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Archive for 25 enero 2015

  Sí, otro escrito más sobre Podemos. Aunque sea recurrente, es necesario que nadie se llame a engaño. A finales del año pasado afirmé que habría que comprobar qué haría Pablo Iglesias cuando las cañas se tornaran en lanzas. Y más pronto que tarde se ha visto obligado a afrontar envites que han dejado al descubierto su auténtico rostro.

Primero fue la beca del pijo Errejón. Casi dos mil euros al mes por no hacer nada, puesto que ni acudía a su puesto de trabajo ni hay constancia de que realizara investigación alguna sobre la vivienda en Andalucía, amén de que en esos meses ya estaba dedicado full time a patrocinar a su partido en los platós de televisión y eventos varios. Según el amigote que se la concedió, Errejón podía obrar ad libitum. Porque sí. Y, además, en flagrante vulneración de la Ley 53/1984, de 26 de diciembre, de Incompatibilidades del Personal al Servicio de las Administraciones Públicas, pues, como investigador, no solicitó la oportuna autorización para compatibilizar esa actividad con sus labores de índole particular en Podemos.

A este escándalo, para nada desdeñable, se suman ahora los protagonizados por la novia del macho alfa, que reiteradamente favoreció a su hermano con contratos públicos en Rivas, y por el oldie del partido, Monedero, que ya es por derecho propio el empresario del año, habiendo recibido de Venezuela y otros países ejemplares cuantiosas sumas de dinero por ayudar a la creación de una “moneda bolivariana”, dudosa actividad para la que se valió de una empresa simulada con la finalidad de eludir impuestos. Por supuesto, tampoco solicitó la debida compatibilidad.

A la moneda de Monedero le auguro el mismo éxito que la del general Bison en Street Fighter (1994), pero, ante todo, llama poderosamente la atención que gentes tan obsesionadas con que paguen más impuestos los que más tienen desaprovechen la oportunidad de predicar con el ejemplo.

Si así se conducen estos revolucionarios cuando aún no han ostentado cargos de relevancia ni manejado grandes presupuestos, ¿qué no harán si llegan al poder?

Los de Podemos siempre han presumido de su incorruptibilidad, de ser un partido radicalmente opuesto a las corruptelas, chanchullos y malas prácticas de la casta. Sin embargo, ya han aparecido las primeras manchas en este supuesto virtuosismo. Las explicaciones del mesiánico Iglesias son decepcionantes. Errejón es un “gran investigador”, ojalá hubiera más empresarios como Monedero y no duda de la honorabilidad de su novia. Por lo demás, aduce que hay una campaña del miedo contra ellos y llama “Pantuflo” a Inda. “Su odio, nuestra sonrisa”, corean sus limpiabotas. Los acólitos de Podemos, sumamente exigentes y duros con los demás partidos, transigen sin pestañear con todo lo que les diga su amado líder, cuya ética, como la de tantos otros antes que él, consiste en medir los asuntos propios a ojo de buen cubero y los ajenos a pie de rey.

¿Son estos iluminados a la par que aprovechados los que van a traer la regeneración y un sistema mejor? ¿Se atreven a prometernos el paraíso los que han asesorado a la Venezuela hundida, desabastecida e insegura, los que han medrado en una facultad infecta y sectaria, los que no han sido sino señoritos arrogantes? Hay que sacar de su error a muchos incautos.

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El Antipapa

  No voy a reproducir aquí las muy desafortunadas palabras del Papa sobre la libertad de expresión y las ofensas a la religión, que ya son sobradamente conocidas. Obviamente, no creo que el Papa justifique el terrorismo islamista, pero resulta inadmisible e inapropiado que vea normal que un puñetazo siga a un insulto y, asimismo, que saque partido de un atentado terrorista para remarcar que no se puede insultar a la religión. Como todo derecho, la libertad de expresión tiene límites. Tales límites, empero, no los debe establecer la autoridad religiosa; al menos así sucede en las sociedades occidentales.

Se trata de una anécdota más de un Papa que haría un gran favor a la fe católica y a la Iglesia si decidiera limitar por sí mismo su libertad de expresión y moderar esa tendencia a la charlatanería, tan propia de los argentinos, que le caracteriza. El pasado mes Francisco advertía de las plagas que, en su opinión, afectan la Iglesia, sin percatarse de que él sufre, cuando menos, dos de ellas (la de los “chismes” y la de la “mundanidad y exhibicionismo”).

Su postura a favor de la igualdad y contra un sistema económico que considera injusto, así como cierta pátina progresista en sus discursos y forma de conducir los asuntos vaticanos, le han granjeado el apoyo de la izquierda, a la vez que la derecha conservadora anda despistada, perdida, y parece dispuesta a consentir que el Papa transforme la Iglesia en una ONG con ribetes espirituales. Su próxima encíclica versará sobre naturaleza y cambio climático: por lo que he podido leer, va a ser todo un monumento a la superstición ecologista. En el fondo, es lógico que las religiones antiguas se hermanen con las nuevas.

Aunque no soy creyente, uno echa de menos la altura intelectual, rigor y erudición de Ratzinger. Porque la religión, dentro de sus límites, sigue siendo importante para la sociedad, y no es bueno que sea rebajada con aguachirle peronista. Hoy Santiago González trae a colación el famoso discurso de Ratzinger pronunciado en la Universidad de Ratisbona en 2006. Compárese la hondura de esa pieza con cualquiera de las intervenciones del Papa que reclama “una Iglesia pobre y para los pobres”. Huelga decir que de pobreza intelectual ya puede presumir con creces. Entre Ratzinger y Francisco media el mismo abismo que existe entre un acorazado y una chalupa.

Y en la televisión, como prueba de la degeneración del catolicismo, triunfa la monja Lucía Caram, también argentina, capaz de opinar sobre todos los asuntos a pesar de ser una indocumentada. A tal Papa, tal monja.

En una ocasión, el filósofo danés Kierkegaard entró en una iglesia y presenció una lamentable intervención del oficiante. “Si el cristianismo ha sobrevivido a curas como estos durante 2000 años es que ha de ser la fe verdadera”, comentó, mordaz. Hoy es lícito trasladar esa reflexión a Francisco y el catolicismo.

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  En un país como España, donde tradicionalmente se ha cuestionado la función pública, es un ejercicio sano echar un vistazo a otros modelos, no para copiar e importar instituciones foráneas, sino para comprobar sus debilidades y fortalezas y qué se puede aprender de ellas. En mi opinión, la función pública británica es digna de estudio debido a que está generalmente bien considerada y a sus singularidades.

El Civil Service (Her Majesty’s Civil Service) se ha caracterizado, desde sus orígenes a mediados del siglo XIX, por la neutralidad política. Su misión es implementar el programa del Gobierno, sea cual sea. Así, algunos de estos agentes de la Corona ni siquiera pueden expresar opiniones políticas controvertidas en público. El incremento del número de consejeros especiales nombrados por los políticos, empero, ha venido a constituir un contrapunto a esta consolidada neutralidad.

Los miembros del Civil Service son reclutados de acuerdo con el principio de selección por el mérito en una fair and open competition. A diferencia de lo que ocurre en España, no existe la inamovilidad de los funcionarios de carrera.

Este cuerpo sufrido reformas en dos ocasiones recientes. La Constitucional Reform and Governance Act (2010) regula el estatuto y los criterios de gestión del Civil Service por primera vez. Por otra parte, el Civil Service Reform Plan (2012) presenta como líneas generales la reducción del aparato administrativo, la mejora del diseño de las políticas públicas, el refuerzo de las habilidades profesionales de los empleados públicos y la reforma de las condiciones de trabajo, con especial atención a la evaluación del desempeño.

Este último punto coincide con una aspiración del legislador español que, por el momento, se ha quedado en nada. Me refiero a la evaluación del desempeño introducida por el artículo 20 de la Ley 7/2007, de 12 de abril, del Estatuto Básico del Empleado Público, precepto no desarrollado posteriormente, de manera que tal evaluación, aparentemente útil y necesaria para medir los logros y resultados de los empleados públicos (con efectos sobre la carrera), no se lleva a cabo.

Pues bien, de acuerdo con el citado plan de reforma, se establece un nuevo marco de rendimiento por debajo del nivel Senior para identificar al 25% de los empleados que están situados en la franja superior de los niveles de rendimiento y al 10% que lo están en la inferior. Para los del 10% se establecerá un plan de mejora de rendimiento que, de no superarse, llevará a considerar la salida de la organización.

Una solución así sería impracticable en España, pero el principal problema no es ése: la evaluación del desempeño no ha sido objeto de desarrollo y habría que empezar por ahí. Ojalá se imitara esta política británica de mejorar la función pública sin líneas rojas, aunque es improbable, pues el coste de lidiar con los funcionarios siempre ha sido alto y en España, hoy en día, el coraje no es una virtud que abunde entre los políticos.

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  Grecia es un país muy desgraciado. Casi se podría decir que no levanta cabeza desde la muerte de Alejandro. Y ahora, tras años de penuria económica, todo apunta a que la extrema izquierda la enterrará definitivamente.

Si Alexis Tsipras gana las elecciones y mantiene su amenaza de declarar una quita de la Deuda pública griega, dos serían los escenarios posibles. En el primero iría a Bruselas en busca de un acuerdo; allí sería azotado como merece y renunciaría a su proyecto. En el segundo no cambia de opinión y declara la quita unilateralmente. En esta segunda hipótesis, Grecia debería ser expulsada del euro.

Aunque está de moda afirmar que parte de la Deuda pública es ilegítima y que no debe ser pagada, es preciso ir más allá del eslogan y estudiar los orígenes y causas de esta situación. Conviene recordar que Grecia se endeudó voluntariamente, antes del rescate de 2010, y que hizo trampas en la contabilidad que debía presentar ante las autoridades europeas. No fueron los mercados o Alemania los causantes de su debacle, sino ella misma.

Por otra parte, muchos se ensañan con la llamada Troika (FMI, Banco Central Europeo y Comisión Europea), a la que vituperan por las condiciones que impone a los países rescatados, pero tal vez ignoren que el dinero de los rescates es dinero de los contribuyentes. Grecia, expulsada de los mercados desde 2010, ha salido adelante gracias a esa solidaridad, que, por descontado, no puede ni debe ser incondicional. Sin embargo, algunos juzgan como deseable que se malgaste o se juegue con el dinero de todos.

También se dice que la democracia griega está siendo amenazada por los mercados, nada entusiasmados, como es lógico, ante el posible triunfo de los extremistas. ¿Es una amenaza proteger los propios intereses? Y, sobre todo, ¿no es una amenaza aún mayor el impago, cuyas consecuencias serían nefastas para la eurozona entera? En cualquier caso, los griegos son mayores de edad y deben asumir los costes de sus decisiones. Cuando un pueblo elige en libertad, ha de arrostrar los posibles efectos adversos. De esta forma, si los griegos eligen a Tsipras, han de saber que su estupidez no les saldrá gratis, pues no les afecta sólo a ellos.

En cuanto al debate en torno a la Deuda pública y su impago, incluso si fuese aceptable instaurar el vicioso principio de que las deudas no se pagan (o quedan a merced del capricho de los políticos), hay que pensar en el día de mañana. Que un Estado deje de pagar es factible, a condición de que no genere déficit nuevamente. No es ése el caso de Grecia, un país con excesivo gasto público y adicto al endeudamiento. ¿De verdad es razonable no pagar la Deuda pública, cortando de raíz cualquier vía de financiación, cuando enseguida el Estado va a tener que cubrir nuevos déficits? Creo que se trata de una solución perfectamente idiota.

Grecia, en el ejercicio de su soberanía, votará en libertad. Pero tiene compromisos inexcusables que, aun cuando sean exigentes, son debidos a su propia irresponsabilidad y al descontrol en sus cuentas públicas. Lo que decida incumbe a toda la eurozona, por lo que las espadas están en alto y prestas para caer sobre los que tan manifiestamente demuestran haber perdido la razón.

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