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Archive for 17 enero 2016

Ha concluido en Alemania el tiempo del confeti, los aplausos y las pancartas de bienvenida en las estaciones de tren. Emerge en su lugar una fundada desconfianza hacia las masas de refugiados que han entrado en ese país sin pedir permiso. Tras las agresiones sexuales a mujeres en distintas ciudades, las autoridades, más preocupadas por el racismo que por la seguridad de los ciudadanos, intentaron ocultar el origen de los atacantes. Por fin ha estallado el escándalo. Parece que, después de todo, abrir las puertas a más de un millón de personas provenientes del Tercer Mundo, en su mayoría varones en edad militar, no era tan buena idea.

Merkel ha fracasado rotundamente y Alemania está pagando el precio de su irresponsabilidad. Fue ella la que, movida por excesos sensibleros, declaró que Alemania —y, por extensión, la Unión Europea— acogería a todos los refugiados. Fue ella la que impuso a varios países europeos el sistema de cuotas. Y fue ella la que promovió una pueril Willkommenskultur o cultura de la bienvenida que hoy se ha trocado en meridiano recelo hacia los osados invasores.

Obviamente, este fracaso no es debido a los sucesos de Colonia, que no son más que una aguda manifestación del mismo. Alemania volvió a cerrar las puertas y ahora la solución de Merkel es negociar con Turquía a fin de que contenga a los desplazados. Una negociación en la que se maneja no sólo dinero del contribuyente europeo, sino también la posibilidad de que Turquía ingrese en la UE.

Me acuerdo de cuando los biempensantes vituperaban a Viktor Orbán y le calificaban de fascista. Ha quedado claro, empero, que sus decisiones fueron las acertadas: el control de la frontera es irrenunciable y la cohesión interna de la sociedad debe ser preservada. La entrada masiva de musulmanes implica un choque cultural de difícil asimilación y el riesgo de que se creen sociedades paralelas. Alemania tiene una reputación de país serio y respetable, pero en esta crisis han sido los países del Este los que han dado una lección de sensatez al resto de Europa.

En Suecia y Alemania se habla sin parar de la integración. ¿Es posible que dicha palabra mágica salve el problema que entraña la creciente población musulmana? En la fantasiosa visión progresista, sí. Incluso ante las agresiones sexuales de Colonia, que suponen un duro golpe a su cosmovisión, siguen confiando los izquierdistas en esa integración, o bien, en los casos más extremos, niegan la amenaza o intentan sembrar dudas sobre los hechos.

La realidad avanza por otros derroteros. ¿Por qué habrían de integrarse los musulmanes en las sociedades alemana o sueca, que son percibidas por ellos, no sin razón, como débiles, decadentes y atenazadas por miedos y complejos de toda clase? No, no es la integración lo que interesa a muchos musulmanes. Su lógica es la de la imposición. En la medida de lo posible, se conducirán con arreglo a sus creencias y costumbres, y tratarán de aplastar las religiones rivales y los valores de la cultura europea que les resulten extraños.

El futuro se presenta complicado, aunque en Alemania y Suecia la gente está despertando. Asustada, Merkel intenta aparentar firmeza y fingir que controla la situación. Pero no se puede pasar por alto la enorme responsabilidad que ha contraído. Así como apoyé su batalla por la austeridad, rechazo su descabellada política migratoria. Debe dimitir. Alemania, por otra parte, ya no sirve. El músculo de Europa se encuentra ahora en el Este.

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No hay nada peor que un tonto voluntarioso. Pablo Echenique, la mascota de Podemos, se ha estrujado sus privilegiados sesos y ha alumbrado una propuesta fiscal digna de estudio. En sus palabras, habría que establecer impuestos “progresivos, sin tramos, con una tasa del 95% a los muy ricos y renta básica”.

Ya no sorprende que los líderes de Podemos realicen las propuestas más estrambóticas y absurdas. No se puede esperar cosa distinta de los miembros de un partido cuyo macho alfa quiere celebrar un referéndum en Cataluña basándose en el precedente de un inexistente referéndum sobre la pertenencia a España de Andalucía organizado en 1977 (!).

De Echenique llama la atención que, tratándose de un científico, al que se le presupone cierto nivel intelectual, sea el autor de colosales disparates e ideas tan aberrantes como la que me ocupa. Este hombre parece haber sacado sus conocimientos sobre impuestos y economía de alguna charla con los amigotes en la cafetería de la facultad.

Para empezar, en España ya existen impuestos progresivos (el IRPF, el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones…) que, a diferencia de lo que en su ignorancia sugiere Echenique, tienen tramos (porque, de otra forma, veo difícil lograr la progresividad). Por otra parte, sería necesario definir quiénes son los “muy ricos”. Teniendo en cuenta que para Podemos un rico es quien cobra sesenta mil euros al año, los “muy ricos” bien podrían ser los que cobrasen el doble de esa cantidad.

A fin de salvar la deficiente construcción del secuaz de Iglesias, supongamos que se introduce un tipo (no tasa, como dice el indocto Echenique) del 95% en el IRPF para gravar las rentas más altas. Ello entra en colisión con la prohibición del alcance confiscatorio del sistema tributario (art. 31.1 de la Constitución). Aunque la jurisprudencia del Tribunal Constitucional sobre el particular no es muy afortunada, un impuesto con semejante tipo marginal tendría un difícil encaje en la Constitución.

Dejando a un lado esta objeción derivada del “candado del 78” que tanto odian Iglesias y sus mariachis, ¿qué efectos económicos comportaría un impuesto de estas características?

Pues bien, es evidente que Echenique desconoce que las bases imponibles son móviles, más aún en el marco de la Unión Europea. Cuando Hollande anunció un impuesto del 75% a las rentas más elevadas (hoy felizmente superado), Gérard Depardieu se marchó de Francia. Este simple ejemplo basta para ilustrar que la gente no suele quedarse quieta cuando el Estado impone gravámenes tan onerosos.

E incluso si los ricos no huyeran o fueran retenidos en España mediante algún tipo de muro, el impuesto sería más bien nocivo para las arcas del Estado y el conjunto de la economía. Si hoy le arrebatas a los individuos más productivos la práctica totalidad de sus ingresos, ¿qué incentivos tendrán para generarlos otra vez mañana? Y el mensaje es totalmente desalentador para los demás. Es mejor no esforzarse demasiado, porque sobre los que tengan éxito va a recaer un impuesto confiscatorio. La renta básica, ligada a la propuesta, viene a completar esta política fiscal que promueve la mediocridad y la creación de clientelas.

Podemos no sueña con una España libre y próspera, sino con una España de ciudadanos encadenados, empobrecidos y enfrentados entre sí bien por su distinta capacidad económica, bien por su pertenencia a tal o cual territorio. En este sentido, el impuesto de Echenique es plenamente coherente con los objetivos de su partido. Otra cosa es que, desde el punto de vista de la Hacienda Pública, sea una idea chapucera, contraproducente y propia de un demagogo.

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