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Archive for 30 septiembre 2012

  Uno de los pocos estadistas que ha tenido España, Cánovas del Castillo, declaró: “Un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución, y esto porque ignora lo que es”. Pues bien, con plena consciencia de lo que es una revolución mucha gente de bien (admito que no sólo extremistas) acudió a manifestarse en las inmediaciones del Congreso de los Diputados, a fin de alentar un proceso constituyente revolucionario. Su derecho de manifestación fue respetado, pero cuando sujetos violentos trataron de forzar el cerco policial para asaltar la sede de la soberanía nacional, objetivo original de la convocatoria, las fuerzas del orden intervinieron con firmeza y mesura, de la misma manera que sucede en otras democracias del mundo civilizado, como Francia o Inglaterra.

  Es comprensible el descontento popular y las críticas contra el Gobierno, la clase política y las instituciones en general. Es inevitable en tiempos de crisis, y con más razón en España, ya que la necesidad de una regeneración democrática es cada día más perentoria. El problema es que los que fueron a la manifestación han asumido que la voluntad de la calle puede sustituir a la voluntad libremente expresada en las urnas; y han asumido algo más, y es que la calle siempre tiene razón. Y las razones de la calle, sinceramente, no poseen mucha sustancia. No son más que rimas en cartones, tópicos repetidos hasta la saciedad. Puede que el Gobierno lo haga de pena y que el Parlamento esté lleno de politicastros, pero no me pondría jamás en manos de asambleas callejeras y filósofos de pacotilla que piensan que el dinero cae del cielo. La salida de la crisis no la traerán consignas de megáfono y pancartas pintarrajeadas con lemas ingeniosos.

  Y, por otra parte, no hay mucha coherencia en sus propuestas y deseos. Piden que el “próximo parado sea un diputado”. Bien, es obvio que sobran políticos en todas partes. Sin embargo, me temo que Esperanza Aguirre, que abrió el debate sobre la reducción del número de diputados en la Asamblea de Madrid, no tendría una acogida muy calurosa en una manifestación de indignados. Su impulso es más bien destructivo, negativo, como pone de relieve el mensaje de uno de los carteles más reproducidos: “No”.

  ¿No a qué? Se sobrentiende que no a los recortes, al control del déficit, a las hipotéticas privatizaciones, a la reforma y modernización del Estado de Bienestar. Aunque los manifestantes son pocos, hay una parte importante de la sociedad española que no está totalmente convencida de la transcendencia de una agenda reformista y que opina que la austeridad es un mero ejercicio de sadismo. El Gobierno, que parece avergonzarse de sus propias políticas, debería estar explicando mejor por qué hace lo que hace y cuál es su visión de España. Se echa de menos un discurso más audaz, fundamentado y atractivo, distinto del fatalismo y el tono de administrador resignado que caracteriza a Rajoy. Y hay que añadir el agravante, además, de que el Gobierno, en realidad, no está llevando a cabo ni la mitad de la mitad del ajuste que requiere el sector público para no generar más déficit y Deuda pública. Eso es algo que los indignados ni se paran a valorar.

  De momento, lo único que han conseguido con su algarabía los aprendices de revolucionario es que los mercados y la Unión Europea desconfíen aún más de España. Y, en lo que a mí respecta, todas esas imágenes que ha dejado la protesta –el camarero protegiendo a unos alborotadores, el hombre tendido en el suelo y sangrando, los policías en Atocha– no me conmueven un ápice. Lo que me vino a la mente, al igual que a Juan Ramón Rallo, fue una escena típica de “países bananeros donde una mayoría de ciudadanos y de grupos de presión aspira a meter el cazo en el presupuesto y a vivir de él, esto es, del dinero de su vecino”. No aguanto a las termitas.

  ¿Se salvará España? Ya no lo sé. Del Gobierno, de ese PP ya netamente socialdemócrata, espero poco o nada y las alternativas son peores. Sea como sea, mientras llega el desenlace, me acojo a lo dicho por Emilio Castelar en cierto discurso memorable en el Congreso de los Diputados: “Renunciemos a las revoluciones y unámonos todos en los sentimientos que a todos deben inspirarnos bajo la bóveda de este templo: en la santidad de la Ley y en el amor de la libertad y de la patria”.

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  Las elecciones presidenciales de 2008 en Estados Unidos concitaron una atención fuera de lo común, lo que tuvo su reflejo en los medios de comunicación, que se volcaron en ellas. Pero la mejor manera de enterarse del devenir de aquella campaña fue leer Un vasco en Nashville. Su autor, Antxon Garrogerrikabeitia, realizó un seguimiento exhaustivo de todo lo que acontecía, desde entrevistas a town hall meetings. Posteriormente, cubrió las elecciones de 2010 a la Cámara de Representantes, las primarias republicanas y, en la actualidad, las nuevas presidenciales, que se decidirán el día 6 de noviembre. En su nuevo blog, 2012, no se perderán ni un detalle de dichos comicios y podrán disfrutar en sus análisis y comentarios de su conocimiento enciclopédico de la política americana.

Pregunta.- ¿Cómo nació la idea de crear un blog dedicado enteramente a las campañas electorales americanas y con la voluntad de abarcar casi cada acto, anuncio y declaración?

Respuesta.- Dos amigos por separado me insistieron en que lo hiciera hace cinco años. Lo probé, me vi capaz y me gustó. Ahora se ha convertido en una rutina cuatrienal. Cualquiera que se instruya con sus propios medios puede hacerlo. De niño veía películas como  El cementerio viviente o Salem’s Lot basadas en historias de Stephen King y me preguntaba dónde estarían esos pueblos donde tenían ideas tan interesantes como el crear cementerios para enterrar a las mascotas atropelladas por los camiones que circulaban a toda velocidad. Localicé Maine en el mapa y me enteré que de allí eran Joshua Chamberlain, el general de la Guerra Civil americana, o Melville Fuller, el presidente del [Tribunal] Supremo de Estados Unidos que pronunció la frase “Justicia igual bajo la Ley”, que ahora está esculpida en la fachada del edificio del Tribunal. Y como me gustaba la Historia, pues supongo que una cosa me llevó a la otra.

P.- ¿Qué elementos de una campaña americana consideras que son superiores a los propios, por ejemplo, de una española? ¿Señalarías algún defecto?

R.- En Estados Unidos, por ejemplo, hay más interacción a través de Internet. En España el uso de Internet y en concreto de las redes sociales por parte de las campañas suele ser temporal y solo para lanzar mensajes. No hay interacción. Esto no es más que el reflejo de la diferencia que existe entre ambas culturas políticas. En una el proceso electoral empieza con asambleas ciudadanas en Iowa. Los partidos españoles, por contra, priman la disciplina y la cohesión sobre la democracia y el pluralismo.

Creo que el origen de la diferencia hay que buscarla en la financiación. Mientras que en Estados Unidos el individuo decide si quiere contribuir a un candidato, en España los contribuyentes se ven obligados a financiar la campaña de todos los partidos, incluso de los que no van a recibir su voto, y se favorece a los que tienen representación parlamentaria. Es un sistema impenetrable, sin resquicios, que acomoda al político profesional e induce al votante a desistir de participar porque sabe que no tiene influencia.

Lo peor de las campañas americanas es que muchos votantes se nutren de las tertulias de periodistas que saben un poco de todo y mucho de nada. Pero eso ya se ha exportado también a España.

P.- ¿Cuál es tu balance de estos cuatro años de presidencia de Barack Obama?

R.- Le ha faltado claridad para vender a los ciudadanos un proyecto económico, un eje articulador que permitiera saber cuál era su plan para crear empleo. Pero para mí lo más relevante es que ha resultado ser un Presidente muy convencional. Ha avalado la cultura política que existía en Washington. Ha pactado su agenda con grupos de intereses especiales (la reforma sanitaria con los sindicatos de empleados públicos SEIU y AFSCME a cambio de habilidad para enrolar millones de miembros adicionales). Ha tomado decisiones dictadas por intereses políticos al margen de la realidad económica. Ha manifestado falta de transparencia en el uso y asignación de recursos, por ejemplo el uso del programa de empleos verdes para premiar a contribuyentes de sus campañas. Las puertas de la Casa Blanca han continuado abiertas para los lobbystas que acuden a defender las posiciones de sus clientes. Ha invocado el privilegio ejecutivo para dificultar investigaciones de los comités de supervisión del Congreso a funcionarios de su Administración. Ha sido algo más accesible que Bush para la prensa pero mucho menos que Clinton o el primer Bush. Su desempeño desmiente el discurso del que se sirvió para ser elegido.

P.- En 2008, las elecciones en Estados Unidos fueron un acontecimiento mundial, con Obama de máxima estrella. ¿Por qué estas elecciones están teniendo una menor atención en Europa u otros lugares?

R.- Una de las razones está en la respuesta anterior. El Presidente Obama no ha sido lo que el candidato Obama prometió. Solo ha sido un Presidente más. La otra es que las últimas elecciones llegaron al final de una década en la que la política exterior había dominado los titulares de la prensa, con el 11-S y las guerras de Afganistán e Iraq. Eso había disparado el interés de la opinión publicada mundial por el proceso electoral de Estados Unidos. Los líderes de opinión europeos esperaban que el electorado castigara a Bush para poder descansar tranquilos. A eso se sumó la curiosidad que despertaba la posibilidad de ver a un negro y a una mujer optar a la presidencia por primera vez con posibilidades reales.

P.- ¿Sobre qué ejes está girando esta campaña? ¿Qué la diferencia de la de 2008?

R.- Estas elecciones no giran tanto en torno a la biografía y personalidad de los candidatos. El lenguaje generacional, la conquista del futuro, la superación de las divisiones, el valor de la juventud para renovar la clase política, fueron los temas que dominaron la campaña de Obama en 2008. Temas que iban de la mano con su historia. Todo eso ha muerto. Ahora Obama está apostando por un discurso de polarización ricos-pobres porque espera que éstas sean unas elecciones de trincheras. Tardó en reaccionar al crecimiento de los republicanos pero cuando se dio cuenta, empezó a gastar más en televisión, a usar el Gobierno para hacerse propaganda y entró a la campaña negativa que había condenado antes.

Romney ha apostado durante la mayor parte del año por una campaña distante y unidimensional. Ha hablado poco de sí mismo y se ha centrado en exponer las razones para no votar a Obama. Sin entusiasmar, ha sabido utilizar las malas noticias económicas para mantenerse en la pelea. Y ha sabido recaudar dinero y organizarse, dos cosas básicas para enfrentarse a un Presidente en ejercicio. Sin embargo, ha cargado con problemas de credibilidad por el secretismo de sus declaraciones de impuestos y por la vaguedad de su mensaje.

P.- ¿Fue un acierto que Mitt Romney escogiera a Paul Ryan como compañero de ticket?

R.- Creo que fue una decisión valiente. Pero también creo que Romney no ha estado a la altura de esa decisión. Me explico: seleccionando a Ryan, Romney estaba dando la razón a los que le reclamaban un discurso más profundo. Era como declarar que estaba dispuesto a abordar las elecciones como una contienda ideológica, un debate de ideas sobre la deuda, el gasto público, el ObamaCare, la reforma del programa de seguros de salud para jubilados. Temas incómodos y exigentes. Sin embargo, en pocas semanas volvió a situarse en modo seguro con una estrategia de cero riesgos. Creo que desaprovechó la oportunidad que le daba Ryan de dar más contenido a la campaña.

P.- ¿Cuál fue el mejor discurso de las dos convenciones, republicana y demócrata?

R.- El de Bill Clinton porque fue el que más servicio prestó a su candidato. Tuvo habilidad para exponer argumentos complicados en los términos más simples y además sirvió para superar la acritud que podía quedar entre las facciones de Obama y Hillary de la campaña de 2008. También destacaría a Marco Rubio, que estuvo a la altura de las expectativas, a Condoleezza Rice, que confirmó que puede hacer carrera política si quiere, y a Mike Huckabee, que sigue siendo el hombre más elocuente que he escuchado últimamente.

P.- ¿En qué punto se encuentra la campaña? ¿Cuáles son los hitos que quedan hasta el 6 de noviembre?

R.- Hace unos días un grupo de enfoque con votantes del norte de Virginia ponía de manifiesto que los indecisos son muy escépticos sobre Obama pero no conectan con Romney. Así que en las próximas semanas veremos a Romney pidiendo a los votantes desencantados un voto de confianza para poder demostrar que puede resolver los problemas del país, y a Obama tratando de convencerlos de que vuelvan a votarle porque Romney es, según su descripción, un elitista insensible que no comparte sus penas. Romney quiere que las elecciones sean un plebiscito sobre Obama. El Presidente quiere que sean una elección sobre quién de los dos conecta mejor emocionalmente con el votante.

Octubre es el mes importante. En muchos de los estados indecisos se empieza a votar por adelantado en octubre. Los tres debates presidenciales y el debate vicepresidencial tienen lugar en octubre. Es el mes en el que ignorar la campaña se vuelve imposible hasta para el público más perezoso. Las elecciones monopolizan los espacios informativos y publicitarios en televisión y los reporteros buscan señales sobre quién ganará en los detalles más absurdos, como las ventas de las máscaras de los candidatos en Halloween.

P.- ¿Qué esperas de los ya próximos debates electorales?

R.- Creo que son una oportunidad para Romney, que sigue siendo un gran desconocido para el electorado. Debe utilizarlos para dar a conocer mejor sus planteamientos estratégicos, así como rasgos de su personalidad que no son públicos.

P.- Las encuestas diarios indican un empate técnico entre ambos candidatos. ¿Hay que fiarse?

R.- El equipo de Obama nos dice que no hagamos caso a las encuestas nacionales, que ellos tienen la ventaja en los estados indecisos y que eso es lo que importa. Pero la Historia nos dice que hay un 95% de probabilidad de que el ganador del voto popular nacional sea también el ganador del voto electoral, así que sería una pérdida de tiempo y energía para cualquier humilde observador obsesionarse demasiado con el mapa electoral.

Muchas encuestas están tomando como referencia la composición del electorado de 2008, un año de gran entusiasmo demócrata y una movilización sin precedentes entre las minorías. Es discutible que ese sea el electorado que tengamos este año. Aunque la convención demócrata parece haber animado a las bases del Presidente, el poco interés que ha habido por la elección durante todo el año augura una caída en la participación en los sectores tradicionalmente menos activos. Así que en el blog de momento solo sigo los modelos más realistas de Gallup y Rasmussen. No daré protagonismo a las encuestas hasta las últimas dos o tres semanas de la campaña, cuando las muestras se ajustan más al ánimo con el que el electorado afronta las elecciones.

P.- ¿Piensas que el vídeo de Romney hablando de votantes dependientes del Gobierno ha dinamitado sus posibilidades de acceder a la Casa Blanca?

R.- Entorpece su campaña. A mes y medio de las elecciones, el candidato no puede permitirse regalar una semana. Para ganar las elecciones, hay que llegar a ellas dominando el discurso electoral. Para Romney eso significa que tiene que conseguir que la discusión se centre en si Obama se merece un segundo mandato. Esta clase de distracciones no son de gran ayuda en ese propósito. Tolo lo contrario. Hacen que Romney acumule ciclos informativos perdidos y eso influye en todo, hasta en la manera en que vas a gastar el dinero en los próximos días.

P.- Entrando en el fondo de lo que manifestó Romney y no tanto en sus repercusiones electorales, ¿cuánto de verdad hay en ello?

R.- Es injusto decir que todas las personas que dependen de algún programa del Gobierno es porque lo desean o porque no contribuyen a la sociedad porque algunos son de pago por servicio, como los programas de jubilados, pero sí es verdad que los cupones por alimentos, el Medicaid y otros programas de dependencia han crecido demasiado y hay una parte de la sociedad que decide no buscar otras cosas porque sienten que es más fácil acceder al dinero público. Se calcula que hoy más de la mitad del gasto federal va destinado a programas sociales, cuando en los años cincuenta era menos de un cuarto. La responsabilidad es compartida por administraciones y congresos de los dos partidos. Y cuando la reforma sanitaria de Obama entre en vigor el gasto y la dependencia van a crecer.

Los republicanos mantienen que es inevitable que los actuales niveles de dependencia social caigan y creen que puede ocurrir de dos maneras, bien haciendo recortes o bien con el colapso de la economía cuando los inversores dejen de comprar deuda. Eso es lo que debió explicar Romney y no hizo. Pero estaba dando una charla sobre estrategia electoral a sus donantes. Les estaba diciendo lo que hará con su dinero para ganar las elecciones. Dijo que no lo gastará en intentar convencer a un 47% que ya ha decidido que votará por Obama, sino en intentar convencer a los indecisos.

P.- ¿Te aventurarías a hacer un pronóstico sobre lo que ocurrirá el 6 de noviembre?

R.- Ahora parece que Romney está en una dinámica negativa y la prensa está sirviendo a Obama trasladando al público una impresión de supuesta inevitabilidad de un segundo mandato presidencial. Pero yo apuesto por una elección igualada porque el clima de polarización es patente. Obama tiene un suelo muy alto en las encuestas, lo que significa que tiene una base fiel. También tiene un techo muy bajo, lo que significa que tiene una amplia oposición que además es muy inflexible. Lo primero le ha permitido no quedar fuera de la pelea en los peores momentos pero lo segundo es el seguro de que no le espera una reelección sencilla en ningún caso. Mi pronóstico es que será una ardua pelea que se decidirá por la diferencia de un par de estados entre Ohio, Florida, Virginia y Colorado. ¿El resultado final? De pronóstico reservado.

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  En la causa contra Eurovegas se han unido las fuerzas de la izquierda, que eligen el subsidio antes que la creación de empleo, y la derecha más tradicional, la que añora viejos tiempos. Y comparten argumentos, inquietudes y estilos. El cardenal Rouco alertando a los jóvenes de los peligros que corre su moral en Eurovegas no difiere en nada de Tomás Gómez o Cayo Lara cargando contra los antros de prostitución y ludopatía que aseveran se formarán al amparo de la libertad promovida por Esperanza Aguirre. De hecho, fueron los socialistas los que solicitaron el apoyo de la Iglesia.

  El tema, así pues, es interesante y merece atención, pues exigen firme respuesta las muchas voces que pretenden planificar la vida a los demás en lo económico y moral, siempre por su propio bien, cómo no. La semana pasada mencioné un artículo de Francisco Rubio Llorente que tiene la virtud de concentrar todos los tópicos, equívocos y estigmas relacionados con Eurovegas. El artículo, “Sheldon Adelson y el nuevo modelo productivo”, publicado en El País antes de que se conociera que la ubicación de Eurovegas sería Madrid, es de análisis obligatorio.

  La obsesión de Rubio es que el negocio de Adelson no es compatible con la moral pública. Esta apelación al “ideal público de moral”, de entrada, está fuera de lugar. ¿Qué es eso? ¿La moral del partido en el poder? ¿De lo que diga la mayoría en cada época? Es absurdo. En contraposición a la depravación actual, evoca Rubio no sin cierta añoranza tiempos “más serios” y “puritanos” en los que se luchaba contra la “industria del vicio”. Hay que alejarse como sea de “este género de diversiones”, de la prostitución sin restricciones, del juego, etcétera. El venerable constitucionalista se transforma en un anacrónico párroco de pueblo. ¡Como si no hubiese prostitutas y casinos para aburrir en Madrid! Sheldon Adelson no va a enseñar nada nuevo a los españoles.

  Lo siguiente es la presentación gratuita del empresario como sostén financiero del Partido Republicano, algo que también hizo Gómez. ¿Importa mucho eso a efectos de su inversión en España? Supongo que si apoyara a Obama estaría en el bando de los buenos, del ideal público de moral, sea lo que sea tal cosa.

  Sin comentarios respecto a las rigurosas investigaciones que cita Rubio, que hay que buscar en Internet (si bien con dificultades, que los malos se mueven rápido) y son de “plataformas ciudadanas” y del Financial Times sobre reservas indias, que ya se sabe que en España las hay en abundancia.

  Más adelante, se produce una interesada crítica al liberalismo, cuya caracterización en el artículo es falaz, en la medida en que Rubio lo aproxima demasiado al anarquismo. No es así. Estado limitado y reducido no es la ley de la selva. Tampoco es correcto atribuir a la socialdemocracia la protección de “las minorías frente a la mayoría”: para los socialdemócratas el poder democrático de la mayoría puede justificar casi cualquier intervención. No me extraña, empero, que Rubio, no en vano antiguo traductor de Marx, tenga una visión tan torcida de las cosas.

  Sí estoy de acuerdo con la parte del escrito en la que se pide que no atender todas las demandas del magnate. Se trata de una negociación, lógicamente, en la que cada parte juega sus cartas. Ahora bien, me divierte la alusión a “reformas legales que tal vez no resistirían el control del Tribunal Constitucional”. Creo que de ésas ha habido unas cuantas en España, y no impulsadas por un pérfido empresario republicano. Un hombre que, por otra parte, ha donado más millones a causas benéficas de lo que cualquiera de los guardianes de la moral pública podrían reunir durante toda una vida de expolio a los contribuyentes.

  A mitad del artículo, el autor ya está claramente indignado con tanto vicio como ha proliferado en España desde que llegó la democracia, y cual obispo arremete contra los anuncios de prostitutas “en los periódicos de información general”. Tal vez debería haber puesto un ejemplo cercano: el del propio periódico en el que escribe, bien nutrido de tales anuncios. ¿Lo condenaría por no ajustarse a la moral pública?

  Me desagrada profundamente que el Consejo de Estado, institución por demás seria, elaborase un informe sobre semejante asunto, según revela Rubio. Menuda pérdida de tiempo. Aparte de que me imagino cómo sería su gestación (¿poner a los letrados a hojear los periódicos de distintos países en busca de anuncios puercos?), es grotesco ese interés e impropio de la institución. Pero como mandaban Zapatero y el socialismo moralista, supongo que lo encargó el Gobierno con vistas a nuevas prohibiciones.

  El final es terriblemente malo. Se enfrenta el turismo de calidad con el turismo inmoral. O sea, en España hasta ahora los turistas han estado preservados del alcohol, las fiestas, los burdeles, los casinos y demás, hasta que ha llegado un americano a alterar el “modelo productivo” con su falta de moral y exquisitez. ¡Hasta querrá obtener un beneficio el muy bellaco! Tal vez debería preguntarse a los turistas que vienen a España si vienen a hacer un turismo de calidad o no, y si es que no cerrar la frontera, que aquí somos muy hidalgos y serios.

  La conclusión forzosa mas no enunciada de esta pieza –un poco inconexa, variopinta e involuntariamente cómica– es que hay que volver a la legislación franquista, que prohibía los juegos de azar. Las consecuencias las sentiría sobre todo Hacienda, que entre tasas sobre el juego (las que tienen una mayor recaudación) e IRPF a los que ganan premios perdería una importante fuente de ingresos. Claro, moralmente algunos estarían más tranquilos al haber impuesto sus puntos de vista al vecino.

  Escribe Rubio al final que si los partidos políticos “dejan de lado la moral a la hora de optar por el ‘nuevo modelo productivo’, nadie podrá nunca volver a tomarse en serio su preocupación por los valores”. Espero que nadie vote pensando en sus valores morales y en cómo traducirlos en las leyes. Los partidos, desde luego, no venden sus ideologías porque crean en ellas, sino porque es un modo de diferenciarse en el mercado de votantes y de no tener que asumir el coste de explicar qué hay de beneficioso en sus políticas.

  Debo enviar un mensaje a los que opinan como Rubio, responder a su intento de entrometerse en las decisiones de los demás con sus baratijas morales. Don Quijote tenía razón: “Pragmáticas, pocas y que se cumplan”. Ése es mi ideal. Un Estado fuerte pero no omnipotente. Ciudadanos que no dependan del político de turno. E intervenir lo menos posible en las preferencias y gustos ajenos, siempre y cuando no haya daño para terceros y la libertad sea inseparable de la responsabilidad. De la misma manera que no dejo que la Iglesia determine las películas que veo o las compañías que frecuento, tampoco admitiré que sea el Estado el que me diga si mi turismo es de calidad o no o si gasto mi dinero en copas o en jugar a las cartas.

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  No es nuevo descubrir que los progresistas sienten un odio feroz y sin límites hacia Esperanza Aguirre. Es, con Aznar, la bestia negra de la izquierda española. Ella encarna, por un lado, el éxito electoral y los buenos resultados de las ideas liberales; y, por otro, es una de las pocas políticas que se aparta del aburrimiento y la mediocridad del socialismo y de la derecha social y cristiana. No se arredra, dice lo que piensa y es capaz de alumbrar propuestas propias. Por todo ello, es denostada por los progresistas, que se superan día a día a la hora de buscar armas para combatirla.

  Si delante de los micrófonos Aguirre no tiene complejos, off the record tampoco. Ya otras veces su verbo ágil le había jugado malas pasadas: sólo era cuestión de tiempo que surgiese una nueva polémica. Y he aquí que Aguirre soltó tranquilamente unas bromas destinadas a los arquitectos, sobre todo a los arquitectos responsables de determinados abortos estéticos que son de sobra conocidos. Si bien está feo asegurar que merecerían la pena de muerte, el animus iocandi es más que obvio. Se trata de una broma de mal gusto, pero broma a fin de cuentas. No es una declaración oficial, ni siquiera una entrevista. Se podría criticar la soltura de Aguirre para hacer chistes inapropiados o su falta de respeto por los arquitectos. En cambio, tomarse ese comentario sin importancia en serio revela mala fe y una ausencia enfermiza de sentido del humor.

  Como es Aguirre la que está en la diana, las reacciones se vuelven excesivas, desmedidas. Su protagonismo, por así decir, eleva el tono de cualquier debate. Así, en su ceguera, otros fueron aún más lejos y equipararon la broma de la Presidenta con las amenazas de muerte proferidas por universitarios fanáticos y sectarios. Herman Tertsch aclaró lo que pensaba de esa gente, y siento lo mismo: “He puesto un minuto Onda Cero y he oído a Julia Otero equiparar la broma de Aguirre sobre arquitectos con las amenazas contra ella. Náusea”. Ni más ni menos. Es nauseabundo. Pues, así como Aguirre no se va a dedicar a matar arquitectos por las noches, ciertos elementos radicales de la juventud mejor preparada de todos los tiempos sí están dispuestos a ejercer la violencia para imponer sus planteamientos. Una mujer cercana a Aguirre y de similar coraje, Cristina Cifuentes, sufrió en sus propias carnes el acoso de esa chusma.

  Frente a la intrascendencia de las bromas, la contundencia de los hechos que avalan su gestión, como la elección de Madrid como ubicación de Eurovegas. Que Madrid haya sido la elegida y no Barcelona es gracias a que, con Aguirre liderando, la comunidad madrileña es a día de hoy una región abierta y con una amplia libertad económica, o sea, atractiva para invertir y hacer negocios.

  En mi opinión, Eurovegas no resolverá la crisis. Es más, dudo que se vayan a crear tantos puestos de trabajo como se afirma, quedan incógnitas por despejar y, por descontado, habrá problemas en la realización plena del proyecto. Pero tales problemas y dudas son consustanciales a inversiones tan cuantiosas. Hay que arriesgar. No se va a ninguna parte desechando de forma preventiva la posibilidad de que lugares como Eurovegas tengan éxito. España no superará la crisis con casinos y hoteles, pero tampoco es inteligente vincular la inversión extranjera a inefables concepciones de economía sostenible o exigencias de calidad disparatadas.

  Contra Eurovegas también se han levantado estandartes rancios y apolillados, propios de la España cutre, pacata y oscura de otras épocas. Se lleva la palma la izquierda que abrazando una especie de rigor moralista de saldo ha arremetido contra Eurovegas como foco de prostitución o ludopatía. Según John Müller, esta oposición es la de “los que gustan de intervenir en la economía y los que también desean planificar la conducta moral de los demás”. Es risible que tipos como Tomás Gómez, desde su pesebre público bien surtido, hablen de Madrid cual paraíso amenazado por la depravación moral de Sheldon Adelson, sin pararse a pensar en que puede dar empleo a mucha gente. Y es que aquí, antes de Eurovegas, nunca ha habido prostitución ni corrupción. Son los americanos los que traerán la perdición.

  Albergo el convencimiento de que todo este asunto de Eurovegas ha ocupado tantas páginas de El País (merecería la pena analizar un artículo de Francisco Rubio Llorente en el que se dan cita todos los prejuicios y tópicos posibles) y tantas declaraciones de la izquierda puritana sólo porque Aguirre estaba detrás de la candidatura madrileña. Es lo que explicaba más arriba. Ya sea gastando bromas o facilitando que se invierta en Madrid, ella despierta pasiones difíciles de apagar.

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  De acuerdo con las disposiciones del Real Decreto-Ley 16/2012, desde ayer los inmigrantes irregulares han perdido su tarjeta sanitaria y, con ello, la cobertura sanitaria gratuita. Los progresistas, con su probada habilidad para el teatro, se han rasgado las vestiduras. No han tardado en aparecer los típicos médicos comprometidos que van enseñando su vello pectoral dando lecciones de moral y derechos fundamentales. Sin lugar a dudas, el lloriqueo interesado e hipócrita de distintas asociaciones y colectivos de médicos que están llamando a seguir atendiendo a los inmigrantes irregulares refrenda la solidez de la definición de progresista aportada por el controvertido Gordon Liddy, clásico (y malogrado) fontanero de la Casa Blanca durante los años de Nixon: “Progresista es el que se siente profundamente en deuda con el prójimo y que propone saldar esa deuda con tu dinero”.

  El mensaje de uno de los vídeos de protesta difundidos, protagonizado por médicos y demás personal sanitario, es que ellos van a anteponer su moral y ética a las leyes vigentes. Invocando esta suerte de objeción de conciencia pretenden saltarse las normas. Hablan del derecho a curar, amenazado por esta limitación de la universalidad de la sanidad pública española.

  Pues bien, no se les puede negar ese derecho a curar. Pero que lo hagan estrictamente con su dinero. Estoy harto de solidaridad con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Los médicos que se sientan más solidarios que el resto de los mortales, si desean dar satisfacción a su elevado concepto de la ética y la moral, no tienen más que prestar sus servicios por su cuenta y riesgo a los inmigrantes ilegales, sin emplear los recursos del Sistema Nacional de Salud, recursos que sufragan los contribuyentes. Es muy fácil para estos valedores de causas justas ir predicando sus bienaventuranzas y abominando de todo atentado, real o figurado, contra su sacrosanto concepto de sanidad pública. La solución a los problemas que causará esta medida que rechazan cerrilmente está al alcance de su mano. Que usen el dinero de su bolsillo y su tiempo libre para ejercer el derecho a curar y a los demás que nos dejen en paz: no queremos saber nada de su ética.

  Por otra parte, como apunta Andrés Álvarez, “discuto que un empleado público pueda permitirse utilizar una cuestión ética como justificación para incumplir sus obligaciones profesionales y legales”. En España se está poniendo de moda la creencia de que es opcional obedecer los mandatos de las leyes. Lógicamente, ello no obsta a la posibilidad de expresar críticas y disensiones. Pero un llamamiento rotundo a ir en contra de la medida no lo puedo encontrar razonable. Igual que no es razonable que distintas regiones no vayan a aplicarla, pues varias de esas regiones están atravesando apuros financieros y se están viendo obligadas a pedir rescates al mismo Gobierno central al que desafían por motivos partidistas, que no humanitarios.

  No me asustan esas epidemias que, según algunos médicos, nos van a asolar como castigo a los recortes. Aparte de que considero improbable el caso, en Madrid, por ejemplo, los irregulares gozarán de asistencia gratuita en urgencias por enfermedad grave o accidente, y tienen cobertura total las mujeres embarazadas, los menores de edad y los enfermos crónicos tratados anteriormente. Y queda la opción de pagar el tratamiento, por supuesto. Si los propios médicos están señalando que los inmigrantes son jóvenes y sanos y que, por ello, no son un coste importante para el sistema, con absoluta seguridad su factura médica no será muy elevada.  

  Sé que esta decisión no va a suponer un ahorro espectacular. Pero es necesario poner orden y seriedad en la sanidad pública, y que la gente sea consciente de su coste. “Está claro que no podemos atender a los ciudadanos del mundo entero, porque no sería  posible”, ha dicho Esperanza Aguirre. Parece una sentencia obvia, pero a juzgar por lo que arguyen quienes se oponen a esta restricción no lo es tanto, ya que, para ellos, España puede permitirse el lujo de un Estado de Bienestar óptimo a pesar de ser un país empobrecido, en retroceso y con graves dificultades para cubrir su déficit público.

  Es conveniente que el Estado provea un servicio público de sanidad. Un servicio gratuito, de calidad y lo más universal posible. En el fondo, los peores enemigos de dicho servicio y los que de verdad pueden propiciar su desaparición son los que no aceptan las reformas y cambios que la situación actual demanda. Y es un camino de reformas el que requiere el Sistema Nacional Salud –endeudado, de baja calidad en muchos aspectos y congestionado por el aumento de la población– para seguir cumpliendo su finalidad y honrando los principios en que se basa.

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