaba. Posiblemente no aparezcan en muchas guías de viaje, pero merece la pena verlos. Los Gasometer son cuatro depósitos de gas construidos entre 1896 y 1899 y que, hoy día, evidentemente ya no desempeñan su función original. Dentro hay un centro comercial y viviendas, y se conservan las fachadas de ladrillo rojo. Así dicho no llama mucho la atención. Hay que verlos. Son cuatro cilindros enormes, tan altos como una torre. A mí me conquistó la mezcla entre edificación industrial del siglo XIX y templo del consumismo del siglo XXI.

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  El estío español está siendo abrasador. España arde real y metafóricamente. Así, es más agotador de lo normal abrir el periódico y, con pasmo, leer algunas noticias. Apurando los últimos días de relativa tregua antes de un curso que promete ser extremo, Mariano Rajoy anda por tierras andaluzas. No está allí persiguiendo a Sánchez Gordillo y su cuadrilla de forajidos, sino de visitas místicas, con lo que le salen reflexiones asombrosas: “A veces estamos pensando siempre en lo material, y al final los seres humanos somos sobre todo personas, con alma y con sentimientos, y esto es muy bonito y me reconforta mucho”. Es obvio que el calor tiene efectos poderosos. Después de oírle, sólo puedo pedir a Rajoy que se deje de filosofías baratas y se dedique a gobernar.

  Noticias como la reseñada y otras muchas obligan a apartar la vista de la cuarteada, marchita piel de toro y posarla en lugares donde también hay problemas pero en los que se vislumbran personajes e ideas más refrescantes. Obviamente, estoy hablando de Estados Unidos. Allí la campaña electoral es eterna, exhaustiva, con miles de actos, entrevistas y debates. Mientras que el español normal (Rajoy el primero) prefiere aburrirse con el ciclismo y echarse la siesta, a mí me atrae la vorágine americana. Me entretiene y, además, me reconforta: más que pensar en si somos humanos y en los misterios del alma, ciertamente.

  Y si en 2008 apoyé a John McCain, hoy apoyo sin rodeos a Mitt Romney como candidato del GOP, que ha elegido al congresista Paul Ryan como segundo en su carrera electoral. Este ticket me inspira mucha confianza, más de lo que lo hacía el equipo formado por McCain y Sarah Palin. Romney, empresario y multimillonario, ex Gobernador, es un hombre capaz de liderar un comeback de Estados Unidos. Teniendo en cuenta a los candidatos republicanos que se midieron con él en las primarias, es la opción más amable, moderada, respetable y sustancial. Adolece de cierta ausencia de carisma y de no entusiasmar a las bases, pero con la elección de Paul Ryan como candidato a Vicepresidente ha solventado con acierto esa carencia.

  Ryan, un joven bien formado en la Cámara de Representantes y experto en temas presupuestarios, posee la ventaja de combinar unas convicciones firmes (gobierno limitado, control del gasto público, dar más libertad a los individuos…) con una forma clara y sensata de expresarlas, sin caer en las estridencias y exageraciones de proporciones bíblicas de otros republicanos. Y otro dato relevante es que acumula una ingente experiencia como congresista trabajador, al pie del cañón. Mucho le va a costar al veterano Joe Biden, últimamente un tanto desfasado, superarle en los debates televisivos.

  Las encuestas reflejan un empate persistente entre Obama y Romney. El actual Presidente ya no puede permitirse la lírica de 2008, ya que ahora, por fin, hay unos hechos y una gestión que evaluar. Lejos quedan  las expectativas que creó. El país se va recuperando lentamente de la crisis, pero, como muchos americanos, creo que no es gracias a los planes de estímulo de Obama. Él sigue insistiendo en esa idea, equivocadamente. Se acabará volviendo en su contra, si no lo ha hecho ya. Lo cual no supone que tenga perdidas las elecciones. Después de todo, la economía no va tan mal y en, en el exterior, no ha sido tan débil como algunos pronosticábamos, a excepción del caso iraní, que debe ser resuelto con urgencia y desde el aire.

  Sea como fuere, la sola contemplación del historial y evolución de los dos candidatos republicanos me devuelve algo de esperanza en el mañana. Allí no hay Fátima Bañez, ni Jorge Fernández Díaz, ni Gallardón. No son unos perdedores vocacionales. Pueden votar a Ryan, que escribió: “Ahí [en Europa], la dependencia del Gobierno deriva en una complacencia descrita como un despotismo suave, donde las ayudas concedidas por el Gobierno se convierten en más importantes para la mayoría de la gente que el precioso derecho a gobernarse a sí mismo como individuo y como sociedad”. El contraste entre este texto y las sesudas reflexiones de Rajoy antes citadas es casi doloroso, y sé que las comparaciones son odiosas. Honestamente, en estos días de verano no apetece apurar el cáliz de las desgracias españolas. Prefiero beber una buena Pepsi.

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