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Archive for 27 septiembre 2015

Mañana

No sé cuál va a ser el resultado de las elecciones catalanas. Deseo que los planes de los separatistas se vean truncados, pero es probable que obtengan mayoría de escaños y votos. ¿Qué pasará entonces mañana?

Mañana, la Constitución y las leyes conservarán su vigencia. Al Gobierno de la nación le corresponde la obligación de guardarlas y hacerlas guardar. Un ejecutivo autonómico, aunque goce de un respaldo masivo en las urnas, no está legitimado para conculcar el ordenamiento jurídico. Toda conducta ilegal y, por descontado, una sedición por la vía de hecho ha de ser perseguida por el Estado.

Mañana, la soberanía nacional continuará residiendo en el pueblo español, no en una fracción del mismo. No es democrático que unos pocos decidan sobre lo que afecta a todos. La integridad territorial de España no es cuestionable. Los separatistas no tienen ningún derecho a apropiarse de una porción del territorio nacional.

Mañana, a los partidos que reconocen la existencia de la nación española y respetan su Constitución (PP, PSOE, Ciudadanos) les incumbe de forma especial el deber de ponerse de acuerdo a fin de defender los fundamentos de la democracia española. Y hacerlo en aras del interés general y sin partidismos miopes, superando ambigüedades o complejos.

Mañana, todos los españoles de bien seguiremos obligados a combatir el separatismo con razones y con la fuerza de las leyes. No hay que ceder un ápice. Ya están acreditados los odios, falsificaciones y fantasías de los separatistas, que se hallan movilizados y totalmente eufóricos. Pese a ello, no hay que dejarse intimidar. La nación española debe demostrar fortaleza en estos instantes cruciales.

Mañana, los catalanes a los que les reste un mínimo de lucidez tienen que comprender que no son especiales ni singulares. Son ciudadanos de una región que ha aportado mucho al resto de España, al igual que el resto de España ha aportado mucho a esa región. Ha sido una historia común con altibajos, por lo general fructífera, como demuestra el hecho irrefutable de que Cataluña es una de las regiones más prósperas y con un nivel de autonomía más que generoso. El separatismo les ha engañado e intentado lavar el cerebro, cosa que ha conseguido con muchos. La separación acarrearía costes muy elevados que han sido maquillados o, directamente, ocultados. Pero eso es lo de menos, porque el propio proceso de separación no sería pacífico. Ningún Estado puede asistir como mero espectador a la secesión de una parte de su territorio. Y el Estado español tiene medios bastantes —y el apoyo internacional— para impedirlo.

Mañana, Mariano Rajoy seguirá siendo Presidente. No puede faltar a su juramento. El Rey, como no puede ser de otra manera, estará a su lado. Cuando la Constitución, la unidad de España y la soberanía nacional son objeto de graves amenazas, sobran la tibieza y la pusilanimidad. Que todo el poder del Estado caiga sobre los sediciosos si es necesario.

Mañana, en fin, alcemos al voz y gritemos un “¡Viva España!” tan fuerte que acalle la infame cacofonía de los separatistas.

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Ningún país es inmune a la locura, pero, debido a razones históricas y de carácter, el mundo anglosajón parece más impermeable a la ola de populismo que recorre Occidente. La cultura individualista, la desconfianza hacia el poder y un fuerte arraigo de los principios liberales clásicos obstaculizan la preponderancia de iluminados y movimientos mesiánicos.

Pero eso no quiere decir que puedan surgir ejemplos puntuales de populismo, como se verá a continuación.

El Partido Laborista, contra las sabias advertencias de Tony Blair, ha elegido como nuevo líder a Jeremy Corbyn, un hombre viejo con ideas viejas al que han apoyado jóvenes tan entusiasmados como ilusos (y que se apuntaron a la votación masivamente, inclinando la balanza a favor de Corbyn).

Corbyn no ha sido otra cosa en la vida que sindicalista y miembro del Parlamento, donde ocupa un escaño desde 1983. Es difícil que alguien así vaya aportar aire fresco a la política. Es más, es un obcecado defensor de todas las políticas fracasadas de los setenta. Se trata de una auténtica reliquia ideológica, sin otro valor que el de advertir que hay gente que no aprende de los errores.

Este hombre del pasado constituye, como bien ha señalado David Cameron, una amenaza para la seguridad del Reino Unido. Ahora bien, sus posibilidades son escasas. En 2010 y en 2015, el Partido Laborista viró de forma notable a la izquierda. Perdió ambas elecciones. Hay que ser muy estúpido o muy ciego para pensar que con Corbyn, un radical absolutamente trasnochado, el Partido Laborista mejorará sus resultados. Pero a Corbyn le da igual, porque él es un experto de la protesta, un sectario sin experiencia gubernamental, y seguramente está más cómodo subido en un barril en Hyde Park lanzando soflamas demagógicas que enfrentándose a la realidad en Downing Street.

Pablo Iglesias, en su modestia, se ha referido a él como el Pablo Iglesias español. Como de Tsipras ya no habla mucho, a pesar de que le sigue apoyando como muestra de amistad (otra absurda confusión entre sentimientos y política), el cascarrabias Corbyn le viene bien para seguir alimentando sueños imposibles.

Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, también están apareciendo candidatos más o menos populistas a las elecciones que tendrán lugar en 2016. El demócrata Bernie Sanders se declara socialista y Donald Trump, un republicano sui generis, está revolucionando las primarias de su partido con verborrea inagotable y propuestas un tanto excesivas.

Es imposible no mirar con simpatía algunas de las salidas de tono de Trump. Puede que su estilo combativo y directo inspire a los otros candidatos republicanos, alguno de los cuales adolece de debilidad. Que se imponga como candidato republicano es otra cosa. Respecto a Sanders,  la entrada de Joe Biden en la competición podría anularle, pues no arrastra los problemas de Hillary Clinton y también sabe cómo excitar al público.

En conclusión, los populismos en el mundo anglosajón no representan una gran amenaza, pese a que son siempre una mala noticia

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La invasión consentida

La complaciente respuesta europea a la crisis de los autoproclamados refugiados sólo puede generar inquietud en los hombres sensatos. Merkel y Juncker, esos dos halcones sin piedad denostados por los progresistas, han abierto las puertas sin pararse a valorar las consecuencias a largo plazo. Y en la Alemania que expía culpas del pasado a través de una generosidad exacerbada algunos pánfilos aplauden a los inmigrantes, quienes se creen con derecho a todo porque Europa está asumiendo una responsabilidad que no le corresponde.

Hermann Tertsch lo ha descrito con acierto: “Los medios occidentales aplauden sin cesar esta actitud de unos inmigrantes que anuncian que ellos van a donde quieran, ahora a Alemania, y que desprecian las fronteras y leyes comunitarias sobre el registro en el primer país miembro al que llegan”. Da igual, lo único que importa es la solidaridad, aparentar más solidaridad y compasión que nadie, y cualquiera que ponga pegas a tanto amor es un nazi y un miserable.

La UE pretende repartir una considerable masa de gente (160.000) entre los Estados miembros, algunos muy reticentes. ¿Y mañana qué? ¿Recibirá “con los brazos abiertos”, como pedía Juncker, a otros cien mil? ¿Qué pasará cuando cesen los aplausos y la lluvia de confeti y haya que ocuparse en serio de los refugiados? Ya en Múnich los servicios sociales y urbanos están colapsados, pero sigue llegando gente. ¿Se detendrá el flujo en algún momento o, en nombre de la solidaridad, ya no hay fronteras en Europa?

Hay alcaldes franceses que han expresado su deseo de no acoger a musulmanes, cosa que agriamente les recriminó Juncker, que parece ajeno a la realidad de guetos y barrios tomados por los mahometanos que se da en muchas ciudades francesas. Lo cierto es que las perspectivas para el futuro no son halagüeñas. Dudo mucho que se integren de buen grado los que llegan dando vivas a Alá y tirando paquetes de alimentos y agua que lucen el logo de la Cruz Roja. Estas personas no se han dejado su religión y su cultura en Siria o Iraq, y aunque hoy se muestren agradecidas, tal vez sus hijos no lo estén tanto cuando recuerden sus raíces y determinen que la causa de los males que sufre su tierra es Occidente, diagnóstico que enseguida y de forma entusiasta confirmarán los izquierdistas.

En general, la izquierda está encantada con la situación, perfecta para hacer demagogia. Una izquierda que no ve con malos ojos el Islam. Al contrario, lo fomenta y apoya cada vez que tiene oportunidad. Hasta el Papa tiene prisa por acelerar la islamización de Europa. A día de hoy, el húngaro Viktor Orban es un mayor y mejor garante del cristianismo que el peronista que ejerce como obispo de Roma. En los países del este descubro las agallas que han perdido los demás países europeos, a excepción de Reino Unido. Hay esperanza.

En España, la izquierda se ha apresurado a politizar la crisis y los progresistas apremian al Gobierno a que acoja refugiados cuanto antes, pues están deseosos de sacarse la foto y agitar la pancarta de bienvenida antes de que la imagen del niño muerto pase de moda. Los buenos sentimientos nublan el buen juicio y ocultan evidentes problemas de seguridad, integración y aun económicos. Si el Ministro del Interior advierte sobre la más que probable infiltración de terroristas, el líder de la oposición afirma que el Gobierno es de extrema derecha. He aquí el nivel.

Aparte de acoger a los inmigrantes, ¿hay algún plan? En Siria y en Iraq continúa la guerra. ¿No puede salir Europa de su pasividad, ni siquiera cuando el problema llama a sus puertas? Rusia está actuando en Siria. Rusia tiene claros sus intereses y se mueve sin complejos. La UE, mientras tanto, sigue a la espera de un líder fuerte que la guíe a días más gloriosos.

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La carta que el pasado domingo dirigió Felipe González a los catalanes desde las páginas de El País ya ha encontrado dos réplicas en el mismo medio. La primera fue escrita por Duran y es de poca enjundia. La segunda la ha publicado hoy Artur Mas junto con otros miembros de su coalición separatista. Este estupefaciente escrito debería ser de obligada lectura para comprender la miserable condición intelectual del separatismo catalán. Por lo pronto, ya El País, en su editorial, señala que la carta no tiene “una mínima corrección (cuando no calidad) argumental”.

Comparando ambas cartas, puede contemplarse sin dificultad entre qué extremos ha oscilado el discurso político en Cataluña desde 2012. La carta de Felipe González, aunque tiene pasajes discutibles, es sosegada, razonable y procura articular argumentos serios. Se hace referencia con sobriedad al imperio de la ley, a los logros comunes, a los estragos que ocasionaría una separación… La carta de González es, sin duda, de estilo ático.

En cambio, la de Mas es un mal remedo del estilo asiático. Porque Mas carece del talento del Marco Antonio de Shakespeare y su escrito, en lugar de exaltar los sentimientos, más bien mueve a la risa por las ridículas y cursis frases que encadena o incluso a la compasión por la estulticia del personaje, que no replica a González con argumentos, sino que se limita a enumerar las glorias y las penas inventadas de Cataluña y a repetir el rosario de embustes iniciado en 2012.

Mas describe una Cataluña que ama a España, pero no hay reciprocidad. Cataluña es muy buena, ha resistido “dictaduras de todo tipo” (sic) y ha luchado siempre contra las injusticias, etcétera. Y entonces llega la apoteosis: “Catalunya ha amado a pesar de no ser amada, ha ayudado a pesar de no ser ayudada, ha dado mucho y ha recibido poco o nada, si acaso las migajas cuando no el menosprecio de gobernantes y gobiernos”. La falsedad que encierra esta frase sólo se ve superada por la grosería del victimismo que exuda.

Hay otros delirios, casi en cada frase. Los elogios a Cataluña son incontables, y sorprende que, habiendo sido explotada, sometida y ofendida por España, aún sea “modelo ejemplar de convivencia”. ¿No será entonces que no les ha ido tan mal dentro de España? No importan, por otra parte, “los malos augurios expresados con saña en otras latitudes”. ¿Por qué escuchar a Merkel o a Cameron cuando se cuenta con el apoyo de personalidades de la talla de Karmele Marchante o Lucía Caram?

También alude la carta a la tradición parlamentaria en Cataluña, que, no se sabe si por ignorancia o mala fe, confunde con democracia. Porque sólo ellos han tenido un parlamento desde antiguo, sólo ellos saben lo que es la democracia, sólo ellos han aportado, sólo ellos tienen derecho a quejarse… Esta carta expresa todo lo que es el nacionalismo catalán. Sentimientos y falsificaciones frente a razones y rigor histórico.

“El problema no es España, es el estado español que nos trata como súbditos”, afirma Mas sin ruborizarse, un hombre que planea un golpe de Estado a la vista de todos y que con total impunidad lleva desde hace años engordando un problema que afecta a toda España, el menguado presidente de una región que goza de unos niveles de autonomía extraordinarios y que puede pagar las nóminas de sus funcionarios gracias a la ayuda financiera de ese mismo Estado al que desafía e insulta. Una insoportable opresión, como se ve.

Parafraseando la infame carta, es de notar que el problema no es Cataluña, son los separatistas, que tratan a los ciudadanos catalanes (y españoles) como imbéciles.

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