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Archive for 31 octubre 2013

La amenaza invisible

Tal y como estaba previsto, la reunión comenzó en la noche del 31 de octubre. Rubalcaba había congregado en su mansión, localizada en las afueras de Madrid, a un grupo que estimaba apropiado para conspirar.  
 
–Bienvenidos –saludó Rubalcaba cuando el último de sus invitados se hubo acomodado en el salón principal, grande pero opresivo por la acumulación de objetos, muebles y adornos. El líder del PSOE iba vestido con su ropa de estar por casa, un hábito negro con capucha–. Como sabéis, tenemos que tomar decisiones sobre el futuro de este país, po-porque el PP se lo está cargando, a-amigos –añadió con su tartamudeo característico, no se sabía si real o fingido.
 
Alrededor de una mesa sobre la que reposaba un peculiar objeto, se hallaban sentados Tomás Gómez, Soraya Rodríguez y Elena Valenciano. Esta última se había disfrazado de bruja pintándose la cara de verde y embutiéndose en un ajustado vestido negro que resaltaba las deformidades de su cuerpo. 
 
–Creí que íbamos a celebrar una fiesta de Halloween –comentó, decepcionada.
 
Tomás Gómez, el hombre que una vez tuvo patillas, que nada más llegar había tenido que reprimir una mueca de asco y burla al toparse con Valenciano ataviada de semejante guisa, dejó escapar una carcajada. Después, sus ojos achinados y bordeados de arrugas se posaron en la torva figura de Rubalcaba, que con un gesto de dolor en el rostro no dejaba de frotarse las rodillas.
 
–¿Te ocurre algo? –preguntó Tomás, la sonrisa aviesa. Detestaba íntimamente a Rubalcaba, y sabía que éste sentía lo mismo hacia él y que, si le había invitado a aquella reunión, era porque el viejo zorro cumplía la máxima de tener cerca a los amigos y a los enemigos aún más cerca. 
 
–Me-me molestan las rodillas –gruñó Rubalcaba–. Esta mañana he tenido una reunión con Artur Mas y ya sa-sabes, me he pasado todo el tiempo arrodillado en atención alta dignidad y condición de molt honorable. Hay que respetar los derechos históricos de Cataluña.
 
–Es cierto –convino Tomás, poniéndose serio, lo que sucedía cada vez que le mentaban aquellos derechos históricos, sagrados, especiales–. El encaje de Cataluña en España exige que seamos respetuosos con los catalanes. Son una raza superior, más europeos, más productivos… Muy buena gente, además, como los jugadores del Barcelona. Cuando gobierne Madrid, voy a introducir la inmersión lingüística en catalán para que nos parezcamos un poco a ellos.
 
Rubalcaba, tras asentir varias veces con la cabeza, señaló el objeto de la mesa, una especie de cilindro metálico de gran tamaño insertado entre algodones en una caja de cartón.  
 
–Justamente hoy vamos a resolver ese encaje de Cataluña en España y, de paso, a moralizar Madrid. Si no actuamos pronto, acabarán construyendo Eurovegas aquí, y eso no po-podemos tolerarlo, cáscaras. Es un negocio inmoral, sucio. 
 
La hasta entonces rígida como estatua Soraya Rodríguez abrió mucho los ojos y, circunspecta y sin variar un ápice su permanente rictus de amargura, comenzó a hablar como si atravesara un episodio de trance: 
 
–Un negocio que los socialistas debemos parar, es nuestra responsabilidad. El PP, vendido al neoliberalismo anglosajón, quiere crear puestos de trabajo de mala calidad y que los madrileños se dediquen a apostar y perder su dinero en el juego y, para colmo de males, que puedan fumar en los locales de ocio, con lo que pronto desarrollarán cáncer y morirán sin remisión, porque el PP está privatizando la sanidad y sólo podrán pagarse el tratamiento los ricos. Pero como habrán perdido el dinero apostando no habrá nadie que pueda curarse… Morirán los viejos, los niños, las mujeres… Familias destrozadas, colapso social…
 
–Gracias, Soraya, gracias por tu diagnóstico –atajó Rubalcaba, y carraspeó antes de seguir–: El caso es que tengo la solución perfecta para ambos problemas, el catalán y el madrileño. Sólo tenemos que utilizar eso que está en la mesa. 
 
–¿De veras? –dudó Tomás, echando un vistazo superficial al cilindro de metal.
 
–Es una bomba, una bo-bomba nuclear –reveló Rubalcaba, y emitió una risita infantil.
 
Por su parte, Tomás echó hacia atrás su asiento de la impresión y casi cayó al suelo; Soraya arqueó una ceja; y Valenciano roncó con fuerza, pues se había quedado dormida.  
 
 –No os preocupéis –dijo Rubalcaba–, es segura. El mercado negro está cada vez mejor surtido. 
 
–¿Qué vamos a hacer con ella? –quiso saber Tomás, alarmado.   
 
–Fácil –contestó Rubalcaba–. La próxima semana haremos estallar esta cabeza nuclear en los terrenos de Alcorcón donde está planeado que se levante Eurovegas. No habrá pérdidas humanas ni materiales, pero la radiación hará imposible la continuidad del proyecto y Adelson, ese pérfido magnate, tendrá que llevarse sus veinte mil millones a Cataluña si es que quiere seguir invirtiendo aquí.—Rubalcaba acompañaba sus explicaciones de tantos movimientos con las manos que Tomás apartó la vista para no marearse–. De esta forma, si os dais cuenta, ma-mataremos dos pájaros de un tiro. Madrid quedará libre de la depravación capitalista y del modelo productivo caduco que combatimos los socialistas. Y Cataluña recibirá una inyección económica que restará urgencia al debate por la independencia. A partir de ahí, seguro que se quieren sentar a negociar para convertir este país en una federación.
 
–¿Qué es una federación? –preguntó Valenciano, que acababa de despertarse.
Rubalcaba caviló unos instantes. 
 
–Es una cosa en la que se reconoce la singularidad de Cataluña y en la que Madrid no manda tanto –explicó torpemente, agitando mucho las manos.
 
–¡Ah! –exclamó Valenciano–. Entonces es como el PSOE, donde los catalanes hacen lo que quieren y a ti, Alfredo, no te hace caso nadie.
 
–Sí, más o menos –concedió Rubalcaba, resignado.
 
–En todo caso, es un plan perfecto –admitió Tomás, frotándose las manos–. Ignacio González perderá Eurovegas, su proyecto estrella, y lo tendrá muy difícil en las elecciones. ¡Pronto seré Presidente! Los madrileños empezarán a hablar catalán y terminará la confrontación entre territorios. Hasta estoy pensando en sustituir la bandera madrileña por una estelada en condiciones. 
 
–Con el PSOE en Madrid esta región volverá a apostar por la justicia social, la igualdad y la solidaridad –peroró Soraya Rodríguez–. Ahora está presa de la desdicha, maldita, y languidece aplastada por el peso de derecha más extrema de Europa. Oíd lo que dice El País, hermanos.—Extrajo un ejemplar de dicho periódico de su bolso–. “Decadencia de Madrid”, “Madrid, sucia y abandonada”, “Madrid, ciudad de feos e ignorantes”. “Madrid pierde turistas”, “Madrid es la única ciudad del mundo donde se venden estatuillas de Hitler y Franco”…
 
–Gracias otra vez por tus apreciaciones, Soraya –cortó nuevamente Rubalcaba–. Ejem, sí, creo que es una solución bu-buena. España ha robado mucho a los catalanes y es hora de ser justos. Así se sentirán más queridos. En cuanto a Eurovegas, está claro que hay que evitar que Madrid se corrompa de esa manera. Y ahora, vamos a empaquetar esta preciosidad para enviarla al que se encargará de detonarla llegado el mo-momento. ¡Seguro que algún policía incauto se presta a ello! 
 
Nada más poner Rubalcaba sus manos sobre la fría superficie de la bomba, un estridente pitido taladró los oídos de los presentes. 
 
–¡La bomba va a explotar! –chilló Tomás, y procedió a tirarse al suelo y ocultarse debajo de su silla. 
 
Hasta la imperturbable Soraya Rodríguez se mostró afectada. 
 
–¡Que alguien apague esa puta mierda, por los clavos de Satanás! ¡Nos va a fundir el cerebro! ¡Es una trampa de la derecha! ¡Neoliberalismo! ¡Desigualdad! 
 
El pitido dejó de sonar.
 
–Sólo es la alarma de la ca-casa –aclaró Rubalcaba, tan sobresaltado como los demás–. Iré a ver qué pasa. 
 
Se acercó a un interfono instalado en la pared y apretó el botón para comunicarse con la garita del guardia de seguridad que vigilaba la entrada de la mansión.
 
–Oye, ¿por qué ha sonado la alarma?
 
–Parece que alguien ha saltado la verja –respondió el guardia–. ¿Aviso a la policía?
 
–No, no, de-de ninguna manera –negó Rubalcaba, que antes de nada tenía que poner a buen recaudo la bomba. Y aparte de eso, su mansión escondía demasiados esqueletos en los armarios como para que la policía se presentara allí–. Ve a comprobarlo y avísame de cualquier novedad.
 
Cerró la comunicación y se dirigió a sus invitados.
 
–No os preocupéis –les tranquilizó–, seguramente sean unos ga-gamberros que vienen a hacerme una jugarreta por Halloween. Pero no pasa nada, aquí estamos a salvo.
 
Hubo un ruido de cristales rotos y la alarma saltó de nuevo. Una pegajosa sensación de miedo se apoderó del salón.
 
–Eso ha sonado cerca –musitó un inquieto Tomás, mirando en dirección a la puerta.
 
Rubalcaba llamó por el interfono al guardia, pero nadie respondió. Apagó la molesta alarma pulsando otro botón. 
 
–Recórcholis –rezongó–. A lo peor ha entrado alguien, deberíamos hacer algo… ¿Traéis armas? Yo voy siempre armado.—Y palmeó el bolsillo derecho de su hábito, donde se adivinaba la forma de una pistola. 
 
Tomás blandió una navaja de siete muelles y Soraya Rodríguez sacó de su bolso un espray de pimienta. 
 
–Lo siento, sólo tengo la escoba de bruja –se disculpó Valenciano, encogiéndose de hombros–, y me la he dejado en la entrada.
 
Con muchas prevenciones, y tras discutir sobre quién tenía que ir delante, responsabilidad que finalmente recayó en Tomás por ser el más alto y fuerte, el grupo abandonó el salón y recorrió lentamente los pasillos lóbregos y desiertos de la mansión.
 
No hallaron rastro del intruso, excepto los restos de cristales en una de las puertas correderas que daba al jardín.
 
–A lo mejor ha sido una pedrada, sólo eso y nada más –opinó Valenciano. 
 
Cuando estaban a punto de relajarse y regresar al salón, un nuevo ruido delató la posición del intruso.
 
–¡Está en la sala de billares! –dijo Rubalcaba, y empujó a Tomás para que acelerara el paso. 
 
Entraron en la sala de billares, que estaba a oscuras, y no se atrevieron a moverse de la puerta hasta que Rubalcaba dio con el interruptor y la luz eléctrica iluminó los billares, las dianas, los futbolines y otros juegos con los que el líder de la oposición liberaba tensiones.
 
 El intruso había derribado una estantería repleta de quincalla y recuerdos vulgares. Era evidente que, por alguna razón, quería atraerles allí. 
 
–Pe-pero qué diantres… –empezó Rubalcaba, y enmudeció de repente. Los demás tampoco abrieron la boca, paralizados por el terror.
 
En la pared del fondo de la sala alguien había dibujado un círculo con una serie de extraños símbolos rúnicos en su interior. El dibujo aún estaba fresco y gruesos goterones de líquido rojo se deslizaban hacia el suelo.  
 
–¿Es sangre? –preguntó Gómez con un hilo de voz. Su fornido cuerpo trabajado en el gimnasio temblaba sin control. 
 
Ocupado en analizar el dibujo, Rubalcaba tardó en contestar. Una pegajosa sensación de miedo fue apoderándose de él. Estaba completamente lívido y el sudor perlaba su calva y su frente llena de arrugas. La flácida papada que le colgaba del lado izquierdo de la cara temblaba como si tuviera vida propia. Finalmente, se llevó una mano pecho para controlar el ritmo de su estropeado corazón y con la otra aferró la pistola.
 
–Es la marca de un asesino en serie –dijo al fin–. ¡Jeff, el Asesino de la Runa! Vosotros no le conocéis porque sois más jóvenes que yo, pero aterrorizó la periferia de Madrid en los años ochenta. Solía atacar casas aisladas, do-donde podía actuar sin prisas. Antes de matar a sus víctimas, sometía sus víctimas a una te-terrible tortura: utilizando un cuchillo, tallaba runas en su cuerpo. Luego, las despedaza poco a poco. Y siempre dejaba su firma, la que veis aquí. Esto es parte de su juego, nos avisa de que ha llegado y que nos va a dar caza. 
 
–¿Y por qué no está en la cárcel? –preguntó Valenciano, cuyo maquillaje verde estaba empezando a derretirse a causa del sudor, dando la impresión de que su cara se caía a pedazos. 
 
–Lo estaba –dijo Rubalcaba–, porque le cogieron y fue condenado a muchos años. Pero con el final de la Doctrina Parot le han debido de excarcelar… Repámpanos, cuando enviamos a Estrasburgo a nuestro servicial Luis López Guerra a que socavara la Doctrina Parot para beneficiar a los terroristas no tuvimos en cuenta que también saldrían criminales y asesinos. Ahora Jeff ha vuelto a las andadas… ¡y nosotros somos sus próximas víctimas!
 
–¡Hay que salir de aquí! –concluyó Soraya Rodríguez a voz en grito–. Si nos coge, nos hará picadillo, nos devorarán los buitres, la derecha se burlará de nosotros, la desigualdad y las epidemias se extenderán, las grandes corporaciones dominarán el mundo, no habrá pensiones públicas… ¡Sanidad! ¡Educación! ¡Prestaciones sociales! ¡El Estado de Bienestar nos necesita vivos! 
 
El pánico cundió entre el grupo. Los cuatro corrieron en estampida hacia la puerta principal y, a trompicones porque todos querían salir en primer lugar, huyeron de la mansión.
 
Cuando los gritos de Rubalcaba y sus invitados fueron una leve perturbación en la lejanía, la puerta del salón se abrió, aunque, aparentemente, nadie penetró en él. Sin embargo, una forma comenzó a materializarse progresivamente. Primero, unas cejas circunflejas, seguidas de ojos, labios, carne y todo lo demás. 
 
El salón ya no estaba vacío. José Luis Rodríguez Zapatero, vestido con una americana negra y una camisa blanca cual si fuera un camarero al final de su jornada laboral, había hecho acto de presencia.
 
Caminó hacia la bomba, que seguía en la mesa, con paso firme.  
 
–¿Quién anda ahí? –le sorprendió una voz.
 
Zapatero se giró. En la puerta descubrió a Pere Navarro, cuya habitual expresión de estolidez se había acentuado ante la presencia inesperada de Zapatero. Tapaba su frente despejada y pelo canoso con una barretina. 
 
–Podría preguntar lo mismo, compañero –repuso Zapatero–. No creo que estuvieras invitado a la reunión de hoy.
 
Navarro parpadeó varias veces y, tras un gran esfuerzo mental para buscar las palabras, dijo:
 
–Me enteré de la reunión gracias a los de Método 3. Y para acercar posturas entre PSC y PSOE acerca del derecho a decidir iba a darle una sorpresa a Rubalcaba participando en su fiesta de Halloween. Porque iban a celebrar una fiesta de Halloween, ¿no?
 
Zapatero meneó la cabeza.
 
–No exactamente…
 
–¡Si hasta he visto el dibujo con sangre en la sala de billares! ¿Y tú dónde has conseguido el disfraz de hombre invisible? He mirado al interior del salón al ver la puerta abierta y no había nadie. ¡Y entonces has aparecido de la nada!
 
–Es una larga historia –dijo Zapatero–. Por resumir, poseo la habilidad de volverme invisible. La fui adquiriendo poco a poco, no sé cómo. En las cumbres con líderes extranjeros nadie reparaba en mí, y pasaban por mi lado sin hacerme caso. Eso se debía a que mis poderes se estaban desarrollando. Ahora sé controlarlos y los he puesto al servicio de España. Una temporada en el Consejo de Estado me ha hecho reflexionar sobre ciertas cosas… Este nuevo plan de Rubalcaba es inaceptable. Por eso vine aquí y les engañé haciéndoles creer que era el Asesino de la Runa, para poder llevarme esta arma de destrucción masiva.
 
–¿Eh? –fue la respuesta de Navarro, que contemplaba el techo del salón, una baba asomando en la comisura de sus labios.
 
–No tengo tiempo para repetirlo. Ejem, ¿a qué viene la barretina?
 
–Es mi disfraz de Halloween.
 
–Pues lo he visto mejores.
 
–¡La gente como tú es una fábrica de independistas! –bramó Navarro–. ¿Eh? ¿Qué es ese sonido?
 
Antes había oído la alarma, pero esta vez era distinto. Un coro de sirenas se aproximaba a la mansión.
 
–¡La policía! –exclamó Zapatero, sorprendido–. ¿Cómo es posible? Nadie les ha llamado, no sería propio de Alfredo.–Una súbita corriente de malicia sacudió su mente. Después de todo, Rubalcaba ya no le caía bien. Hacía un momento había dudado acerca de qué hacer con la bomba. Pero comprendía que no tenía por qué eliminar las pruebas y que, como consecuencia, Rubalcaba saliera impune–. Creo que ya he hecho suficiente –decidió, sonriendo a Navarro. Se sentía un hombre nuevo–. Ahí te dejo la bomba nuclear.
 
–¿Bombea nuclear? –repitió Navarro, rascándose la cabeza–. Un momento, si la policía me pilla con eso…
 
Zapatero, ya casi transparente, dijo:
 
–Lástima que no seas invisible, ¿verdad? 
 
Y desapareció por completo, dejando solo a un aturdido y confuso Navarro. 
 
La policía había traspasado la verja de la mansión: un equipo armado hasta los dientes se disponía a entrar. El guardia de seguridad, que les había llamado porque pensaba que algo malo estaba ocurriendo dentro, les había informado de que muy posiblemente el intruso continuaba allí. 
 
Un tipo muy amable el guardia, habían coincidido los agentes, con un agradable acento andaluz y un peculiar sentido del humor, a pesar de las circunstancias. Un hombre de edad, seguramente a punto de retirarse. Aunque les había abierto la verja y facilitado el trabajo, hacía un rato que no le veían por ningún lado.
 
Y no le volverían a ver jamás.
 
Lejos de allí, caminando sin prisas por el arcén de la carretera, el guardia se aflojó la corbata y arrojó a la oscuridad su gorra, que había llevado bien calada durante todo el día. Su verdadera identidad quedó así desvelada. 
 
–Que les den por el culo –masculló Alfonso Guerra, y con inconmensurable satisfacción se llevó a los labios el habano que había estado reservando para aquel momento. 
 
Un año más, y sustituyendo al artículo de esta semana, os ofrezco un relato en el que la ficción no dista demasiado de la realidad. ¡Feliz noche de Halloween! 
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  La sentencia de la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que anula la aplicación de la Doctrina Parot a la terrorista Inés del Río es ajustada a Derecho y, pese a que podría ser discutida sobre la base de la propia jurisprudencia del Tribunal de Estrasburgo, no voy a entrar en ese debate. Baste señalar que hay argumentos suficientes para sostener dicha doctrina, como en su día hicieron el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional; el TEDH, separándose de la interpretación de los órganos españoles, ha optado por una versión estricta del principio de no retroactividad de las normas penales desfavorables.
  En este escrito tengo la intención de apuntar una serie de reflexiones nacidas al calor de esta sentencia y de los efectos que está teniendo.
  La primera es la ausencia de autocrítica de los políticos. Aunque hábilmente diluida por el cruce de decisiones judiciales, en todo este despropósito hay una culpa importante de los políticos, que durante mucho tiempo no adaptaron el Código Penal a la realidad del terrorismo o de los asesinos múltiples, por lo que tuvieron que ser los tribunales los que, Doctrina Parot mediante, enmendaran la benignidad de los beneficios penitenciarios para que no salieran a la calle terroristas, asesinos y violadores, como acertadamente ha explicado José Luis Requero.
  En la misma línea de exigir responsabilidades a los políticos, me pregunto si el Gobierno español ha puesto algún empeño, al margen de la actuación del abogado del Estado, en convencer a Estrasburgo de que mantuviera incólume la Doctrina Parot. Queda patente, de nuevo, la debilidad de España, que puede ser ninguneada y pisoteada con absoluta impunidad. Y el Gobierno no hace otra cosa que balbucear banalidades.
  En segundo lugar, sorprende la celeridad con la que la Audiencia Nacional está dispuesta a ejecutar y extender las consecuencias de la sentencia del TEDH, una celeridad digna de mejor causa, sin duda. ¡Qué atentos son algunos jueces con los derechos de los terroristas nacionalistas vascos!
  Es de destacar, a continuación, la respuesta de la izquierda, que se ha apresurado a saludar el principio del fin de la Doctrina Parot como un triunfo del Estado de Derecho. El PSOE, al menos, ha asegurado que le repugnan las consecuencias que de ello se derivarán, en tanto que los de IU, con el infame Alberto Garzón a la cabeza, han hablado de “buena noticia”.
  La izquierda radical a la que pertenece Garzón no se debe de sentir lejos de ETA, con la que comparte ideología, el odio a España y el antifranquismo. Tengo la impresión de que ETA es lo que a ellos les hubiese gustado ser de haber combatido de verdad el franquismo. Tal vez no sean abiertamente proterroristas, pero ETA sería para ellos como ese primo lejano que es admirado por sus correrías, aventuras o calaveradas.
  En todo caso, si pedir coherencia o rigor a la izquierda no fuera un esfuerzo inútil, su reacción tendría que ser descrita como chocante, muy chocante. Qué notable es, con ocasión de esta sentencia tan provechosa para ETA, la adhesión al Estado de Derecho y sus principios más clásicos de quienes abogan por la derogación de la Ley 46/1977, de 15 de octubre, de Amnistía a fin de perseguir a funcionarios franquistas (no a los terroristas que también se beneficiaron de ella) y en el pasado han apoyado calurosamente a Vera y Barrionuevo en las mismas puertas de la cárcel, han arropado sin tapujos a un juez condenado por prevaricación o, más recientemente, han acosado e insultado a la juez Alaya. Y es una pena que ese mismo respeto y ejecución inmediata y sin matices (El País pide alegremente excarcelaciones masivas) no lo reclamen para resoluciones judiciales –también obligatorias, por si acaso lo dudan– en relación con la inmersión lingüística en Cataluña.
  La última reflexión es sobre la mutación que se opera en la izquierda cuando se trata de los sentimientos de las víctimas del terrorismo. Generalmente, la actuación en la vida pública de la izquierda se guía más por emociones que por la razón, están constantemente promocionando su buen corazón y su preocupación por el sufrimiento ajeno. En cambio, en este caso la izquierda se erige en valedora de una decisión inflexible, dura lex, sed lex, frente al dolor de las víctimas, que son los únicos indignados que no cuentan con su favor. Y soy el primero que desprecia los sentimientos en política. Lo reseñable es que la izquierda, curiosamente, sólo los arrincona cuando son los de las víctimas de ETA.
  En fin, ETA no ha ganado. Afirmar tal cosa sería inexacto. Ahora bien, está gestionando una dulce derrota con la aquiescencia del Gobierno y el entusiasmo de los progresistas. Hoy es la Doctrina Parot, mañana tal vez la política de dispersión. Mientras tanto, homenajes, reconocimientos y, en especial, el pavoroso éxito de un relato execrable que se está imponiendo en el País Vasco, el de que allí hubo una guerra, con violencias equivalentes ejercidas por los dos bandos, y que no puede haber vencedores y vencidos si se quiere asegurar la paz. La diferencia es que los de un bando lloran a sus muertos en el cementerio, mientras que los del otro celebran el regreso de los del tiro en la nuca. Y sonríen.

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  No entiendo a los que afirman que Duran Lleida es un político responsable y con sentido de Estado. Se trata ésta de una visión muy extendida y sorpresivamente avalada por las encuestas, pero resulta de todo punto insostenible.
 
  Duran Lleida es un político camaleónico, ambiguo, taimado y al que solamente le preocupa su propio interés. Quiere seguir alojándose en el Palace y que a la vez en Cataluña no le llamen botifler. A tal fin, un día da vivas a la Cataluña libre y al siguiente asegura que la secesión es imposible y rechazable. Duran Lleida es defender una posición, la contraria y la de más allá si se tercia, y normalmente sin ningún fundamento, con una pobreza intelectual abismal, característica que comparte con la mayoría de políticos catalanes, meros charlatanes de feria que subsisten gracias a la fiebre nacionalistas y no a su mérito y capacidad. 
 
  Cuando Duran advirtió a Rajoy que si perseveraba en su pasividad ante el problema catalán podía encontrarse al cabo del tiempo con una declaración unilateral de independencia, el Presidente estuvo atinado al señalar que el propio Duran, si tan concernido al respecto estaba, podía “defender posiciones sensatas y de sentido común”. Y puede, sin duda: romper con Convergencia supondría un duro varapalo a los planes de Artur Mas.  
 
  No es ése, claro está, el propósito de Duran, que se limita a ganar tiempo y jugar a dos bandas para que, cuando el partido se decante, él no esté en el lado equivocado, porque, como ha reconocido, fuera de la política no ganaría lo suficiente, y es hombre de gustos caros y sumamente sibarita. 
 
  Por otra parte, sus aportaciones como político son inexistentes. ¿Qué logro se le puede atribuir después de una vida en política? Nada serio, tan sólo filfa parlamentaria y, actualmente, una tercera vía para las aspiraciones catalanas que, en concordancia con la vaciedad de nuestro hombre, carece de contenido y no vale de nada, aparte de para seguir hablando y llenando páginas de periódicos y tertulias. En descartar despectivamente la vía sugerida por Duran es en lo único que coincido con Artur Mas.
 
  En suma, es lícito decir que Duran es una copia mala de Francesc Cambó, una parodia grotesca y adaptada a la mediocridad de esta época del gran político catalán. Rajoy haría bien en no perder tiempo en atender a su cháchara sin importancia y dedicarse desde ya mismo a articular una estrategia clara, rotunda y ambiciosa que impida que se cumpla el programa separatista de Mas y su jefe, el gordo de ERC.
 
  Y que Duran se dedique a lo único que sabe hacer, que no es otra cosa que formar parte del mobiliario del Congreso de los Diputados.

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  Sabido es que el sistema de financiación autonómica español es sumamente defectuoso. Conviene tener presente que su última reforma, la de 2009, se realizó a instancias de Cataluña.  

  Los nacionalistas, expertos en representar el papel de víctima, se quejan de que Cataluña aporta mucho al conjunto de España y recibe poco. He ahí el origen de la actual pataleta organizada por Mas y el gordo de ERC: deseaban un pacto fiscal que colocara a Cataluña en una situación de privilegio sobre las demás autonomías y, como no lo obtuvieron, se han echado al monte de las consultas y la secesión. 

  Soy contrario al debate de quién aporta más y menos, pues es falaz. Las comunidades  autónomas, en cuanto tales, no aportan nada. Ni Madrid, ni Cataluña, ni ninguna. Son los contribuyentes residentes en las mismas quienes pagan los tributos y quienes, por tanto, aportan dinero a las arcas públicas. Los territorios no pagan absolutamente nada.

  Pero dado que los nacionalistas se empeñan en utilizar este argumento como arma arrojadiza, habría que echar un vistazo a los datos, que no mienten. Los libros de Historia los podrán manipular; los datos, no.

  En 2014, Cataluña recibirá unos 15.276 millones. Sólo Andalucía (la otra gran beneficiaria del actual sistema de financiación) recibe más. Por su parte, Madrid se embolsará 11.183 millones. La diferencia con respecto a Cataluña es del 37%. En 2013 esta diferencia ha sido similar. 

  Recurramos ahora al argumento nacionalista, el maltrato fiscal, la excesiva solidaridad, el contribuyente neto… ¿Quién aporta más? Madrid es la región que más aporta al resto. Según la Agencia Tributaria, en Madrid se recaudaron en 2012 por IRPF, IVA e impuestos especiales 67.610 millones. En Cataluña, por los mismos conceptos, se ingresaron 27.347 millones.  La conclusión irrebatible es que Madrid sale peor parada que Cataluña con diferencia: recibe mucho menos y aporta mucho más que el otrora oasis catalán, hoy convertido en fosa séptica.

  Pues bien, el PSOE e IU sólo entienden la tristeza de los catalanes, se postran ante sus “derechos históricos”, afirman –con mayor o menor descaro– su derecho a decidir (y su derecho a recibir, como bien ha apuntado Arcadi Espada), acusan de catalanofobia a quien opina distinto y señalan a Madrid como la culpable de tantos males y agravios como dicen sufrir los nacionalistas, tan europeos, tan modernos, tan necesitados de cariño y de alimento para su complejo de superioridad.

  A la vista de los anteriores datos, cabe afirmar, sin embargo, que Madrid cuenta con más razones para exigir una financiación privilegiada que Cataluña, así que cualquier movimiento que beneficie a esta última tendría que beneficiar antes a Madrid. Y creo que la generalización de regímenes especiales hundiría el sistema, sin perjuicio de que éste necesite una revisión que sea razonable y equitativa. 

  Hay algo, en cualquier caso, que debería estar meridianamente claro, y es que los problemas de Cataluña no se van a solucionar mediante una financiación autonómica más favorable. La decadencia económica de esa región es más profunda y tiene más causas que el aducido expolio fiscal. “Es el drama de una región siempre rica e industriosa que ahora cabalga con el brazo atado a la espalda de una minoría, una elite extractiva –una de las más corruptas de España, que reclama independencia pero pone a buen recaudo su dinero en Suiza- empeñada en implantar un marco institucional y regulatorio enemigo de la actividad privada y de la libertad”, ha escrito Jesús Cacho.

  Cataluña debe abandonar su actual ensimismamiento, fomentado por los nacionalistas, y volver a ser competitiva, abierta y libre. El alpiste, como diría Artur Mas, no es la panacea.  

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  Estando próxima la fecha en que la reina Sofía cumplirá 75 años, descubro con agrado que hoy El Mundo consagra el Magazine a realizar un homenaje a Su Majestad. Homenaje merecido, sin ninguna duda, a quien ha servido a España con dedicación, constancia y entereza, dejando el listón muy alto a cualquier futuro consorte real.  

  El artículo 58 de la Constitución dispone que la Reina consorte o el consorte de la Reina “no podrán asumir podrán asumir funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia”, lo que no ha sido óbice para que Su Majestad, aun asumiendo con naturalidad el papel secundario que le corresponde, haya desplegado una incesante actividad, ya sea acompañando al Rey en viajes o actos, entregando su tiempo e influencia a diversas causas u ocupándose de cierta representación institucional. Hoy, sin ir más lejos, ha presidido un acto de la Guardia Civil.

  Ella, como señaló el Rey, no es sólo una gran profesional; también transmite cercanía, serenidad y amabilidad. La diferencia de nivel entre Letizia, una plebeya que sólo ejerce de princesa de nueve a tres, y doña Sofía, de sangre real, una Hannover emparentada con los Hohenzollern, siempre Reina y educada para ello, es abismal. 
 
  Nunca pierde la sonrisa o el saber estar. Nunca un gesto amargo o de queja o un desplante a los periodistas o ciudadanos. Según manifiesta Jaime Peñafiel, ella sabe mejor que nadie anteponer el deber a la devoción, y a pesar de su distanciamiento con el Rey o de los escándalos en los que está envuelta la infanta Cristina no ha dejado de cumplir con su servicio a España en diversos frentes. Por otra parte, no considero que sea reprochable el apoyo que ha dado a su hija menor. También es madre y, como tal, es natural que haga lo posible por la unidad de su familia. Esa actitud no perjudica a la Casa Real. 
 
  Tengo memoria de la Reina antes que del Rey, pues doña Sofía prologó la película de animación Estrellas de los dibujos animados al rescate (1990; en Estados Unidos, el mensaje corrió a cargo de George H. W. Bush), que buscaba concienciar a los niños sobre la adicción y peligros de las drogas. Desde entonces he sido su leal súbdito. 
 
  Especialmente recomendable para conocer su vida es, además de los libros de Pilar Urbano, La soledad de la Reina (2012), de Pilar Eyre. Destaca de esta biografía la atención que recibe Federica de Grecia, madre de doña Sofía, y el retrato de esta última como una mujer abnegada y acostumbrada a los reveses: vivió con privaciones en el exilio, durante la Segunda Guerra Mundial, y tuvo que asistir impotente a la caída de la monarquía en Grecia. Tampoco Franco se lo puso fácil y, sin embargo, la Reina, en sus declaraciones, ha sido ecuánime con él, sin caer jamás en el revanchismo, en contraste con tantos y tantos antifranquistas retrospectivos. 
 
  No puedo por menos que finalizar este escrito expresando mis sinceras (y adelantadas) felicitaciones a Su Majestad y deseando que su reinado dure aún muchos años. A pesar de que el apoyo a la monarquía ha disminuido un poco, somos muchos los que permaneceremos leales y los que vemos a doña Sofía como uno de sus más firmes pilares. Qué honor tener una Reina como ella. ¡Larga vida!

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